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DOMINGO 25- 1- 98 ESPECTÁCULOS Crítica de teatro ABC 107 í El otro William fantasía escénica Intérpretes: Manuel Galiana, Gemma Cuervo, Gabriel Moreno, Pilar Massa, Eduardo Macgregor, Carmen Martínez y Janfri Topera. Escenografía: Alfonso Barajas. Dirección: Manuel Galiana Poniendo en solfa sin citarla, sin siquiera aludirla, la magistral biografía de Shakespeare que Luis Astrana Marín tituló Vida inmortal de Shakespeare Jaime Salom se atiene a las que Astrana considera en esa su obra muchas oscuridades que todavía hoy envuelven la vida del enorme autor dramático, para poner en pie un William cuyo apellido tiene una dubitable ortografía y en lugar de apellidarse Shakespeare, pudo ser Stanley. El William Stanley protagonista de esta pieza y, por tanto, el actor de un tal conde de Derby, que superaba sus dificultades económicas escribiendo obras teatrales que hacía firmar a su actor y cómplice. Hay en la vida del genio un conde de Derby real, y es así como Salom, utilizando personajes claramente reales como el conde y la condesa de Derby, a la que pronto vemos viuda, y otros ingeniosamente complicados, como es el posible William Stanley y, en consecuencia, el verdadero William Shakespeare. ¿Cuál de los dos escribió esas composiciones prodigiosas que perduran llenas de fuerza, de poesía, de teatralidad inagotable cuatro siglos largos después? Una duda fundamental es pues el apasionante tema de esta comedia. ¿Fue un autor genial el William que firmaba las obras que escribía secretamente el conde de Derby o fue, sencillamente un impostor? El drama es algo mucho más dramático que un simple conflicto de autenticidad. Si el criado deshonesto, de penosa situación social y económica llega a ser identificado por la fama, por la admiración del público como el autor verdadero y llega a sentirse autor y a reclamar la verdad de su falsa autoría, nos encontramos en una forma nueva del problema del ser o no ser. Este problema ya lo ha formulado en su tiempo el genial autor de Romeo y Juheta Ser o no ser, esa es la cuestión. La cuestión, la pregunta, tiene un matiz nuevo en la pieza de Salom que, en el fondo, plantea, otra vez, el conflicto bajo nueva forma. ¿Basta la voluntad de ser para ser? No tiene el asunto dramático la tradicional oposición de agonista y antagonista. El personaje, auténtico o impostor, se debate dentro de sí mismo en la cuestión. Más que en la cuestión en la respuesta a sí misma. William, el- apócrifo, se declara auténtico. Es el gran autor porque quiere. ¿Qué es, realmente, ese conde de Derby al que, tras servirle en la impostura, se enfrenta? Como acción, la acción dramática es escasa. En lo que sucede no llega a haber un choque entre el conde y el criado. El problema palpita dentro del alma de ese William que vemos como un impostor, pero que, finalmente, se reconoce como autor verdadero, puesto que su voluntad es serlo. La escenografía se ha planteado un bonito, elegante escenario que, curiosamente, no sirve a la acción dramática, sino que la dificulta. Ni el espacio ni el tiempo se maniñestan claramente a lo largo de los actos. Tampoco Manuel Galiana, muy buen actor como conde de Derby, ha organizado, con la necesaria claridad en la dirección de esceiía, los espacios y los tiempos. Sore todo esa gran dimensión interna que la temporal. No pasa el tiempo en las escenas. Todo resulta atemporal. La comedia de Jaime Salom, estrena en el C. C. de la Villa, pide un montaje diferente y habría que dárselo para que resultara diferente y cobraran realidad espacial y temporal los pulcros trabajos del reparto más como un sueño, como un cuento, que como un drama. Y sin embargo es original y es dramática la situación de Shakespeare, papel pulcramente servido con sobria gestuación, por Gabriel Moreno. Pide el montaje una clarificación en la escenografía, o sea en el espacio dramático, sin la cual no existe la determinante clarificación espacio- temporal, del sutil conflicto interno del personaje que tiene la voluntad de ser lo que no es y que en su interior acaba de serlo. Hay, como se advierte fácilmente, mucho de pirandellianismo en el refinado conflicto de este criado, la ortografía de cuyo apellido, como símbolo de dubitación, suena y no suena como al espectador le suena Shakespeare. Siñy embargo, al contrario de la pirandelliana comedia Esta noche se improvisa en la dualidad psicológica del protagonista, indeciso entre el ser y el no ser de Shakespeare, todo el incurrir de la acción está planeado, sólidamente previsto y acontecido. Gemma Cuervo, experta buena actriz, recorre con cierta grisura la personalidad, poco determinada, más bien pasiva de la condesa, finalmente viuda, de Derby. Eduardo Macgregor, pese al trabajo bien pensado, no puede impedir que su personaje, el juez, resulte increíble, en una escena totalmente perjudicada por su situación, imposible, en un escenario que debería ser el de una sala judicial y no eA que, parece, de la casa del conde escritor, dc? Derby. La comedia pide un montaje diferente y habría que dárselo para que resultara verdaderamente diferente y cobraran realidad espacial y temporal los pulcros trabajos de todo el reparto. Lorenzo LÓPEZ SANCHO Crítica de cine Tren de sombras Lección de cine Producción: Portabella y Faver. Dirección: José Luis Guerín. Fotografía: Tomás Pladevall. Intérpretes: Juliette Gaultier, Ivon Orvain, Anne Celiiie Auché Al cine, qué duda cabe, se puede ir a cualquier cosa. Desde a pasar el rato con los chiquillos hasta a descubrir el mundo. Tren de sombras siguiente obra de José Luis Guerín tras su inclasificable Innisfree es la película menos indicada para pasar el rato con los chiquillos. Es densa, rigurosa, compleja, elaboradísima y consigue su conexión con el espectador después de un enorme esfuerzo por ambas partas. Pero sí es, en cambio, una película indicada para descubrir el mundo, al menos el mundo de la imagen. El trabajo que hace José Luis Guerín en Tren de sombras es comparable al que podría hacer un científico loco en su laboratorio. Filma, coge, corta, pega, mezcla... Construye, destruye y reconstruye un material filmado en un juego parecido al que separa la historieta de la historia. Primero rueda una película muda de evidente apariencia amateur una de esas pelicuhtas familiares hechas con tomavistas y que recogen los tranquilos días veraniegos de una familia en su casa de campo. Al tiempo, te obliga a tener una (falsa) impresión: son restos rescatados del tiempo, filmados a principió de los años treinta y en un estado de conservación la- mentable. Es decir que ves unas imágenes sin ningún valor artístico (comidas campestres, niños correteando, alguien montando en bici, escenas de los alrededores de la mansión) pero que impresionan por ser un mero testimonio de un mundo ya muerto, de un espacio, unos personajes y unas situaciones que no existen nada más que en esa nebulosa de cine. O sea, la banalidad convertida en testimonio. Después, Guerín le propone al ojo del espectador un insóHto juego: convertirlo en detective. Vuelve a mostrarle esas imágenes, acercándoselas, alejándoselas, cambiándoles el punto de vista y su experimento funciona: entre esas imágenes banales, cotidianas y tranquilas recogidas por el abogado Mr. Fleury a su familia surge una completa e interesante intriga romántica. Miradas, gestos y presencias que habían pasado desapercibidas cambian completamente la historieta cuando son subrayadas por Guerín. De la historieta, a la historia. Lo que ha sacado este director del tubo de ensayo no es, claro está, una película taquillera sino una lección de cine. Uno no se debe colar a verla porque esté llena la sala de al lado. Hay que tener la disposición adecuada para estar ante eUa y saber, de antemano, que se va a exponer a unos bruscos cambios de temperatura: desde el tedio (uno de los sentimientos más nobles del ser humano) hasta la fascinación. En cuanto a Guerín, y puesto que el éxito y el dineral no debían estar entre sus objetivos, no le vamos a negar el valor y el talento de haber echado la pata tan adelante. E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Flamenco Isabel López, una cabal bailaora en el Café de Chinitas Madrid. Manuel Ríos Ruiz En el nuevo elenco del Café de Chinitas destaca la actuación de la bailaora sevillan Isabel López, una artista a la que vimos actuar en el mismo escenario cuando era todavía una niña, y ahora, al volver a él, hecha una bella mujer, nos confirma la impresión primera: que estábamos ante una promesa firme. Isabel López, en una línea interpretativa meramente tradicional y con bata de cola, nos ofrece un baile por alegrías muy matizado y de variada coreografía, en el que conjuga el braceo y el zapateado con armonía y medida justa, con el cante de Fernando Gálvez y Toni Maya, dos voces idóneas para bailar. Igualmente esta cabal bailaora demuestra su amplio reperiro buleaero. Junto a Isabel López, hay que reseñar la presencia en el grupo- que permanecerá en el tablao hasta el próximo dfe 31- del bailaor jerezano Domingo partida, por soleá y bulerías, y de la veterana testera La Pescaílla, jimto a cuatro bailaoras, cantaores y guitarristas de la casa que conforman v espectáculo muy digno.