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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 6 DE MAYO DE 1995 ABC SEGÓBRIGA do. Pero es, sobre todo, a Aurelio Bermejo a quien se debe el éxito. Quedé impresionado el año pasado, cuando fui un viernes de mayo a cerrar, como quien dice, la plaza. Diluviaba. ¿A quién se le ocurriría, pensaba yo, plantar un teatro romano en un páramo abierto a todos los vientos, a todas las lluvias? Y miles de chicos y chicas, venidos de todos los confines de España, aguantaban a cielo descubierto, escuchando los lamentos de Fedra enamorada y desolada y los denuestos de Hipólito contra las mujeres. Después de todo, no hacían sino continuar a los celtíberos y a los provinciales romanos, nuestros antecesores. Hoy todo aquello ha crecido: ha habido que prolongar el festival, que programar ciudadosamente las asistencias. Imposible atender a todas las peticiones. Son raros los festivales de teatro clásico hechos por estudiantes. Los hay de estudiantes universitarios en Cambridge ¡en griego antiguo! hay un día para ellos en el festival de Siracusa. Para estudiantes de Secundaria hay representaciones sueltas, aquí o allá, no un festival completo, salvo éste, que yo sepa. ¿Para qué hablar de los otros festivales, los del teatro profesional? Hemos visto, con sus altos y bajos, con espléndidos logros a veces, los de Siracusa, Delfos y Atenas, entre otros. Me duele especialmente lo que ha pasado con el de Mérida, que viene de Unamuno y los prohombres de la República en el año treinta y tres. Se abrió con la Medea de Séneca, traducida por Unamuno e interpretada por Margarita Xirgu (recomiendo el espléndido libro de José Luis Sánchez Matas El Festival de Teatro Clásico de Mérida Entre altos y bajos, Mérida produjo cosas estimables y aun excelentes. Pero en los dos últimos años descendió al nivel de un espectáculo diría que televisivo (por expresarme de algún modo) con muy poco de griego y de romano. ¡Y habíamos luchado tanto por él, yo entre tantos otros! En ABC escribí dos veces sobre este tema. Antes había dado en Mérida una conferencia bastante escandalosa, luego publicada, que titulé Hagamos teatro clásico en nuestros teatros clásicos han hecho exactamente lo contrario. En fin, no culpemos solamente a los políticos. El divismo de ciertos directores y adaptadores, la pedantería de ofrecer piezas en griego (moderno) o alemán, la limitación a los mismos temas una y otra vez demasiados Edipos dicen que dijo un alto personaje) el empeño en añadir al teatro antiguo la ópera, el ballet y los conciertos cuando no había público para tanto, ayudan a explicar el fracaso económico y el fracaso, en definitiva. Esperemos que sólo sea provisional. Oigo que este año van a dar una Medea de Nieva. No sé en qué medida será de Eurípides, en qué otra de Paco Nieva. En todo caso, uno y otro son hombres de teatro y son inteligentes: algo teatral e inteligente se verá en Mérida. Vuelvo atrás. Las representaciones clásicas tradicionales (pero con lenguaje y puesta en escena modernos) son las que atraen al público, no Lisístrata en bicicleta ni Clitemnestra fumando un cigarillo, ni Hipólito en cueros vivos, ni personajes de Meandro tomando el té DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 120 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA D EL 4 al 12 de mayo más de quince mil estudiantes de bachillerato están pasando por el teatro romano de Segóbriga, a cien kilómetros de Madrid, para ver las representaciones de las XII Jornadas de Teatro Grecolatino que allí se celebran. Grupos teatrales de institutos de bachillerato de diversos lugares de España (Cuenca, La Coruña, Burgos, Cádiz, Madrid, Toledo) y uno de Croacia pondrán en escena, para ellos, tragedias y comedias del antiguo teatro: obras de Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Plauto. Y algunas obras de inspiración clásica de autores modernos. A fines del siglo. XX, los clásicos griegos y latinos, trágicos y cómicos, que vivieron entre los siglos V y II antes de Cristo, cobrarán vida y voz nuevamente, para instruir y deleitar en torno a los eternos temas de la vida humana. Pocos lo saben pero bien cerca de Madrid tenemos un pequeño teatro romano, capaz, según está hoy, para unos dos mil espectadores. No es un lujo de mármoles y estatuas (pero algunas quedan en el museo) como el de Mérida. Pero es elegante, abierto al páramo de la alta meseta. Bella decoración de una pequeña ciudad romana excavada por Martín Almagro- que fue, antes, el excavador de Ampurias- y otros arqueólogos que le siguieron. Sobre todo Antonio Almagro, restaurador del teatro. Segóbriga es la ciudad de la victoria tiene la misma raíz celta e indoeuropea que Segovia y Sigüenza (Segontia) y otras ciudades de la España céltica. Que no es sólo Galicia, como muchos piensan. Es casi toda España, con la excepción del cinturón mediterráneo. Los celtas son nuestros antepasados indoeuropeos, antes que los romanos. Segóbriga era, como Numancia, parte de Celtiberia. Hoy conocemos bastante bien el celtibérico que aquí se hablaría, gracias sobre todo, al bronce de Botorrita (el primero, no el segundo, tan publicado por los periódicos y que es sólo una lista de nombres, una especie de guía telefónica de la antigua Botorrita) Segóbriga es mencionada en relación con las guerras de Viriato y Sertorio. Era ciudad importante: a ella llegaron importaciones griegas, sus monedas se encuentran en casi toda España. Aquí fundaron luego los romanos una ciudad, sólo en parte excavada: sobre todo el teatro, anfiteatro y termas, así como edificios paleocristianos (Segóbriga fue sede de un obispado) Este es nuestro teatro: un teatro con columnas torneadas, de la época de Antonino Pío, anticipo de las salomónicas de nuestro barroco. La gran originalidad es que el festival se dedica a representaciones clásicas hechas por estudiantes de Secundaria. Recuerdo que, en tiempos, yo hice precisamente con Martírf Almagro, algunas gestiones en Cuenca sobre el tema: hacer posibles las representaciones en aquel teatro. Pero ha sido Aurelio Bermejo, catedrático de Latín de un Instituto de Cuenca, el que ha triunfado en la empresa de sacar a flote el festival, que crece año tras año. Ha logrado el apoyo de varias instituciones, de Cuenca sobre todo: la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha, la Diputación de Cuenca, la Caja de Ahorros de Castilla- La Mancha, la Asociación Cultural Segóbriga. También la Sociedad Española de Estudios Clásicos. ha ayudado lo que ha podi- a la moda victoriana. Una de las experiencias más gratas de mi vida es haber paseado por España, con estudiantes universitarios, a Edipo, Hipólito, Lisístrata, Praxágora. Y haber visto cómo, en el Cuartel de la Montaña, el público aguantaba el viento del Guadarrama mientras contemplaba mi versión de la Orestea dirigida por Manuel Canseco. Los lazos que se establecen en el teatro son difíciles de olvidar. Este tipo de representaciones (y he discutido muchas veces sobre el tema con los hombres de teatro en Delfos, Siracusa, Almagro, Mórida) es, insisto, el que atrae al público. Comprendo que haya profesores que, al contemplar su éxito queden atrapados en la empresa. Tales los que estarán en Segóbriga este año, y otros más. El teatro antiguo pone en escena temas humanos que, si están bien expuestos, bien representados, envueltos en un buen lenguaje, son inmediatamente traducidos por el público a las circunstancias de nuestos días. No hace falta convertir a atenienses y espartanos en pueblos modernos en discordia, no hace falta convertir a los troyanos derrotados en japoneses vencidos por los americanos, no hace falta convertir a los políticos de Los caballeros de Aristófanes en políticos de hoy. Eso se ve a simple vista. Y el mito, la distancia, confiere al tema dignidad, universalidad. Hay un test que no falla: que el público siga o no siga, se sienta atraído o se aburra. Quizá esa atracción, ese tirón, se note más directamente en representaciones como estas, aunque sean imperfectas, obra de actores y directores noveles. Yo ese tirón lo he sentido en el público muchísimas veces, el éxito de Segóbriga, creciente de año en año, es una prueba clara. Sobre todo en el caso de los públicos menos sofisticados y maleados: jóvenes, gente del campo. Todos los estudiosos de los clásicos son conscientes de esto. Por eso, en nuestros Congresos Españoles de Estudios Clásicos, que reúnen a más de mil personas, presentamos siempre teatro clásico, últimamente con estudiantes: en el próximo del mes de septiembre habráíun Plauto (éste para nosotros en Latín, la Casina y un Aristófanes Los caballeros en español) Es curioso que en un momento en que los estudios clásicos no están, parece, de moda, al menos entre el elemento oficial, sea cada vez mayor la proliferación de traducciones, de novelas históricas, de publicaciones diversas sobre el mundo antiguo. Y causen furor esas representaciones para alumnos que vienen de puntos remotos en autobús y se vuelven el mismo día tras presenciar la representación de una obra clásica bajo un cielo a veces inclemente (esperemos que no, esta vez) y comerse un bocadillo. Más de quince mil, ya digo. Y querían venir más. Todavía queda idealismo, todavía queda un sentido de la comunidad de lo humano, queda un sentido, aunque sea confuso, de las antiguas raíces de nuestra literatura y nuestra manera de ver las cosas. Esto es lo que yo pensaba, el año pasado, en Segóbriga. Y lo que pienso, sin duda, y muchos conmigo, este mayo. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española