Avanzar o retroceder por resultado de búsqueda
Avanzar o retroceder por las páginas del periódico
Avanzar o retroceder por día

EL CASERÚH EN DERROTA
Yendo por carretera desde mi casa de Guadalajara hacia Madrid, queda a mano derecha, a mano de lanza, y poco antes de llegar a la ilustre Alcalá de Henares, un recio caserón en derrota, de noble traza y silueta ultrajada por el tiempo, con el tejado hundido, los muros llagados por el viento, la lluvia y el sol, y ahora habitado en su agonía por grajos, víboras, alacranes y fantasmas pobres, fantasmas con el sudario ajado y sucio, la cera del blandón más amarilla de lo que aconseja la costimíibre y el suspiro ya casi al borde de pedir clemencia; a mí me da mucha pena, también algo de miedo, este caserón atenazado por la desgracia que se reparte con cruel prodigalidad y sin mayores méritos de nadie entre los elegidos por el peludo dedo del demonio. No conozco la historia de esta casa en ruinas, a nadie pregunté y nadie tampoco me dijo nada, pero pienso que a lo mejor no hace demasiado tiempo fue escenario de la diaria comedia del amor y el odio, de la cotidiana farsa de la paciencia toreando de muleta a la ira y del amargo saínete de los celos, los cuernos y los disimulos, que lo que no mata, engorda, y todo sea dicho y entendido en loor de la suerte de banderillas. La corteza del mundo está sembrada de caserones en derrota en los que susurra el viento de la historia amarga y se mecen las descaradas arañas del olvido. ¿Se acuerda usted de cuando nació Finito de la Alberguerfci, el peón de confianza del Algabeño? Era sietemesino, pero tenía más valor que nadie. ¿Se acuerda usted? -No, yo no me acuerdo de nada- jVaya por Dios! ¿Y de cuando murió Saturnino Pérez, el Morago, el sacristán de Tendilla, de la hartazón de puñaladas que le pegaron en la feria de Meco? -Tampoco; le digo una vez más que yo no me acuerdo absolutamente de nada. ¡A mí no me empapelan otra vez, se lo juro! En estos zaheridos muros ya no sé cobijan ni los penúltimos nómadas zurrados por el déspota sedentario, los quinquis, los okupas, los drogatas, porque su instinto les advierte que pueden venírseles encima y aplastarlos vivos. ¿Y no cree usted que quizá pudiera escribirse una novela de intriga imaginando las vidas a las que barrió el viento de la desgraciada casualidad? -Pues, mire usted, ¡qué quiere que le diga! a mi no me lo parece: la palestra para la novela histórica corre siempre el riesgo de confundirse con el obituario. En la Biblia se lee que cuando el último aliento retoma al barro niueren los pensamientos adquiridos, las ideas adivinadas y las figuraciones inventadas o vividas, que son tres de los cuatro pilares de la novela- el cuarto nadie sabe cuál es. CamUo José CELA
cB 0 MíMGO 2 e 6
-A- rc
HH aA