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XXX ABC BODA REAL Banquete en el Alcázar DOMINGO 19- 3- 95 Brindis de la Infanta a Sevilla en el banquete nupcial El Rey, en un discurso improvisado en el transcurso del almuerzo, subrayó ante sus invitados la importancia que ha tenido la Reina en la educación de su hija También el día de su boda, Doña Elena tuvo a Sevilla en su corazón. En el discurso que pronunció durante el almuerzo en el Real Alcázar, la Duquesa de Lugo agradeció a los asistentes su presencia, y sobre todo a Sevilla por el cariño recibido. Visiblemente emocionada, la Infanta dijo que esta ciudad había sido, Mientras Sevilla continuaba aclamando a Su Alteza Real la Infanta Doña Elena y a don Jaime de Marichalar, los flamantes esposos entraban en el Real Alcázar por la Puerta del León en la carretela en la que habían recorrido el centro de Sevilla. Eran las tres menos veinte de la tarde cuando los Duques de Lugo accedían a la residencia de la Familia Real en Sevilla donde ya esperaban parte de los mil cuatrocientos invitados al banquete nupcial, sobre todo los pertenecientes a las Casas Reales de todo el mundo. otra vez, el jugador número doce También, Su Majestad el Rey, en un discurso improvisado durante el banquete nupcial, reconoció la trascendencia de la figura y ejemplo de su Majestad la Reina en la educación de la Infanta. El almuerzo comenzó poco antes de las cuatro de la tarde y terminó cerca de las seis y media. tocados con velo y tul, de una amplia gama de colores, más vistosos que los de fieltro, paño inglés y paja, también de diferentes tonos. También llamaron la atención, entre los invitados, los broches que las damas, sobre todo las españolas, había elegido para sujetar las mantillas. Los más discretos fueron los de Doña Sofía y su hija Doña Cristina. Auténtica admiración causó Doña Cristina de Borbón y Battenberg, condesa de Marone, quien conversó con Su Alteza Real la Condesa de Barcelona, mientras se esperaba que Doña Elena hiciera acto de presencia en el Patio de la Montería. Doña María de las Mercedes, como Doña Sofía y doña Concepción Sáenz de Tejada, y buena parte de las invitadas, lucían zapatos forrados del mismo color que el vestido. Como cualquier novia Nada más bajar de la carretela, Doña Elena aprovechó los pocos minutos que le permitía el protocolo, para retirarse a retocarse y, como cualquier novia, descansar. Don Jaime de Marichalar permaneció en el Patio de la Montería cumplimentando a invitados y, sobre todo, departiendo con sus familiares y con los de su esposa. Mucho más relajado, el Duque de Lugo comentó sus impresiones sobre el recorrido y su permanencia en la Parroquia del Salvador con Sus Majestades los Reyes, con Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y con su madre, Concepción Sáenz de Tejada, condesa viuda de Ripalda. En el Patio de la Montería se mezclaban ayer las mantillas españolas, de las que se vieron más negras que beige y los sombreros. Las damas que optaron por lucir sombrero no se atuvieron a canon alguno. Entre los de copa baja y ancha ala, sobresalían los Naturalidad La naturalidad que caracteriza al Rey hizo que Don Juan Carlos, solícito, se acercara a unos de los camareros que servían el aperitivo para coger una par de vasos de agua. Él mismo llevó el vaso a la condesa viuda de Ripalda, quien agradeció el gesto del Rey. La Reina, mientras tanto, conversaba con otro grupo de invitados que, como todos los presentes, esperaban impacientes la presencia de la Duquesa de Lugo. El Príncipe de Asturias, como su hermana la Infanta Doña Cristina, también cumplimentaban a los presentes. Muchas de las señoras fueron interrumpidas por r Sobre estas líneas, el nuevo matrimonio con sus respectivas familias a la entrada a los Reales Alcázares. A la izquierda, Su Majestad el Rey con la condesa viuda de Ripalda. A la derecha, la Reina Paola de los Belgas, la Reina Beatriz de Holanda y la Reina Noor de Jordania