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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 6 DE MAYO DE 1998 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA ABC drid debería promover actividades de reflexión crítica y debate en tomo a su obra y, sobre todo, en tomo al parlamentarismo del siglo XIX Así lo creo. Porque otro de los momentos estelares de nuestro parlamentarismo fue el de aquellas Cortes que nacieron de una revolución contra el oscurantismo teológico y político en el que España estaba hundida (abolición de la autonomía universitaria por el ministro Orovio, expulsión de sus cátedras de Sanz del Río, Fernando de Castro y Nicolás Salmerón, etcétera) y cuya fase más pura fue quizá la de aquellos oradores entre los que Emilio Castelar era un titán. Pero también estaban aUí Ríos Rosas, Sagasta, Cánovas, Pi i Margall, Moret, Olózaga, Posada Herrera, Montero Ríos, López de Ayala, Manterola... Frente al canónigo Vicente Manterola pronuncia Castelar su célebre oración Dios es grande en el Sinaí en la única sesión parlamentaria que ha despertado en España más pasión que una corrida de tronío. En realidad el contencioso sobre la libertad de cultos era un contencioso sobre la libertad. Un gran periodista no muy conocido, pero que no considero inferior a Clarín, Francisco Cañamaque (César Alonso de los Ríos creía que me lo había inventado yo) escribió en 1879 un libro titulado Los oradores de 1869 con el subtítulo Bustos Parlamentarios Es un libro de tal poder de sugestión y da la controversia y la pasión política de aquel momento con tanta plenitud, que debiera sacarlo el Congreso de los Diputados. Nunca la semblanza política llegó en España a tal altura. El busto de Castelar comienza con el remedo que hace Cañamaque de las triadas conceptuales del orador, recurso retórico que ya estudió el Brócense en el siglo XVI, pero que al ser ligera y sardónicamente distorsionado por Cañamaque descubre la maquinaria oratoria de Castelar. Cañamaque se dirige al tribuno haciendo caricatura de su estilo: Como orador está usted segtiro, acorado, blindado Ahora bien, yo acepto, yo aplaudo, yo oigo... No debió combatir, triturar, pulverizar... lo mismo que hoy predica, ensalza, quiere Como digo es la triada conceptual del párrafo castelarino que Cañamaque usa una y otra vez en su extraordinaria sátira. Aquel periodista maravilloso persiguió la incongruencia de los políticos, nacida tantas veces de sus intereses sucesivos, con gran sentido moral y con ingenio. Cañamaque narra la vez primera DOMICILIO SOCIAL J. I. LUGA DE TENA, 7 28027 MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 184 S probable que los tres momentos estelares del parlamentarismo español hayan sido el de las Cortes de Cádiz, el de las Constituyentes de 1869 y el de la IL República. Los tres acabaron mal. El primero por la acción apasionadamente rencorosa de Femando Vn, el segundo por causa de la Restauración y el Gobierno de Cánovas del Castillo, y el tercero por el levantamiento de Franco. En Cádiz, no sólo en las Cortes de 1810 1813, intervinieron emocionantes oradores que llevaban en sus palabras la flor de la Ilustración. Francisco ÁlvarezCascos escribió en 1985 un ensayo, una crónica parlamentaria dice él mismo, acerca de los parlamentarios asturianos en el Reinado de Fernando VE tanto en el período constituyente, los doceañistas, como en los períodos 1813 1814,1820 1822 y 1822 1823. Fueron los grandes oradores de aquellas Asambleas- Arguelles, Toreno, Martínez Marina, Inguanzo, Fernández Campomanes, Flórez Estrada, entre otros igualmente ilustres- quienes llevaron a Cádiz el espíritu de Jovellanos y quizá el de Jeremy Bentham, pues sin duda el utilitarismo per- tenece a la esencia de la Ilustración y por eso mismo Bentham influyó en los mejores españoles del siglo XIX. Benigno Pendas, en su magníñca introducción a unos textos de Bentham publicados por el Congreso de los Diputados, Tácticas Parlamentarias dice que Bentham ofreció a los creadores de la España moderna el pluralismo metodológico, el antidogmatismo y también la filosofía de la utilidad, que, en mi opinión, no es sólo el sentido común sino que alude también a los aspectos más sutiles del materialismo científico. Añade que el bhenthamismo influyó en Balmes (a quien la izquierda ha leído poco y mal) y en Meléndez Valdés, tan entrañablemente unido a Jovellanos. El discurso de Martínez Marina de 1820 en favor de la abolición de los señoríos territoriales y solariegos lleva el sello del pensamiento de Jovellanos contra el privilegio de la pereza nobiliaria. Lo cierto es que el gran momento parlamentario de Cádiz, el cual arroja al lenguaje coloquial dos expresiones extraordinariamente vivaces, ¡Viva la Pepa! y ¿Qué pasa en Cádiz? supuso un esfuerzo espléndido de racionalidad radical y de modernidad. No hace mucho un diputado sociaUsta propuso en la Cámara autonómica que se rindiera homenaje a la memoria de Emilio Castelar con motivo del centenario de su muerte. Como el propio diputado, Antonio E PARLAMENTARISMO ESTELAR que Adelardo López de Ayala interviene en las Cortes y arremete contra la indigna ley de imprenta de Nocedal, de 1857: Cuando la imprenta vive libre, la calumnia es nula; cuando se encuentra comprimida, la calumnia es terrible. ¡Triste suerte la del Gobierno, al qué nadie acusa en público, pero al que todos acusan en secreto! Años después escribirá Cañamaque: ¡Ah, don Adelardo! ¡Quién hubiera creído entonces que después, en 1878, habría de aceptar usted la ley de Cánovas y de Romero Robledo! ¡Que había de formar parte de un Ministerio, en 1874, que suprimió de un arranque todos los periódicos democráticos de España ...Francamente, eso no se lo perdono yo, que soy periodista; no se lo perdona la consecuencia, que es exigente; no se lo perdona la razón, que es lógica, invariable, inflexible Aunque la Revolución de 1868 y la I República no tuvieron mucho tiempo para realizar su obra, los oradores de 1869, a la vez éticos y patéticos, construyendo geiñalmente exordios, argumentaciones y epílogos, mezclando silogismos y sentimientos, supieron expresar con exactitud lo que significó la Revolución de Septiembre y elevaron el parlamentarismo por segunda vez en España a una cima desde la que volvería a precipitarse al suelo. La n Repúbhca; sobre todo en el tiempo en que Manuel Azaña (adorado ahora por tirios y troyanos) fue presidente de Gobierno, alumbró un Parlamento de grandes tribunos, y entre ellos y tal vez sobre ellos el propio Azaña, de discursos rítmicos en todas sus partes ciceronianas, el inciso, el miembro, el periodo, el ámbito, el circuito o la circunscripción. Otra vez la modernidad llamaba a las puertas de España pero el Nilo se desbordó sin fertüizar las leyes, las costumbres, los hombres. Tal vez debido a la proliferación editorial de Azaña y a su manera de pronunciarse nos sobrevenga la sensación de que solamente él estaba allí, y, aunque esto parece irónico, no creo que se aparte mucho de la verdad. El caso es que leyéndole recordé unas palabras de Terencio que podrían ser su epitafio: Soy el primero en sentir nuestros males; soy el primero en saberlo todo; soy el primero en anunciarlo; pero soy yo solo, si algo sucede, el que lo soporta Fue el último gran orador parlamentario del siglo XIX y uno de los españoles más clarividentes de este siglo. CÁNDIDO Chazarra, señaló, la Comunidad de Ma-