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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 19 DE MAYO DE 1999 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA ABC caso, bastante frecuente, de que una gran obra haya tenido varias traducciones al español, ¿por qué no se nos dice ciiál de las traducciones se nos recomienda? Lejos de hacerlo así, en la relación de las cien joyas del milenio se omiten sistemáticamente los nombres de los traductores. Y esto se debe a lo que ya comenté hace años en mi libro En torno a la traducción Decía aUí (página 343) que nunca había tenido entre nosotros la traducción el aprecio de que goza en otros países, señaladamente en Alemania, cuyo máximo genio literario, Goethe, se expresó en estos términos: Dígase lo que se quiera de la insuficiencia de la traducción, ésta es y seguirá siendo una de las tareasThás importantes y más dignas del tráfico internacional En la relación citada se recuerda, al hablar de La muerte de un viajante de Arthur Miller, al actor que encarnó a Willy Loman, el protagonista, en el estreno de la obra (el 10 de febrero de 1949, en el teatro Morosco, de Nueva York) pero sólo se menciona el nombre de un traductor, que sin duda habría quedado en el anonimato si el nombrado no fuese al mismo tiempo un gran poeta: Jorge Guillen, que tradujo, con otros poemas dé Paul Valéry, el Cementerio marino La traducción guilíeniana i c e el comentarista, que firma soló con las iniciales L. A. V. -fue g bada explícitamente por el propio Valéry, que le escribió a Guillen (1929) iMe adoro en español! En otro caso, al comentar el Fausto de Goethe, escribe Berta Vias Mahou que el magistral manejo de la lengua se puede vislumbrar incluso en la traducción Se omite aquí también el nombre del traductor, y el elogio de una traducción es al mismo tiempo censura de la traducción, que, en general- parece insinuar la comentarista- impi- DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCADETENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PÁGS. 128 Derechos morales del traductor L sábado 18 de abril incluyó un periódico leonés un interesante cuadernillo titulado Esfera dé los libros- cien joyas del milenio que recogía y comentaba brevemente cien títulos de las principales obras de varias literaturas. El director de la Biblioteca Nacional, Luis Alberto de Cuenca, apadrinaba la iniciativa periodística con un elogio de la selección de aquel centenar de títulos, que representaban lo más granado que han producido las letras Occidentales a lo largo de los últimos mil años No se trata de discutir aquí el acierto en la selección de este gran conjunto literario. Si se hubiera encargado a veinte lectores distintos una selección personal de las mejores obras escritas en el último milenio, sin duda habrían resultado veinte conjuntos diversos en cuanto al número y en cuanto a los autores y títiüos elegidos. La selección ofrecida por el periódico es, en ambos aspectos, satisfactoria. De las cien obras seleccionadas, sólo veintitrés fueron escritas por autores dé lengua española. De las restanteá, cuarenta y tres sé escribieron originalmente en inglés, quince en francés, seis en italiano, tres en alemán, tres en ruso, dos en portugués y una en cada una de las lenguas siguientes: latín, árabe, checo, danés y noruego. Acompaña a cada título, además, del nombre del autor, su retrato o caricatura, sustituidos, cuando la obra es anónima, por un dibujo alusivo al tema; una palabra señaladora del género literario, la fecha de publicación y una breve reseña en que se ponderan sus méritos. Resulta extraño que, siendo la gran mayoría (exactamente el setenta y siete por ciento) obras traducidas, se omitan sistemáticamente los nombres de los traductores. Ya la proporción de obras originales y obras traducidas expresa hasta qué punto nuestra cultura ha recibido el influjo de lo escrito en otras lenguas. Pero ese influjo no se habría producido, o nos habría llegado con enormes limitaciones, si las grandes obras de otras literaturas no se hubiesen traducido. ¿Cuántos lectores de lengua española, cuántos críticos literarios, cuántos cultivadores de la literatura, pueden afirmar con verdad que, para leer a Homero, a Virgilio, a Dante, a Shakespeare, a Camoens, a Goethe, a Ibsen, a Dostoievski, a Tagore (por citar sólo a escritores de lenguas indoeuropeas) no tienen que valerse de traducciones? Es indudable que nuestra cultura no sería como es, ni las obras de lengua española incluidas en la relación citada serían lo que son, sin las traducciones que han hecho accesibles a nuestros lectores las grandes obras de otras literaturas. ¿Por qué, entonces, no se menciona para cada obra extranjera el nombre del traductor que nos ha hecho posible su lectura? Y en el E SILLONES Y SOFAS STRESSLESS Presentamos a Stressless, e! auténtico sillón de descanso que se adapta a cada uno de sus movimientos, asegurándole la posición correcta y la inclinación deseada. El sistema Plus de fabricación noruega y 10 años de garantía, proporciona este confort óptimo. TRANSMOBEL- Príncipe de Vergara, 124. Madrid SOFAS Co- Ctra. Fuencarral Km. 14,800. Alcobendas. Madrid m b m- Av. Diagonal, 40 S bis. Barcelona de vislumbrar el arte del autor en el manejo de su propia lengua. ¿No habrá casos en que, gracias al traductor, parezca la obra traducida de mejor estilo que la original? De muchas de las setenta y siete obras traducidas se han hecho varias traducciones al español. Y a los lectores de nuestra lengua, para quienes se ha hecho la relación mencionada, sin duda les gustaría saber cuál de esas traducciones se les recomienda, y a quién se debe esa traducción. Teniendo en cuenta la brevedad de la nota que acompaña a cada títido, sería excesivo pedir que se dijera qué méritos la hacen preferible a las demás. Pero el silencio total no es de recibo. Hubo tiempos en que las traducciones al español se publicaban como si fuesen anónimas, sin mencionar en los libros que las contenían el nombre del traductor. Se quebrantaba así el derecho de los traductores a que se reconozca su nombre y su trabajo. Del mismo modo que sería ilegítimo pubücar un libro sin el nombre de su autor, es injusto publicar xma obra traducida sin mencionar el nombre del traductor. Y también los lectores tienen derecho a saber quién les ha hecho posible la comprensión de un original que no habrían podido leer si alguien no lo hubiera traducido. Hoy no suelen producirse tales omisiones. Pero sí sé cita con frecuencia a Platón o Aristóteles sin saber griego; a Virgilio o a Horacio sin haberlos leído en latín; a Goethe o a Freud sin entender su lengua; a Shakespeare o a Byron sin saber inglés; a Dostoievski o a Chejov sin conocer siquiera el alfabeto ruso. Los más favorecidos con el don de lenguas desconocen la mayoría de ellas. En este campo, como en muchos otros, tiene plena vahdez el virgiliano non omnia possumus omnes Y debiéramos agradecer su esfuerzo a quienes nos hacen posible, con la traducción, el acceso a los grandes tesoros Hteraríos que, sin ella, nos serían totalmente desconocidos. Una manifestación de este agradecimiento consistiría en honrar sus nombres al mismo tiempo que el del autor original. Y esto no sólo en la portada de libros que no existirían sin la traducción, sino también cuando se citan en español pasajes de obras traducidas. Recientemente publicó uno de los mejores periódicos de Madrid, en lugar destacado, un buen artículo de un científico conocido. Se incluían en él, entrecomilladas, ocho o diez líneas atribuidas a un científico extranjero, sin decir quién las había traducido. Si el autor de la traducción era el mismo del artículo, debió decirlo; bastaría poner entre paréntesis, después de las líneas citadas: (traducción mía) Si la traducción era de otro, cometió con él una injusticia. Al no citarlo como autor de la traducción, quebrantó el primero de los derechos morales de los traductores, que es el reconocimiento de su autoría. Valentín GARCÍA YEBRA de la Real Academia Española