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SÁBADO 20- 6- 98 DEPORTES ABC 8 7 La más absoluta de las impotencias España dominó, buscó el triunfo con ahínco, pero se mostró falta de velocidad y remate Cabezas bajas y miradas perdidas en el suelo. Así abandonó el estadio la selección. Impotencia. España lo intentó, pero tampoco pudo con Paraguay. Dominó el partido, sobre todo en la segunda parte. Buscó siempre el triunfo, hasta el último suspiro, hasta aquella postrera falta de Hierro, pero no fue capaz de superar la Ahora, además de vencer a Bulgaria debe esperar a que Paraguay no gane a Nigeria Saint- Etienne. Enrique Ortego, enviado especial férrea defensa rival. Cualquier intento encontró el último escollo en Chilavert. La situación empeora. El equipo de Clemente ya no depende de sí mismo para clasificarse. Está en manos de Nigeria. Además de ganar a Bulgaria tendrá que esperar a que Paraguay no gane a los africanos, y éstos no se juegan nada. Feo panorama. ESPAÑA 00 PARAGUAY España: Zubizarreta; Aguij! era, Abelardo (Celades, m. 56) AIkorta, Sergi; Amor, Hierro; J. i Echeberría, Raúl (Kiko, m. 65) i Luis Enrique; y Pizzi (Morien tes, m. 52) Paraguay: Chilavert; SaraI bia, Ayala, Gamarra, Cañiza; Arce, Acuña (Yegros, m. 73) i Enciso, Campos (Paredes, m. i 46) Benítez y Rojas (Ramírez, m. 83) Arbitro: lan McLeod (Suráfrica) Cartulina amarilla a ¡Sergi, Ayala, Kiko y Arce. Javier Clemente se agarró a SUS raíces más profimdas cuando se miró al espejo y formó el equipo que debía dar a España la primera victoria en este Mundial. Guerrilleros puros. Hombres de batalla. De los que juegan a toda pastilla como a él le gusta decir. Echeberría, Luis Enrique, Pizzi... Algo debía haber fallado en el partido contra Nigeria, además del resultado, cuando se quedaron fuera cinco jugadores de entonces. Medio equipo. Dos peloteros Alfonso y Kiko, además de Ferrer, Nadal e Iván Campo. Cuando un técnico cambia cinco jugadores de un partido que se ha perdido a otro que se tiene que ganar casi obligatoriamente será por algo, aunque no se quiera reconocer. Paraguay, a esperar España intentó llevar la iniciativa del juego desde que el balón echó a rodar. Los paraguayos habían montado la táctica a la contra y a verlas venir jugaron. Con un hombre pegado a cada españolito. Campos y Arce tapaban las presuntas internadas de Aguüera y Sergi; Acuña y Benítez maniobraban en la zona de influencia de Hierro y Amor, a fin de no dejarles metros para canalizar el juego español. Y atrás, la consabida defensa de cuatro hombres, con un tándem central de lo mejor que puede haber en este Mundial, Ayala- Gamarra. Contra ellos se estrelló siempre el equipo español. No estaban finos los hombres de Clemente. Pronto surgió la intranquilidad. El ansia de victoria era tal que no se mantuvo la cabeza fría. En lugar de bajar el balón, de tocarlo raso y en corto, se cayó pronto en la trampa del desplazamiento largo desde atrás. Eso era lo que precisamente quería Paraguay. Para eso Acuña y Benítez achuchaban a Hierro y Amor, para que España fuera de la defensa al ataque sin pasar por el centro. Es decir, sin la precisión debida y en balones largos y bombeados, en los que Ayala y Gamarra siempre ganaban la acción a un Pizzi volxmtarioso, pero algo lento. La selección no presionaba tampoco arriba. Cuando Paraguay salía con el balón se replegaba en su campo para entonces intentar la recuperación. De esa forma se desperdiciaba un arma que podía hacer mucho daño a ese equipo, la velocidad por sorpresa. Dominó más la selección en el primer tiempo, pero Zubizarreta realizó las mismas paradas que Chilavert, dos. Benítez fue quien hizo trabajar al guardameta español y Pizzi, primero en un cabezazo y después en un balón muerto a disparo de Raúl, quien desperezó al fantasmagórico meta paraguayo. Poco bagaje ofensivo para dos equipos que necesitaban la victoria para sobrevivir en la competición. Aunque Morientes y Celades estaban preparados para salir, Clemente mantuvo el mismo equipo sobre el campo en la vuelta al juego. Sin embargo, algo se debió hablar en el vestuario porque la selección raseó mucho más su juego desde el principio y, sobre todo, comenzó a aprovechar la banda derecha con las incorporaciones de Aguilera. El técnico brasileño de Paraguay quitó a Campos, que en la primera parte no había hecho nada en ataque, pero había frenado a Aguilera, y el atlético aprovechó que Acuña no es tan rápido para crear una vía de agua por esa banda. Oportunidades falladas Pronto entraron Morientes y Celades. El primero por Pizzi. Cambio que no afectó a la manera de jugar española. Pero sí el de Celades por Abelardo, pues el joven jugador se emparejó con Amor en el doble medio centro y Hierro pasó a central jimto a AIkorta. Llegaron entonces los mejores momentos del equipo español. Luis Enrique lo tuvo todo a favor para marcar, pero se llenó de muñeco y tiró contra el cuerpo de Chilavert. Paraguay no salía de su campo salvo en arrancadas esporádicas de Benítez, el mejor de su equipo con diferencia. Una de ellas hizo lu- cirse a Zubizarreta. Clemente buscó la ciencia de Kiko para llegar al ansiado triunfo. Su entrada, por Raúl, propició las dos siguientes ocasiones de gol, pero parecía como si el balón no quisiese entrar. Todos los rechaces, además, favorecían a los defensas blancos. Mediada la segunda parte pareció como si el desánimo se apoderase del equipo español al verse incapaz de llegar al gol. Paraguay, incluso, se sacudió el dominio y en los saques de esquina lanzados por Arce llevó cierta incertidumbre al marco español. En la carga final, tampoco hubo acierto. Los suramericanos acabaron como un frontón donde una y otra vez se estrellaba el juego español. No había frescura, ni inteligencia, para superar esa barrera. Ni Morientes. Ni Kiko, ni nadie. Al equipo, en general, le faltó velocidad y remate. Su entrega y ganas de triunfo no bastaron. El fútbol, un Mundial, exigen un paso más. El empate es una nueva desilusión. España ya no depende de sí misma para clasificarse. Además de ganar a Bulgaria, deberá esperar que Paraguay no gane a Nigeria. Y los africanos ya no se juegan nada y tienen asegurado el primer puesto del grupo.