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46 ABC DESAPARECE EL MAS LIBRE DE LOS SABIOS ESPAÑOLES SÁBADO 19- 8- 95 La elegante saga de los Baroja C UANDO en mi juventud iba a visitar a don Pío Baroja, siempre en compañía de mi amiga Pura de Madariaga, algunos veces veíamos pasar silencioso por la sala, buscando un libro o unos papeles, al chicarrón elegante y estudioso que era Julio Caro Baroja. Su tío estaba orgulloso de él. Es un etnólogo, un antropólogo admirable -nos decía ya en aquellas fechas. No por esnobismo, sino por verdadero afecto a los contrastes, entonces y ahora, me he sentido muy atraído por las personas elegantes y los Baroja me atraían por eso mismo. Pío Caro Baroja era casi de la misma edad que yo y, aunque lo traté muy poco, vi que también gozaba de aquel aire de familia superdistinguida, para lo que yo entiendo por elegancia. En esto, los Baroja han sido auténticos dandys espirituales. Es bien raro encontrase con gente así en España, que son la nata de una gran cultura burguesa, pero al mismo tiempo, separados de ella con ojo observador y distante. Los Baroja ¡Qué gran familia! Qué familia novelesca, sin haber sido hombres de acción. Qué familia tan bien inventada y tan bien llevada por ellos mismos. No les faltaba sino el marco delicioso de Iztea, toda ella decorada con recuerdos del tiempo viejo, con tada una cultura acendrada y nostálgica de sí misma. ¡Cuántos antiguos sueños prestigiosos coronan las musgosas tejas de Iztea! Familia inteligente donde las haya, ejemplares de un estilo de vida que sucumbe, pero que a la vez se consagra. Ya no es fácil vivir como un Baroja, porque se tiene a toda la sociedad enfrente. Independencia señorial y modestia, en una mezcla que ahora resulta de lo más explosivo, de lo más anacrónico. Eso es un modelo que se desprecia por no poder seguirlo fielmente. La vulgaridad se delata siempre ya no se puede vivir como un Baroja, y uno de los más auténticos se nos acaba de marchar. Como siempre, ahora es el tiempo de las contricciones. ¿Por qué no hemos abrigado un poco más con nuestras atenciones y admiración la sensata vejez de Julio? No se podía en este puerto de arrebatacapas, en este erial de pulsiones culturales, en donde nadie es nada y hasta los grandes ejemplares de la distinción se quedan solos, porque ya no se sabe ni en qué consiste esa distinción. sillón donde sentarse en la ovalada mesa de sesiones, bajo la enorme lámpara corrida, vestida con una sedilla fruncida y verde, lámpara de todo punto académica y como de covachuelistas de lujo. Se colocaba en cualquier parte. Julio se me aparecía bajo la luz de aquella pantalla, como si estuviera solo, tras los cristales de un antiguo salón de té con vistas al mar encrespado, en una tarde gris, en un larguísimo crepúsculo, observando desde allí, lo que pasaba Todo él era un bello crepúsculo de persona y se Je veía morir y despedirse igual a un viejo patricio estoico. Era un formidable modelo. A QUÍ nos quedan sus bellos libros, que han sido la delicia de muchos, tanto por su rigor científico como por el apasionante entretenimiento que procuraban. Tengo muy presente ahora mismo su ensayo sobre teatro popular y magia y sobre todo lo que dice del teatro de tramoya a principios del siglo XVIII. Los Baroja han tenido la tendencia novelesca a deshojar flores prensadas por el tiempo, como las que se encuentran en algunos libros comprados en la cuesta de Moyano. Julio, hasta en sus trabajos de mayor impersonalidad científica, nos ha transmitido una suerte de melancolía histórica, que es uno de los matices más finos que ha puesto en evidencia su ilustre familia. Pocas veces apareció por la Academia y siempre lo saludé con un gran afecto. Como no era muy asiduo, aún no había elegido un S U cabeza era una amable bola de inteligencia, cabeza de estudio sobre un estudioso Nunca olvidaré este retrato de la memoria. Ya está Julio sentado en el cómodo sillón del club de la muerte y su amable gesto nos acompaña, nos consuela de la enorme vulgaridad ambiente. Y sus amenos y sabios libros están ahí ya lo digo. No hay más que temarios para sentirse como desde una atalaya, contemplando los más bellos restos del naufragio que es siempre la existencia, los trazos, los rasguños y las zarpadas del tiempo, invocados y desentrañados por él. El carnaval, los judíos, las brujas, todo un mundo de curiosidades y misterios. Adiós y hasta siempre, Julio Caro Baroja. Francisco NIEVA de la Real Academia Española Estudioso de los clásicos, clásico de los estudiosos E L recuerdo de Julio Caro va para mí unido a mis más antiguos recuerdos de Madrid. Cuando llegué al Instituto Nebrija en Duque de Medinaceli, en el año 44, de la mano de Antonio Tovar, a las primeras personas que conocí allí fue a Julio Caro y a Manuel Fernández Galiano. Era un estudioso de los clásicos que iba a opositar a una cátedra de Historia Antigua. Muchas cosas pasarían desde entonces. Su enorme sentido de la independencia le hizo renunciar a esa Cátedra y al matrimonio y a muchas cosas más. Iba a Inglaterra- tenía una formación muy británica- y a Vera y a Málaga. Aparecía y desaparecía. Le recuerdo en su ingreso en la Academia de la Historia y en la Española y en varias circunstancias más. Estudiaba, escribía, pensaba: era lo que realmente le importaba, paseaba por el mundo su gesto entre entrañable y adusto. Pienso que nos apreciábamos, pero era difícil saberlo. Había hablado de mí y de mi libro sobre los orígenes de Roma con don José Ortega y Gasset: era una de sus pocas confidencias. Últimamente estaba enfermo y cansado, se desmarcaba. Era difícil encontrarlo. Algunas incidencias poco gratas le habían dejado huella. Apenas iba por la Academia. Eran proverbiales sus inasistencias a conferencias que había aceptado: a mí me lo hizo en el Congreso de Estudios Clásicos del 91. Me enfadé. Pero era imposible, enfadarse con él. Luego me deprimió lo que escribió sobre sus últimos tiempos su hermano Pío en el ABC Cultural: era casi una necrológica. Y ahora me llega la noticia de su muerte. Julio Caro era un sabio y, bajo su capa distante, un hombre entrañable como ya he dicho. Es raro encontrar a alguien así en España. Era de formación clásica y escribió cosas importantes sobre los antiguos griegos y los antiguos españoles. Y sabía de lingüística vasca y de etnología y de toda clase de costumbres populares y de las brujas y de los moriscos y de los pueblos del Sahara y de tantas cosas más. Y todo lo unía en un mismo todo. pueblo español y el pueblo vasco, que es un pueblo español. Que no hubiera manera de evitar esos malentendidos, las ambiciones torcidas, el fanatismo ignorante, toda esa desgracia. Él se sentía a gusto en Vega, en Madrid, en Málaga. Y veía nuestra historia como la de un todo. C S US libros sobre las fiestas españolas y, notablemente, el que dedicó al carnaval, son de lo más profundo que yo he leído. Nada me ayudó más cuando yo trataba de penetrar en los orígenes de la lírica y del teatro griegos, por extraño que pueda parecer. Y es que todo lo unía. Dentro del espíritu de los antiguos humanistas. Y no estaba lejos, sino al contrario, de nuestros tiempos, de nuestros problemas. Pienso que le amargaban: nada extraño. Estaba lejos y cerca de los temas políticos: yerran los que creen que a un humanista no pueden afectarle. Nada más lúcido que sus artículos sobre temas actuales, algunos en ABC. Él era europeo y británico, pero al tiempo profundamente vasco, quizá no se pueda ser más. Y profundamente español. Le dolía todo ese ambiente, artifical y abominable, que a veces se ha creado entre el OMO algunos de nosotros, veía el pasado a través del presente y este común derivado del pasado. Le dolía la desaparición de las tradiciones, odiaba la vocinglería superficial de los incultos. Veía lo diferente y lo común, lo abrazaba tod con, quizá, un oculto sentimentalismo. Porque tenía el pudor ¿británico? ¿vasco? ¿castellano? de evitar la exteriorización del sentimiento. Es triste ver el panorama en torno: no encuentro hombres comparables para sucederle. Hoy nuestra Ciencia se desmenuza en especialidades. Hoy o se es un scholar que dicen los ingleses (en español no hay palabra) o se es político. Él heredaba la tradición de los años 30 en que no había esos fosos. Ha sido Caro como un meteoro que ha pasado por nuestro horizonte, iluminando nuestro pasado, el de todos, también nuestro presente (aunque no te hicieron caso) Al final, se replegaba en sí mismo. Se encontraba, sin duda, solo. Pero, en realidad, era importante para todos. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española