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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 2 DE DICIEMBRE 1996 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA ON dos nombres españoles entre tantos, tantísimos en el Oeste y Sur de los Estados Unidos. No sólo los nombres, los paisajes, los hombres, las viejas ciudades e iglesias nos recuerdan tantas veces a España. California, nombre tomado de nuestros libros de Caballerías, tiene sol y vegetación mediterráneos entre autopistas fabulosas, millas y millas de suburbios fastuosos, tecnología de la última vanguardia, poder, dinero, goce de la vida... Y no muy lejos, las misiones, con el recuerdo de sus monjes benéficos y teócratas que llegaron con el ánimo de convertir y hacer trabajar a rebaños de indios en el territorio que conquistó Carlos DI para cortar el avance de los rusos desde el Norte. Sin prever a los gringos del Este, que pusieron encima una cultura de eficiencia y hedonismo. Y el big business y las extravagancias del dinero, como la catedral de cristal con su fuente dentro, y los cultos orientales. Y la protesta estudiantil y los hippies y la cultura gay... Y las grandes Universidades y centros de investigación, también de Humanidades. Yo he ido a Congresos y, sobre todo, al gran Thesaurus de la Lengua Griega, un banco de datos que pretende recoger la totalidad del léxico del Griego. Trabaja en colaboración con nosotros. Está en Irvine, en Orange County, el lugar más conservador de América, el lugar de los ricos. Con su aeropuerto de John Wayne, que entre mis dos visitas dio un estirón increíble. ¡Tierra de oportunidades! Un profesor de griego puede poner en marcha un proyecto único en el mundo (ordenadores y no excesiva ciencia del viejo estilo: pero marcha) y tener un cadillac y una casa de película y un monte entero, un antiguo rancho de Carlos ni, para contemplarlo él solo desde su salón y su piscina. Aunque casi se quema todo hace dos años, cuando ardieron las mansiones en el monte, detrás de Long Beach. ¿Hay dos culturas? Diríanse dos pueblos. El uno marca el paso: dibuja líneas rectas y estructuras y crea progreso: imposible no admirarlo, aunque se note aquí o allá que algo falla, esa rigidez estirada como me decía el gerente de un Hilton que añoraba a España. Aunque quede, tantas veces, soterrado el descontento. El otro pueblo es vario. El indio, quizá aquí extinguido, pero que aún se adivina: los viejos, indolentes propietarios. Los hispanos, segundos propietarios, que vinieron con sus frailes y soldados y sus revolucionarios mexicanos, y que ahora crecen y crecen con sus inmigrantes legales o ilegales. Los negros, a veces sonrientes e integrados (esas preciosas negritas de las recepciones de los hoteles, de los aeropuertos, de la calle) Pero amontonados en Watts, a dos pasos tras la South California University, donde estuve, y que provocaron la gran explosión de hace pocos años. Los chinos guardando su misterio ¿orientales? ¿americanos? Los vietnamitas que se abren paso en toéas partes. Tantos más. Y los grupos gritadores: el women s lib losgays... Uno ve, en el centro de Los Angeles, los ABC nuevos rascacielos brillantes de los bancos, y un negro medio desnudo tirado en un rincón sobre el césped, y un blanco pálido con una pancarta pidiendo para un needy man y una puta desteñida parada en una esquina. ¿En qué quedamos? Es difícil en qué medida estos hombres y mujeres se sienten absorbidos e integrados o viven de las migajas de la otra cultura; o en qué otra, por puro descontento y frustración, reaccionan con resentimiento. Tienen, seguramente, dos almas: tan verdadera la una como la otra. Y la nación que se tiene por la más progresista de la tierra lleva dentro una nación del tercer mundo, entre fiel imitadora y enemiga. Es, vista en su conjunto, una sociedad variopinta, pero que se deja crecer toda ella, lejos ya de sus raíces, con una espontaneidad que los reglamentos modifican, pero no ahogan. El éxito y el placer son sus objetivos. Pero, ¿qué otros, a escala humana, tenemos los demás? La paradoja es ésta: si los Estados Unidos son progresivos, lo son desde una posición conservadora. Potencia las posibilidades de ese conservadurismo rompiendo ciertas mallas, dando elasticidad a otras, creando. El otro progresismo que se ha propuesto es la erosión igualitaria, humana pero inhumana. Estéril. Ya se ha visto su fracaso: no tanto por la ideología como por los hechos y porque era, en definitiva, incompatible con la naturaleza humana. Aquí, a veces hemos ido, pienso, más lejos de lo justo. Por poner un ejemplo. Una Universidad americana conserva las antiguas jerarquías (aunque para el alumnado pone metas bastante mediocres) Busca y paga a los mejores profesores, los big ñames Aquí hay que hacerse perdonar, todos somos iguales. Es notable en las Universidades españolas el sinnúmero de personajillos que en ellas son importantes y a los que nadie ni conoce DOMICILIO SOCIAL J. I LUGA DE TENA, 7 28027- M A D R I D DL: M- 13- 58 PÁGS. 144 s DE LOS ÁNGELES A LAS VEGAS Ó recision mo vements RAYMOND WEIL GENEVE INFORMACIÓN: 902- 44 54 45 fuera. Y luego hay el circo de las Juntas y las intrigas de pasillo y las eternas reformas de los planes, a niveles cada vez más delirantes. Hemos arrasado el pasada sin crear futuro, ni por la vía competitiva ni por la planificada. Nuestras reformas nos hunden más y más en la mediocridad. Me he desviado para hacer el elogio de la sociedad competitiva y echar de menos, aquí, algo de ella. Vuelvo a Los Angeles, a la ciudad trepidante, hecha para el automóvil, no para la escala humana. A Los Angeles, rica y miserable, junto a la fábrica de sueños de Hollywood, que ha dominado al mundo. Junto a las playas doradas en una de las cuales el museo de Paul Getty reproduce la Villa dei Papiri de Herculano y nos muestra tesoros increíbles. California no es sólo Los Angeles, va del cinturón de ciudades costeras de nombres españoles al Silicon Valley, corazón de la informática. Y a San Francisco, más humana, con sus tranvías que escalan las colinas, su viejo puerto hormigueante de turistas. Y, saltándonos los límites del Estado, a Las Vegas. Habría que presentar Las Vegas como otro invento americano, como un antídoto contra la angustia del tiempo que corre, del espacio que no acaba, de los contrastes que agotan nuestra inteligencia, de la competición implacable. En cierto modo. Los Angeles (y la vida americana) exige Las Vegas. Si uno entra en un casino, en la sala de juego, por curiosidad pura, verá que no hay ventanas, no hay relojes. Se está fuera del tiempo y del espacio. Hay una agitación inmóvil: lujo impersonal, luces, colores, ruidos propios. Es un mundo aparte, que hace olvidar el otro. Y luego está el juego: es la esencia misma del enfrentamiento, aunque sea contra una máquina. Es una especie de guerra, pero sin condicionamientos, abstracta, eterna: es como un símbolo de la vida humana, fuera de sus accidentes y rencores y responsabilidades. El dinero, a su vez, es un símbolo de la victoria o la derrota. Visto así, el juego es un descanso, un relax aunque se pierda: la responsabilidad no es nuestra, es del azar. Y fuera, la piscina, el lujo, el arte kitsch u hortera, pero magnifícente. Musicales sin drama. Una especie de paraíso, con serpiente sin duda, como todos. Parece como la vacación tras una vida. Con el punzante recuerdo de la acción y la derrota, pero envueltas en una atmósfera distinta, como después del tiempo. Se ve a los viejos que olvidan su decadencia jugando en aquel ambiente que es otro en igualdad de condiciones con todos, como en una vida nueva, como si aquello fuera a ser eterno. Es, tras Los Angeles, como la visita a otro mundo. Y a dos pasos el cañón del Colorado, el paraíso geológico en que resuena todavía el eco de los cascos de los viejos caballos españoles de los conquistadores. Caleidoscopio que atrae y que repele, próximo, y distante, quizá nuestro futuro. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española