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ABC SÁBADO 5- 2- 2000 OPINIÓN 13 BREVERiA 7 í I Alfonso Guerra La llamada de la sangre El que encumbró a Juanito, el hijo del albañü el que Uamó a Verstrynge liendre con gafas el que miraba a la oposición y creía ver a jóvenes joseantonianos a la monja alférez y a Mariquita Pérez el que Hamo a Suárez tahúr del Mississippi el que en una campaña equiparó a lU con los estalinistas, que mataron a cinco millones de personas el de la metáfora hiriente y la lengua- cerbatana; el martirio del PP; el padre de los guerristas; el hermano de Juan; la matrona que iba a poner a España que no la iba a conocer ni la madre que la parió el que en los mítines sonreía al escuchar dales caña, Alfonso el Guerra más auténtico, en fin, salió ayer por televisión, en el programa El primer café de Antena 3. Y volvió por donde solía. Decía Bono hace algún tiempo que como Guerra no hay dos en el planeta Puede que no le falte razón. Ayer, por ejemplo, criticó los lapsus de inteligencia de Trülo y afirmó que Aznar igual nombra ministro de Exteriores a Pinochet Y cuando parecía que los dirigentes socialistas habían agotado el diccionario para criticar las stock options, Guerra mandó a todos al parvulario y llamó bandoleros a los directivos de Telefónica, propietaria de esa cadena de televisión. Los compañeretes de Aznar han cambiado el trabuco por el ordenador se han ido a la serranía a llevárselo todo dijo. Con el epíteto dislocado y la lengua desatada terminó discutiendo con la moderadora del programa, a la que acusó de hacer trampas cuando leyó una pregunta de los telespectadores sobre su hermano Juan. Y al final ¡aquí no ha pasado nada! mandó un saludo para don Juan Vülalonga Lo había avisado minutos antes del rifirrafe al hablar de la identidad del voto: La sangre te pide lo que eres dijo. Y a Guerra, convertido ya en una caricatura de sí mismo, la sangre le pide su apellido. ÁS execrable que el crimen del aborto me resulta la anuencia sorda, la complicidad cetrina de una sociedad que lo acepta como un mal menor, o incluso como un remedio benéfico. Una sociedad capaz de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma; si, además, ese oprobio se erige en merccincía de chalaneo electoral, quizá debamos preguntamos si esa sociedad no está demandando una autopsia urgente. Vuelvo a referirme al aborto, esa incalculable abyección moral, desoyendo los consejos de mis editores, agentes y demás promotores de mi carrera literaria, que me solicitan que calle y me lave las manos, para no crearme rencUlas y animadversiones. Cuando me adjudicaron el premio Planeta, varias revistas culturales propagaron mi beligerancia contra el aborto y solicitaron a sus lectores que no compraran los libros de alguien que se atrevía a pronunciar tamaña inconveniencia. Al parecer, denunciar la condición criminal del aborto constituye un síntoma de adhesión a la derecha ultramontana lo progresista es acatar la barbarie, bendecirla o al menos transigir pudorosamente con ella, como si la barbarie fuese algo que no nos atañe, como si el aire que respiramos no estuviese infectado con sus miasmas. Yo quisiera que alguien me explicase con argumentos morales por qué condenar el aborto constituye m ademán reaccionario. Y que me explicara también por qué la defensa de la muerte, la impía negación del futuro constituye una muestra de progreso. Si el progreso del hombre se ha ci- M JUAN MANUEL DE PRADA Aborto progresista Una s o c i e d a d c a p a z de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma mentado sobre el respeto a la vida, sobre su indeclinable protección, sobre su condición de bien jurídico máximo e intangible, ¿por qué estas consideraciones se soslayan cuando nos enfrentamos al aborto? ¿Qué extraño estado de excepción justifica la abolición de esos ideales de progreso? Uno sigue pensando que el progresismo se resume en la vindicación de la vida. Pero nuestros gobernantes, que se Uenan la boca invocando el Estado de Derecho y demás paparruchas de boquilla, prefieren esquivar esta ignominia, o, en el colmo de la abyección, la enarbolan como pancarta para captar prosélitos. Ni siquiera haría falta aludir a un sentido trascendente de la vida para condenar el aborto; la mera biología nos enseña que la célula resultante de la concepción incorpora combinaciones genéticas propias. Causa espanto (y explica la índole hipócrita de nuestra enfermedad) comprobar cómo la misma sociedad que se subleva porque unos quintos arrojan una puta cabra desde un campanario calla sórdidamente ante el exterminio discreto de tanta vida inerme. Y causan espanto los circunloquios de cinismo que se emplean para mitigar la repugnancia de este exterminio, como esos estrafalarios sistemas de plazos que pretenden establecer la licitud o üicitud del aborto dependiendo de las semanas de gestación, como si el mayor o menor tamaño del embrión delimitase diversos rangos de crimen; como si matar a un enano fuese más o menos delictivo que matar a un señor talludito. ¿No sería más progresista destinar partidas de dinero público a las mujeres que se han quedado embarazadas y no pueden acometer los gastos de crianza de su vastago? ¿No sería más progresista socorrer a las familias que no pueden hacerse cargo de una familia numerosa? ¿No sería más progresista castigar el egoísmo de las famUias que sí pueden hacerse cargo pero prefieren la solución desinfectante del quirófano? ¿No sería más progresista alentar la creación de orfanatos regidos por la humanidad y el esmero educativo? Pero hemos conseguido entre todos que el progreso y el compromiso consistan en adoptar niños de Colombia, o de Groenlandia, para acallar nuestra mala conciencia. Resulta una paradoja hiriente, amén de repulsiva, que precisamente hoy, cuando la solidaridad de lejanías se ha convertido en moneda de curso corriente y en certificado de progresismo postizo, hayamos transigido con el aborto. Y, sobre todo, resulta infrahumano, tan infrahumano como caminar a cuatro patas.