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DOMINGO 23- 2- 97 LA MACABRA AVENTURA DEL ROL le intenté hacer algo parecido, pero él no se dejó ya que tenía dificultades para pasar la mano atrás pues tenía cogida la bolsa y se había pegado con la espalda al respaldo de la parada, inconscientemente. Le cogí la bolsa suavemente y la dejé al lado, tras lo que le pasé la mano detrás y la solté. El volvió de modo inmediato a poner la mano al costado, lo que no me preocupó. Bajó la cabeza, lo que si me molestó pues no podía verle bien el cuello y en estas cosas hay que tocar bien la primera vez. La presa intentó escapar, llevada por la desesperación. Nos apartó de un empujón y echó a correr. Llevaba zapatos, no muy aptos para correr, y no parecía estar en condiciones físicas excepcionales que digamos, pero el miedo le daba alas. Corrí detrás suya y le agarré, bastante mal, de un brazo. Estábamos a dos metros delfinalde la parada. Le cogí por detrás y volví a intentar degollarle, pero fallé y sólo le hice otra brecha. Sin embargo, le despisté lo suficiente como para que mi compañero gozara de una magnífica ocasión para apuñalarle, dándole golpes a diestro y siniestro. La presa se agachó, de modo que yo sólo le veía la nuca y mi compañero sólo veía la parte superior de la cabeza (era calvo en la parte de arriba) lo que le pareció un lugar magnífico para atacar, asestándole una puñalada en la parte de arriba de la cabeza, que le dejó bastante atontado. Luego vimos que el cuchillo de ABC 91 diríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro) momento en el cual yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado. Simple. Observé a mi posible primera víctima: desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Llevaba zapatos cutres y negros, calcetines ridículos, también negros, una camisa a rayas verdes y blancas. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía llevar ropa y una papeleta imaginaria que decía ¡Quiero morir! menos acusada de lo normal. Si hubiera sido nuestra primera posiblidad allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero... ¡así es la vida! Acepté y fuimos hacia él. Mi compañero empezó a sonreír y él nos miraba con cara de desinterés y sueño. Cuando estuvimos Y caía sangre a Me agaché en una pésima actuación de un chorizo vulgar a punto de registrar una chaqueta, le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado, de sorpresa y terror. Nos llamó hijos de puta Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me lando un vals improvisado. Me desgarró uno de mis guantes, que sonó bastante, me arañó las manos y me impidió seguir apuñalándole ya que necesitaba toda mi concentración y ambas manos para controlarle. Perdí de vista a mi compañero. Giramos en lucha y avanzamos otro metro, momento en el cual escuché a mi compañero decirme que lo tiráramos por el terraplén, hacia el parque que estaba detrás de la parada, donde podríamos matarle a gusto. Al oír esto, la presa se debatió con mucha más fuerza, en absoluto impedido por la montaña de heridas que llevaba encima. Gritó de nuevo ¡no, no, no! y ambos nos esforzamos aún más en la lucha. Atontado por el golpe Yo puse todo mi peso en la dirección correcta y giramos a mayor velocidad, hasta que caímos por el terraplén. Mi cuchillo, que Los dos comenzaron a asestarle puñaladas y Javier logró tirarle por un terraplén aHí situado. Abajó, los ataques continuaron y el joven metió sus manos en el cuello de la víctima para intentar arrancarle las cuerdas vocales r a un metro nos plantamos delante suyo, sacamos nuestros cuchillos y yo le pedí que nos diera todo su dinero (eso sí, por favor) Se sorprendió y asustó, mirando más al impresionante cuchillo de mi compañero que a mí, que era el que hablaba. Mi compañero sólo le miraba y emitía, de cuando en cuando, una risita rara del estilo de ¡je, je je! Me dio tres mil pesetas ¡qué poco! pensé luego, pero en aquel momento apenas las miré, guardándolas inmediatamente: el robo era sólo un adorno, una excusa para sacar los cuchillos) y empezó a farfullar tonterías. Le dije que le iba a registrar y le solté entonces una frase que se me va a quedar grabada en la mente durante lo que me reste de vida. ¿Le importaría poner las manos a la espalda? Por favor Dudó. Mi compañero le cogió una mano y se la puso atrás, mientras que la derecha seguía manteniendo el cuchillo a pocos centímetros de nuestra presa. Yo daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada excepto abrirle una brecha, por la que caía ya sangre. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de estas puñaladas era realmente importante sino que simplemente distraía a la víctima del verdadero, teóricamente, peligro. Pero ese peligro, que era yo, no acertaba a darle una buena puñalada en el cuello y apenas si podía hacerle arañazos. Decía no, no una y otra vez, sin armar demasiado escándalo. Los vecinos no se enterarían con esa mierda de sonido. mi compañero se había doblado del golpe. Me pareció una buena idea y golpeé en el mismo sitio, mientras mi compañero tiraba contra su cara intentando alcanzarle un ojo. Nuestra presa ya sangraba profusamente, en gruesos goterones, y nos quedamos un momento totalmente detenidos mientras intentábamos buscar de nuevo los ojos y la garganta. No lo conseguimos, y nuestro amigo se recuperó lo suficiente para volver a intentar escapar. Salió disparado de nuevo y yo detrás de él, agarrándole esta vez a unos ocho metros de la parada. Empezamos a forcejear, bai- Me agauché en una pésima actuación de un chorizo vulgar, le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado, de sorpresa y terror. Nos llamó hijos de puta Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada apenas lo había sujetado durante la lucha, se me escapó de las manos. Me concentré en no soltar a mi presa pero no pude evitarlo, aunque ya habíamos caído un buen trecho y no se nos vería desde arriba. Yo caí a cosa de dos metros hacia abajo de mi presa, y supongo que podría habérseme escapado de muchos modos, ya que quedé atontado por el golpe, pero mi compañero ya bajaba y empezó a asestarle puñaladas, asustándole y obligándole a retroceder. Mi compañero venía de arriba, por lo que la presa, al retroceder, bajaba y venía directamente hacia mí. Yo pensé unos instantes qué hacer, ya que sin el cuchillo no veía un modo claro de matarlo. Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle lo más que pudiera para que mi compañero le matara. Así lo hice, agarrándole de la cabeza y del cuello. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en si- tuación ideal, conmigo sujetándole y mi amigo a un metro dándole puñaladas. Me arañó un