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LUNES 24- 4- 95 ESPECTÁCULOS Crítica de cine Jazz ABC 9 3 Entre rojas tres tristes presas Producción: Fernando Colomo y Beatriz de la Gándara. Dirección y guión: Azucena Rodríguez. Fotografía: Javier Salmones. Música: Suburbano. Intérpretes: Penelope Cruz, Cristina Marcos, María Pujalte, Miriam de Maeztu, Karra Elejalde, Carmelo Gómez. Salas de estreno: Canciller, Rex, Minicines, Benlliure, Juan de Austria, Aluche y Renoir Plaza de España. En las lindes de la crónica de una época y la crítica política, Azucena Rodríguez consigue enfilar su primer largometraje por el camino del melodrama y la comedia suave. A pesar de los terrenos embarrados donde se desarrolla: una cárcel en los últimos meses del franquismo Jornadas nórdicas: luces y sombras, o el licor del Polo Madrid. José Ignacio Sánchez Vestida de frío y largos mantos de viento invernal, la ciudad salió la otra noche a recibir con los brazos abiertos pero escasos el primer envite de las Jornadas de Jazz Nórdico un acontecimiento raro y por ello no exento de interés. Del jazz que se amasa en los países escandinavos siempre cabe esperar algo, o más bien de todo: desde la tibieza formal de un Jan Garbarek a la calentura conceptual de un Pierre Dorge, y en medio, ya digo, de todo: buenos y malos, héroes y villanos, pero casi siempre y casi todos con productos bajo el brazo buenos y bonitos, y a veces hasta baratos. Las jornadas se iniciaron, el sábado, siguiendo esas mismas premisas. Hubo de lo primero pero también de eso último, que fueron los finlandeses capitaneados por el bajista Pekka Pohjola. La vocación rockera de los fineses, junto con el sentido común, obligó a dejarlos para el postre, situando como plato principal al representante de Islandia, un quinteto de indudable calidad. Junto a Sigurdur Flosason, saxo alto y líder de la formación, se encuentran cuatro destacados músicos de aquellos países, como el trompetista sueco Ulf Adaker o el contrabajista danés Lenart Ginnman. Diversidad por tanto de puntos de partida pero encuentro en el de llegada tras sobrevolar diversas aguas calentando motores hasta dejarse llevar por el aire ya casi olvidado del sonido west coast que en realidad suele ser el más acorde con el gusto serenamente refinado de los músicos nórdicos. Toda la ilusión, la emoción, la macedonia del recuerdo, la compota de los sentimientos, la cantidad de vida que se les ha ido enredando en las pestañas... todo, desde el relleno del corazón hasta el negro de uña de cualquier pensamiento, lo quiere meter a presión un director en su primera película. Y a la vez que él se descarga, su obra se preña desmesuradamente, se aquintilliza y se niega a cortar esa especie de cordón umbilical que la une a la intimidad de su autor, cosa por lo Penelope Cruz general molesta a la hora de asumirla uno. Pero, en fin, las primeras películas, como los primeros amores, se sacan de dentro y caigan como caigan. Azucena Rodríguez ha hecho Entre rojas una historia que se ha ido arrancando a sí misma, probablemente a lasquitas de memoria, y que reproduce sus propias vivencias en la cárcel de Yeserías en los meses anteriores a la muerte de Franco. Sus personajes son unas cuantas mujeres que purgan penas (mejor: penan purgas por motivos políticos: pertenecer a tal o cual partido, guardar papeles comprometedores, correr (no lo suficiente) delante de los grises Y su intención con ellas es reproducir su actualidad de entonces y darle rienda suelta al recuerdo. Hay en Entre rojas tres personajes con los perfiles bien tirados a plumilla: Lucía (Penelope Cruz) Julia (Cristina Marcos) y Cata (María Pujalte) El resto son bocetos, tipos sombras de ideas: la vieja luchadora por la libertad, la celadora seca por dentro, la choriza con mundo interior, el eterno putón de frase afilada, la madre de presidiaría estúpida... Entre todas ellas, figuras y fondos, van rellenando lo que se podría denominar una crónica carcelaria y un anecdotario político, en ambos casos con una profundidad relativa. Probablemente Azucena Rodríguez se preguntó a la hora de retratar su historia cuánta cantidad de realidad de dureza, de insoportabilidad le convenía. El resultado de Entre rojas hace pensar que optó por un dibujo a acuarela, de tonos suaves, sin colores chillones (por no chillar, no chilla ni siquiera Penelope Cruz) en el que los sucesos no buscan las zonas mantecosas del espectador ni pretenden solicitarle estúpidos compromisos. Intencionadamente o no, el caso es que le dejan pensar. Algo. Dentro ese tono general no desagradable existen ciertos detalles (sobre todo de guión) que perjudican a la historia: algunos diálogos están demasiado escritos mientras que otros no lo están en absoluto; hay unas cuantas escenas de nostalgia bailada por Penelope Cruz y de depresión, mohín y diseño que le inducen a uno poco menos que a cambiar de marca de colonia; hay zonas del discurso ideológico tan por el suelo que hay que levantarlas con grúa; tanto a la anécdota diaria como ai plan de fuga le falta un algo de, digamos, espíritu a lo Clínt Eastwood. En fin, cosas sin importancia si se las compara con el mayor mérito de esta película: el haber salido de las covachas del mal recuerdo, siempre tan dispuesto a la traición y la autocompasión, y ser optimista, positiva y luminosa... Eso, cuando la vida está poblada de tanto plasta dispuesto a contarte sus malos rollos dándose la misma importancia que un personaje de Esquilo, no se paga con dinero. E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Flamenco Las horas muertas Vicente Soto Sordera estrenó en el Teatro Albéniz Las horas muertas cantata flamenca basada en poemas de José Bergamín, y el tiempo no se detuvo, como es el sobreentendido objetivo cuando de este arte se trata, pero tampoco se dilató hasta convertirse en pesadilla, porque la duración del espectáculo ha sido muy bien medida y en la concepción del mismo se ha buscado, ante todo, la coherencia argumental. Salvando las transiciones musicales preparadas con delicadeza y elegancia por José Soto, en las que intervienen instrumentos como el teclado o el saxofón, Las horas muertas es en realidad un recital de cante flamenco enteramente clásico en el que la garganta y la guitarra son protagonistas esenciales y casi absolutos. Vicente Soto puso lo mejor de su personalidad cantaora- -fuerza, entrega, coraje- -al servicio de la modulación flamenca de las hermosas letras escogidas por Pedro Atienza, que han sido perfectamente adaptadas a los compases y melodías del martinete, la soleá, la seguiriya, los tientos, la malagueña, las bulerías y el romance. Cepero sintonizó muy bien con la intención y el espíritu de su cante, y Sorderita dejó su sello en todas sus intervenciones. Un espectáculo, en fin, que merece la pena ver, porque detrás de su aparente sencillez hay una preparación laboriosa. Los Bergamín- -Fernando, Lucía, Beatriz- -estaban encantados. Joaquín ALBAICÍN Música clásica Triunfal recital de Radu Lupu El pianista rumano Radu Lupu vino el sábado al Auditorio Nacional y convirtió su visita en un éxito redondo, un merecidísimo triunfo logrado mediante la aplicación de talento y personalidad a tres obras maestras. Las Improvisaciones, Opus- 20 de Bartók muestran hasta qué punto es posible verter creatividad original en el molde de la música popular; las dieciocho Davidsbündlertánze de Schumann son una cumbre de la miniatura romántica y resultaron perfectamente contrapesadas por la Sonata número 21 de Schubert, modelo de ese triunfo del pensamiento musical occidental que es la construcción de enormes castillos- -en el tiempo, o sea, en el aire- -por dialéctica de temas. Lupu dio en su recital lo que cabe exigir a un fuera de serie: creaciones. Expuso el Bartók como si fuera suyo, como si de verdad se tratara de una improvisación, y fue levantando frase por frase la música de Schubert hasta crear una cosa viva. La materia viva, a diferencia de la inerte, es difusa en casi todo, tiene más sombras que contornos, y Lupu infunde a la sonata ese aliento vivo, borroso. Se carga sin recato muchas pausas y respiraciones y funde a menudo mediante el pedal las últimas notas de una frase con las primeras de la otra. Arrellanado en su silla, y no sentado al borde de una banqueta como hacen casi todos, Radu Lupu dio en Shubert la imagen del creador sabio, que dibuja con el esfumino tanto o más que con el lápiz. Más discutible resultó su estilo aplicado a Schumann, porque el rosario de miniaturas parece pedir más nitidez que fundidos. Eso va en gusto. La creatividad, no. El espectáculo de la creación en directo estremece a todos por igual. Alvaro GUIBERT