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62 ABC NUNCA MAS LA GUERRA CIVIL JUEVES 18- 7- 96 Crónica Breve crónica de una larga guerra L A guerra civil española tuvo sus orígenes inmediatos en el fracaso parcial de la sublevación militar del 17- 18 de julio de 1936, protagonizada en sus primeros momentos por las tropas regulares de la comandancia de Límites de África (MeliUa) y que se extendió a la Península a lo largo de la semana siguiente. A pesar del protagonismo del Ejército- un Ejército dividido, como hemos visto- los hechos del 17- 18 julio de 1936 no pueden considerarse un mero pronunciamiento o golpe militar, ya que fueron la expresión más visible de una amplia sublevación cívico- militar contraria ál Frente Popular surgido de las elecciones de febrero de 1936. Paradójicamente, la sublevación militar desencadenó precisamente aquello que supuestamente pretendía evitar: el colapso de la legalidad existente y el acceso al poder de comités y organizaciones revolucionarias varias. El ímpetu revolucionario urbano tuvo su expresión más caracterizada en Cataluña, mientras que la colectivización agraria alcanzó una notable extensión en Aragón. En ambas regiones, la anarcosindicalista CNT fue la gran protagonista de esta revolución espontánea La sublevación cívico- militar tuvo éxito en Canarias, Galicia, CastiUa la Vieja, y algunas zonas de Andalucía (sobre todo Sevilla) Asturias (Oviedo) y Aragón (Zaragoza) así como en Navarra y Álava. Sin embargo, fracasó en Madrid, Cataluña, Levante, gran parte de Extremadura, y en las provincias vascas de Vizcaya y Guipúzcoa, donde la promesa de un Estatuto de Autonomía similar al otorgado a los catalanes en 1932 garantizó la lealtad del nacionalismo vasco. Como resultado de esta división del territorio, los Nacionales pasaron a controlar las zonas agrícolas más importantes del país, mientras que la República pudo contar con los recursos de la España minera e industrial. Desde el punto de vista militar, el gobierno de la República retuvo el control de la Fuerza Aérea y de una gran parte de la Marina, si bien el asesinato o encarcelamiento de muchos de sus oficiales mermó notablemente la utilidad de ésta última. Los Nacionales, por su parte, contaban con un Ejército de África capitaneado por el general Franco, al que pertenecían las unidades mejor adiestradas y equipadas de las Fuerzas Armadas españolas. La colaboración de las potencias de lo que pronto seria el Eje fue de gran importancia para el esfuerzo bélico de los Nacionales, como también lo fue la ayuda posteriormente prestada a la República por la IIRSS, si bien el temor de Stalin a enfrentarse a las democracias occidentales, así como las nada desdeñables dificultades logísticas que planteaba dicho apoyo ümitó en cierta medida su impacto. En cierto sentido, lo más notable de la actuación extranjera durante la guerra civil no fue tanto la participación activa de estas potencias como la no intervención de Gran Bretaña y Francia. Los gobiernos frentepopulistas franceses hubiesen deseado acudir en auxilio de la Repúbüca hermana, pero no quisieron comprometerse sin coiitar antes con la garantía de im apoyo británico ante un posible ataque alemán. Por su parte, los gobiernos conservadores británicos no estaban dispuestos a enfrentarse con Hitler en defensa de una República española cada vez más radicalizada por la que sentían escasa simpatía. En realidad, el resultado final del conflicto debió mucho más a los factores estrictamente endógenos que a los exógenos. A partir del otoño de 1936, durante el cual Largo Caballero fue nombrado presidente de un gobierno que pronto contó con la participación de un sector de la CNT, el bando Republicano se vio dominado por el duerna: ¿Guerra o revolución? Mientras que para unos era evidente que si no se ganaba primero la guerra nunca habría ocasión de hacer la revolución, para otros se trataba de conceptos sinónimos, ya que sin aquella no habría siurgido la posibiUdad de ésta. El conflicto entre estas estrategias incompatibles entre sí, que dividió internamente al PSOE y a la CNT, estalló finalmente en Barcelona en mayo de 1937, enfrentando violentamente al PCE, firme partidario de la disciplina y legalidad republicanas, con los revolucionarios del POUM y de la CNT. Tras negarse a actuar contra el POUM, Largo Caballero fue sustituido por Juan Negrín, un dirigente socialista que compartía plenamente el afán del PCE por crear un mando único sólido. A pesar de mantenerse como presidente del gobierno hasta el final de la guerra, Negrín sería incapaz de poner fin a las luchas cainistas que asolaron su bando. La estructura descentralizada del Estado inaugurada por la Constitución de 1931 y los Estatutos de Autonomía concedidos al amparo de ésta tampoco favorecieron los esfuerzos de los sucesivos gobiernos Republicanos por coordinar el esfuerzo bélico. En Cataluña, la Generalitat se resistió a aceptar la autoridad del Gobierno central hasta casi acabada la guerra. Por su parte, los nacionalistas vascos, tras obtener su propio Estatuto en octubre de 1936, lucharon con decisión hasta la caída de Bilbao en junio de 1937. Sin embargo, una vez perdida Vizcaya, el PNV se negó a que los batallones vascos actuaran fuera de su territorio, en vista de lo cual negociarían su rendición en Santoña ante las tropas italianas dos meses después. IENTRAS que los mihtares que se habían mantenido leales a la República hubieron de esforzarse por creEir un Ejército Popular luüdo y disciplinado en sustitución de las miUcias de partidos y sindicatos que surgieron en los primeros meses de la guerra, para septiembre de 1936 el general Franco ya había obtenido su reconocimiento como comandante en jefe de los ejércitos nacionales. EUo le permitió a su vez imponer su autoridad a las diversas facciones que componían el bando Nacional- cedistas, monárquicos alfonsinos, falangistas y carlistas, entre otros- mediante el Decreto de Unificación de abril de 1937, creando así un único movimiento poMtico, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, en cuyo marco habrían de actuar a partir de entonces sus partidarios. El primer objetivo militar de los Nacionales fue la conquista de Madrid, operación en la que participaron las tropas del general Mola desde el Norte y las de Franco desde el Sur. Sin embargo, al llegar a las afueras de la capital en noviembre de 1936- tras haberse desviado en su avance y perdido un tiempo pre- cioso para liberar el Alcázar de Toledo- Franco comprobó con sorpresa la capacidad defensiva de las brigadas mixtas recién creadas por el general Miaja. En vista de la imposibilidad de tomar la capital, se optó por aislarla, pero la resistencia de los republicanos en la batalla del Jarama en febrero de 1937 y la derrota de los italianos e n l a de Guadalajara, poco después, desbarataron sus planes. NTE esta situación inesperada, Franco decidió llevar la guerra al Norte. Como vimos, en junio de 1937 caía Bilbao, y con ella importantes recursos mineros e industriales, a los que pronto se sumaron los de Asturias, tomada a finales de año. Los mandos republicanos reaccionaron organizando una gran ofensiva en Brúñete en juño de 1937, que los Nacionales lograron contener a duras penas, operación que fue repetida a finales de año en Teruel, saldándose con idéntico resultado. Franco podía haber concentrado sus tropas en im gran ataque contra Cataluña, pero optó por dirigirse al mar, alcanzando en abril de 1938 la localidad de Vinaroz, con lo cual se cortaba en dos el territorio controlado por la República. Dado que con ello se ponía en pehgro a la región de Valencia, en el verano de 1938 el general Rojo lanzó una ambiciosa ofensiva en el Ebro, que sería la más importante de la guerra. Tras el fracaso de la misma en noviembre, las tropas nacionales iniciaron por fin la toma de Cataluña, entrando en Barcelona- que, a diferencia de Madrid, apenas opuso resistencia- en enero de 1939. La caída de Cataluña abrió una gravísima crisis en el bando republicano, que enfrentó a los partidarios de una resistencia numantina, capitaneados por Negrín y los comunistas, con quienes todavía creían posible una paz negociada con Franco. La crisis se saldó con el golpe de mano del coronel Casado, cuya Junta de Defensa Nacional, que se apoderó de Madrid en marzo de 1939, fracasó en sus esfuerzos desesperados por llegar a un acuerdo con el gobierno de Burgos. Tras lanzar una última ofensiva contra Madrid, las tropas nacionales entraron en la capital el 27 de marzo, produciéndose la capitulación definitiva del bando republicano el 1 de abril de 1939. Se cerraba así una de las páginas más sangrientas de la Historia de España. A M LA sublevación militar desencadenó precisamente aquello que supuestamente pretendía evitar: el colapso de la legalidad existente y el acceso al poder de comités y organizaciones revolucionarias varias Charles POWELL