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24 AB -Centenario de Juan Ignacio Luca de Tena Teatro Lar a, 7 de noviembre de 1952 fínales de los cuarenta la escena española sufrió un cambio. La época del torradismo y de los juguetes cómicos dio paso a un tipo de comedias bien construidas, perceptiblemente enraizadas en la tradición de la benaventina, con personajes y situaciones extraídos de la burguesía más aco ¿modada, teñidas de cierta ironía, sin estridencias y presididas por un sentimiento de amabilidad y de ternura que diluían la aspereza de cualquier conflicto. A veces, como ocurría en algunas obras de José López Rubio, planeaba la sombra priestleyana y el tiempo perdía su carácter implacablemente cronológico para simultanear pasado y presente e iatroducir un poco de misterio. A esa condición la crítica tradicional la llamó poesía. En esa línea- que José López Rubio, en su discurso de ingreso de la Real Academia, tomó como pauta para definir una Generación, en la que también incluyó a Buero Vallejo, en atención al estreno, en el 49, de Historia de una escalera -estaba Don José, Pepe y Pepito de Juan Ignacio Luca de Tena, que aquel 7 de noviembre se estrenaba en el Teatro Lara de Madrid, con dirección de Rafael Rivelles y un reparto repleto de grandes nombres de la escena española de la época: Elvira Noriega, Amparo Martí, Mariano Azaña, aparte del propio Rivelles, que ejercía por entonces de gran maestro de la escuela naturalista española, encerrada en un medio tono, en una actitud contenida y en t el aprovechamiento asombroso de los tresillos. El cuerpo contaba poco, las imágenes escénicas sólo eran ilustrativas y lo fundamental era decir con claridad, rapidez y buen sentido los parlamentos, en lo que Rafael era un ejemplo, aunque, a veces, obras como La muralla o La herida luminosa dos grandes éxitos de aquellos años, lo pusieron a prueba en sus situaciones extremas, cuando solicitaban un comportamiento orgánico, un empeño del cuerpo, ajenos al tono coloquial de nuestro actor. El título de la obra de aquella no -che aludía a los tres personajes centrales de la comedia, correspondientes a otras tantas generaciones: Pepe, el abuelo; don José, el hijo; y Pepito, el nieto. La comedia contaba el enfrentamiento del padre y el hijo por una mujer ya madura, y la decisión de esta última de marcharse, pese a estar enamorada del padre, para evitar el choque famüiar. El decorado era de Redondela, dentro de la tónica un tanto impersonal e ilustrativa que caracterizaba la mayor parte de los montajes del Lara, fuera por el gusto del propio Rivelles, fuera por las evidentes limitaciones técnicas- del escenario. La obra la había estrenado, en el Romea de Murcia, otra compañía, subvirtiendo lo que por entonces era habitual: estrenar en Madrid, A y, si era un éxito, al amparo de las buenas críticas de los periódicos de la capital- de acuerdo con el centralismo de la vida española de entonces, eran leídos en todo el país- organizar rápidamente lo que se llamaba una Compañía B, que simultaneaba su gira con la presencia del mismo título en la cartelera madrileña interpretado por la Compañía A, responsable del estreno absoluto y generalmente de más calidad. ON Don José, Pepe y Pepito había sucedido algo distinto, quizá poique la obra le había interesado a Caj etano Luca de Tena, director de escena que desempeñó un papel destacado en el ascenso del nivel formal de las representaciones de la época, iniciando en el Romea de Murcia una gira- exactamente el 25 de octubre de aquel mismo año- antes del estreno de la obra en C Madrid. La excepcionalidad de la experiencia se reflejaba en la sohdez de la Compañía de Cayetano, parangonable a la del Lara de Madrid y en nada semejante a las improvisadas compañías que salían a provincias para presentar los éxitos de la capital. Nani Fernández, Cándida Losada, Guillermo Marín, Matilde Muñoz Sampedro, Gabriel Llopart, Esperanza Grases, estaban en el reparto. Ricardo Lucía hacía de Pepito, el personaje que unas semanas más tarde estrenaría en el Lara, Jorge Vico, hijo de una pareja de excelentes actores, Carmen CarboneU y Jorge Vico, que parecía destinado a mantener por mucho tiempo en la escena española el nombre y aún el estilo de su padre y que murió prematuramente. La noche del 7 de noviembre del 52 fue buena para el Lara. Era la época de las compañías titulares y de una generación de empresarios- Conrado Blanco, Tirso Escudero, Arturo Serrano... -que procuraba dar a sus teatros una personalidad. Existían los llamados autores de la casa que garantizaban un determinado tono, y un público que se mantenía fiel a la programación de su teatro. El caso del Lara fue quizá el más evidente. Entre Conrado Blanco y el público del Lara había un acuerdo ideológico y estético absoluto; Conrado sabía que disponía de un arco de posibilidades preciso, y en ese arco, apoyado en media docena de autores españoles y en unos cuantos actores que gozaban del afecto del público madrileño, se movió durante años con gran pericia empresarial. La bombonera según la calificación aplicada al Lara en aquellos años, era una institución entre la clase media alta madrileña, que se sentía segura en sus butacas, al abrigo de vanguardias y sobresaltos formales o ideológicos. Conrado Blanco, autor él mismo de versos, tenía ese concepto amable, ternurista, de la poesía, que, en mayor o menor grado, intentaba filtrar en el escenario del Lara, en perfecta conexión con la demanda de un sector social que deseaba olvidar en el teatro la crudeza de la vida, ver cómo los conflictos se resolvían en la serenidad del orden famiUar. QUELLA noche del 7 de noviembre el Lara gozó de la ar. monía tan apetecida por su empresario y por su púbhco. El amor sólo fue en la comedia una ligera tormenta, un breve sueño tras el que se recompone la calma, y los tres personajes, Don José, Pepe y Pepito, volvieron a sonreír como antes, acaso- y ese era el optimismo último que solía estar presente en el repertorio del Lara- con dos nuevas razones para hacerlo: la consohdación material del proyecto de hospital al que estaba entregado Don José, y la superación agridulce del conflicto que había estado a punto de enfrentarlos, como si el viaje fuese un recuerdo necesario para sentir la casa más confortable. A José MGNLEÓN