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90 ABC LA MACABRA AVENTURA DEL ROL Acabamos de nuevo en la fuente, y nos preguntábamos ya qué hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada desde el fínal de la otra acera. Llevaba una bolsa, era gordito y mayor, tío y con cara de tonto. Se sentó en la parada (al otro lado de la calle respecto a nosotros) y se puso a esperar estábamos ya un poco hartos de esperar, y decidimos que sería inútil hacerlo más. En vez de ello haríamos rondas buscando víctimas por las calles cercanas, presas algo más difíciles, pero, esperábamos, más fáciles de encontrar. En una de las entradas de la calle Cuevas de Almanzora vimos a la que pudo haber sido nuestra primera víctima: una morena que salió de su casa para meterse en su coche, dejándonos con la boca agua y lamentándonos no haber pasado por allí treinta segundos antes. La segunda víctima posible era una jovencilla bastante de buen ver, a la que el novio estaba acompañando a riencia feliz, orejas tapadas por un walkman etc. Pero era un tío. De todos modos fuimos hacia él para sentarnos, con las manos en los bolsillos agarrando nuestros cuchillos, y nos sentamos aparentando estar esperando el autobús. Aquí la historia se torna casi irreal; el tío empezó a hablar con nostros alegremente, contándonos su vida, a lo que nosotros res- DOMINGO 23- 2- 97 Salimos a 1: 30 de la madrugada. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos, poniéndonos ropa vieja en previsión de que la que llevábamos quedara sucia. Elegimos el lugar con precisión y yo memoricé los nombres de varias calles del lugar, así como el modo de regresar por si nos separábamos y teníamos que salir corriendo cada uno por un lado. Comimos y bebimos bien, y quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras él la debilitaba con un cuchillo de considerables proporciones. Él mío era pequeño, pero muy afilado y fácil de disimular y manejar, y se suponía que yo era el que debía cortar el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (esto último no era imprescindible, pero sí muy saludable) a un viejo o a un niño, ya que si intentabas casas) nos hicieron perder otra media hora antes de separarse, metiéndose una chica en un portal a dos metros de donde hablaba con su novio y largándose el resto en coche. Serían ya las cuatro menos cuarto... Decidimos que a las cuatro y cuarto se abría la veda de hombres (hubiéramos podido matar a dos ya) y que a las cuatro y media marcharíamos a nuestro algo más concurrido barrio. Nos cruzamos con un idiota a las cuatro, pero había un coche pasando y aún no estaba levantada la veda. Cuatro y cuarto. Se levanta ¡a veda. Mi compañero propone pillar un taxi (se nos cruzaron muchos) atracar ál taxista, dego- r J Javier Rosado y Félix Martínez encontraron a su victima en una parada de autobús. Tras simular que le iban a atracar, el primero le clavó un cuchillo en el cuello pondimos con paridas de andar por casa. Nos enteramos de que salía de trabajar y de que volvía a su casa usando el buho de ahí a la Cibeles y luego cogiendo otro autobús hasta Aluche, donde vivía. La empresa le pagaba el abono transporte. Estuvo parloteando todo el rato menos un momento en que se fue al parque detrás de la parada a mear. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a matarle. Me pregunto lo que pensaría ese tío al día siguiente. El autobús llegó y se fue con nuestro amigo decepcionándome ya que no traía a nadie. La parada estaba rodeada de parque totalmente oscuro en todas las direcciones. Hubiera sido muy sencillo. Pero no ocurrió así y, fastidiados por nuestra mala suerte, reiniciamos nuestras rondas. Una viejecita que salió a dejar la basura se nos escapó por menos de un minuto, y dos parejitas de novios (maldita manía de acompañar a las mujeres a sus liarle yo por atrás con mi pequeñín y debilitarle mi compañero con puñaladas en el costado desde fel lado. Rehusé el plan, ya que algo me olía mal. Menos mal que lo hice, hubiera sido una catástrofe por motivos que luego comentaré. apuñalar a un tío nunca sabrías con qué te estabas metiendo. A lo mejor esa víctima era décimo dan u otro psicópata amateur en busca de mujercillas. Aunque también puede ocurrir esto con mujeres, los porcentajes bajan. Caminamos pues hacia el colegio de mi amigo, en Hortaleza. Fue un paseo de 20 minutos, en el que pedimos a algunos gilipoUas cigarrillos que encendimos con un mechero que apareció en el abrigo que yo llevaba: la ropa que me da mi compañero es una caja de sorpresas. Llegamos al parque en donde se debería de haber cometido el crimen, un lugar vasto y soütario donde no había absolutamente nadie. Nos sentamos en un banco y charlamos, Esperamos durante media hora y sólo pasaron tres chicos, una presa demasiado peligrosa para empezar por ella. Nos pusimos los guantes para acostumbrarnos a su tacto y a su presencia, y acariciamos nuestros cuchillos. A las dos y media casa en su repugnante coche. Fuimos inmediatamente detrás de ella, que se había metido por un callejón. Nos metimos en él tras ella, sólo para oír una puerta cerrarse prácticamente en nuestras narices. Esta vez fueron menos de diez segundos los que nos separaron de nuestra presa. Nos cruzamos además con un tío que salió de un coche y que me pasó a menos de diez centímetros. Si hubiera sido hembra ahora estaría muerta, pero por aquel entonces seguíamos con la hmitación de no poder matar más que a mujeres. Un pobre desgraciado Acabamos de nuevo en la fuente, y nos preguntábamos ya qué hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada desde el final de la otra acera. Llevaba una bolsa, era gordito y mayor, tío y con cara de tonto. Se sentó en la parada (al otro lado de la calle respecto a nosotros) y se puso a esperar. Mi compañero me planteó las posiblidades: o hacíamos lo del taxi, o íbamos a nuestro barrio o matábamos a éste. Discutimos seriamente la última posibilidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, le atracaríamos y le pe- Cara de idiota Fuimos a beber a la fuente que se encuentra más o menos a la altura del número 28 de la calle de Bacares y nos percatamos de que había alguien sentado en una parada de autobús justo enfrente de la fuente. Era el comienzo del buho y una víctima potencial casi perfecta: cara de idiota, apa-