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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 8 DE ABRIL DE 1995 ABC EL FINAL DE LA HISTORIA Ahora, en el campo de lo humano, dominan las ciencias del presente: Sociología, Psicología, Pedagogía, Economía, Tecnología... Se aplican también a un pasado plano, casi uniforme y sincrónico. Son ciencias importantes para conocer nuestro mundo, aunque a veces tanto como ciencias son programas de acción y hasta grupos de presión. Pero ¿no era importante, antes de llegarse a esa visión unitaria, una mirada a nuestro lugar en el mundo y al íugar en él de las diversas culturas? A nuestros padres y, también, a las culturas en cuyo espejo podemos comprender la nuestra, profundizarla. Una ola de ahistoricismo o antihistoricismo recorre el mundo. Sólo importa, parece, lo de hoy y, dentro de lo de hoy, esa cultura americanizada que sólo ve el llamado desarrollo, la llamada modernidad y aun posmodernidad. Hay los países desarrollados y los a medio desarrollar y los sin desarrollar. Hay el mundo plano e ideal del presente y el futuro de los países desarrollados y el nivel etnológico o sociológico o de pura curiosidad en que se mete todo lo demás. Dos planos: presente moderno y lo demás, que es puro precedente o aspiración a elio. Eso es todo. De ahí esa ofensiva contra la memoria y los conocimientos inertes de que me hablaba uno de los responsables de las terapéuticas de adelgazamiento de que es víctima la enseñanza. Pero, ¿si no tenemos datos, cómo vamos a orientarnos en esas salas de museo, en esas nuevas ciencias, en el batiborrillo de informaciones diversas que nos trae la televisión? ¿Cómo vamos a poder juzgar por nosotros mismos? Yo me he dedicado muchos años a la Lingüística, ahora me voy retirando, aburrido de las nuevas comentes que se traducen en cientos y cientos de artículos repetitivos que engordan los cum culos. Había la Lingüística histórica que inventó el siglo XIX, luego la estructural, desde los años veinte de este siglo, más o menos. Cada lengua era un sistema estudiado por sí mismo, aunque de su comparación se dedujeran los universales humanos del lenguaje. Y la lengua era la lengua natural, humana, que culminaba en la Literatura. DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID M- 13- 58. PAGS. 112 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA N O, no me refiero a aquella insigne tontería de Fukuyama, que tanta tinta ha hecho correr, de que, concluida la guerra fría, iba a venir un periodo pacífico, posthistórico: ya se sabe, los pueblos felices no tienen historia. Era el nuevo orden de Bush, que comenté en El Sol en un artículo titulado El nuevo desorden (ahora esto lo dice todo el mundo, supongo que será coincidencia) Me temo mucho que tenemos historia, en el peor sentido, para rato. Me refiero, en realidad, al final del sentido histórico que había inventado el siglo XIX y que consistía en comprender las diferentes culturas, alejadas en el tiempo y el espacio, apreciando diferencias y coincidencias. Se me venía esto a la cabeza el otro día visitando el nuevo, espléndido, Museo de América. Agrupar en salas sobre ciclo vital, sociedad, comunicación, religión, etcétera, obras de arte y utensilios que van casi de polo a polo y del Atlántico a Oceanía, produce una mezcla indiscriminada en que todas las culturas se subsumen en una. Conviven, sin más, en inmediata vecindad la Virgen y el Niño dieciochescos y Xipe Totee (Nuestro Señor el desollado) o bien un Niño Jesús del XVII, un dios felino inca y la Chalchiuhlicue azteca, o bien, todavía, un portavíáticos y un cuenco ceremonial inca. Parece que ya todo lo que no es de hoy es arqueología o antropología o etnología o sociología, simplemente. ¿Dónde está ia historia? Por mucha didáctica que se le eche a ¡a cosa, a base de mapas, diagramas, vídeos, etcétera, me temo que el visitante ordinario saldrá con un buen lío en la cabeza. Y conste que a mí el arte precolombino me apasiona y que las coincidencias entre unas y otras culturas son extraordinarias: pero para deducirlas luego. He escrito sobre esto. Puestas así las cosas, no veo razones, aparte de las prácticas, para no continuar ese conglomerado etnológico con Asía y África. Algo parecido se me venía a ia cabeza cuando hace unos meses visitaba ia exposición de Las edades del hombre en las Catedrales de Salamanca. La misma técnica museística, la misma mezcla indiscriminada del románico y el gótico y todo lo demás hasta hoy día. Cierto, era hermoso ver bien, por fin, el retablo de Nicolás Florentino y los sepulcros románicos. Pero aquellos miles y miles de niños y niñas que salían de los autobuses, ¿qué idea se llevarían en á cabeza después de visitar aquella mezcla indiscriminada en un recinto que era a su vez mezcla de catedrales, salas de exposición y, casi, discotecas? Todo esto no es un fenómeno aislado, es genera! A mí, ya ven, me hace pensar en los planes de estudio (los famosos diseños curriculares, si ustedes quieren) de la Enseñanza Media y aun de Facultades nacidas de ia antigua de Filosofía y Letras, en que han quedado reducidas a mínimos materias como la Literatura, la Historia (excepto la contemporánea, es significativo) la Filosofía y las Lenguas Clásicas. Eran las ventanas para asomarse a otras culturas distantes en eí tiempo o e! espacio, próximas a nosotros en tantas cosas. Nueva novela de CRISTINA FERNANDEZ CUBAS L. y El columpio Y de repente vinieron, desde 1957, Chomsky y los demás, cuyos modelos son las lenguas científicas y que aspiran a establecer universales más bien apriorísticos: estructuras tan profundas que se pierden de vista. Puro antihistoricismo, antihumanismo, arbitrariedad. Curiosamente, han vuelto a unir la lengua a la lógica; a un universalismo cuyo precedente han encontrado, a posteriori, en el Brócense, en Port Royal y hasta en Aristóteles. En fin, todas las ciencias humanas se ven infiltradas, hoy día, del mismo espíritu. Y se convierten, además, en ciencias de especialistas en mínimas parcelas. Todo esto tiene que ver con la casi extinción del hombre culto, el que dominaba diversas culturas y era, así, capaz de clasificar, relacionar, juzgar a un nivel casi universal. El nuevo universalismo es otra cosa: suma indiscriminada, equiparación precipitada de cosas diferentes. Y, al lado, un ideal del progreso y desarrollo dogmático, que descalifica al que no está de acuerdo. Y que crea resistencias exasperadas: de los marginales o los nacionalistas o los fundamentalistas. En fin, no querría terminar en tonos tan pesimistas. Son ciclos. Los generativistas han vuelto al Brócense, que hace poco era innombrable. Pueden volver un día el sentido histórico y el sentido cultural, también. Hay que pensar que ese sentido histórico es hallazgo reciente, del siglo XIX, ya lo dije. Los griegos despreciaban a los bárbaros, los hombres del renacimiento despreciaban a los medievales: gótico era un insulto. Los ¡lustrados del XVIII y! os hombres de la revolución despreciaban todo lo que olía a antiguo régimen, los marxistas todo io que olía a feudalismo Etcétera, etcétera. Era orgullo de los propios logros, también ceguera. También el presentismo antíhistórico que hoy promueven, sobre todo, los Estados Unidos, es cosa de orgullo por los logros de la sociedad en que florece. Éste sí que es un nuevo orden. En él tienen éxito; en propagar la paz, mucho menos. Sólo el siglo XIX nos ayudó a comprender a la vez a griegos y bárbaros, renacientes y medievales, la Ilustración y las demás culturas, el presente y el pasado, Asia y Europa. Pero sin mezclarlos. Era el ideal culto que dominaba nuestra enseñanza, que era objeto de nuestra educación. Hoy, en cambio, todo lo que no sea lo último está en declive: es objeto de curiosidad, arqueología, etnología o sociología como mucho. Y en relación con ciencias e ideas que tienen valor por sí mismas, encontramos una y otra vez esa pregunta irritante: ¿para qué sirve? La presión de esa visión plana y simple de las cosas que hoy domina, promovida por cierta intelligentsia europea y, sobre todo, americana, es inmensa. Pero no puede durar siempre. A la larga, el hombre no se ha dejado dominar nunca por las visiones simples y dogmáticas. Quiere conocer, comprender, juzgar. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española