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El color de la mañana x VIDA Y MUERTE DEL OJÉN lo mejor, ahora que parece que va a resucitar, parece razonable contar la vida y muerte del ojén, aquel anís benemérito que no debiera haber muerto nunca. Ayer decía que quizás el primero que lo destiló fuera el rondeño Pedro Morales, casado con ojeneta y dueño del alambique que produjo la exquisita bebida de la que hablo y que llegó a reunir veintiocho medallas en los certámenes y exposiciones. La razón social se llamó Pedro Morales e Hijo y llegó a lucir en las etiquetas de sus botellas el honroso título de Proveedor de la Real Casa junto a los escudos de España, Málaga y Ojén. Pedro Morales murió, o se supone que murió, hacia 1910, el año en que se proclama la república en Portugal y Ramón inventa la greguería. Un sobrino suyo con no demasiados escrúpulos le plagió la marca original e incluso los escudos, pero no, claro es, la calidad ni, menos aún, la pública declaración de ser proveedor del Rey, lo que hubiera podido llevarle a sentarse en el banquillo de los acusados; este sobrino de Pedro era hijo de su hermano Tomás, Tomás Morales, como el gran poeta canario de la Oda al Atlántico. A Mi amigo don Guillermo llegó a localizar a dos bisnietas de Pedro: Paulita Ortega Sánchez, con domicilio en Carrera, 14, Ojén, y Maruchi Espina Morales, señora de Camus Solana, con domicilio en Rufino Rejón, 3, Carabanchel. Con la primera pudo establecer contacto; no tenía ninguna botella de anís, pero sí le regaló unas etiquetas. En el Ayuntamiento de Ojén conservan una botella pero no suelen dejársela ver a nadie y en el bar El Capricho, también le llaman de Las Conchas, guardan otra botella, ésta con la etiqueta bastante deteriorada, sucia del aceite de freír calamares y suficientemente cagada por las moscas, los recuerdos históricos arrastran siempre sus inevitables servidumbres. Hacia 1956, el año en que le dieron el Nobel a Juan Ramón y se murió Baraja, un tal Juan Espada, cuyo padre había trabajado para Pedro Morales, intentó comprar en treinta mil duros una finca ojeneta, pero el dueño quería treinta y tres mil duros y no hubo forma de que se pusieran de acuerdo; entonces apareció en escena Encarna, hija del vendedor, agraciada y jovencita, no tenía sino diecisiete años, quien con simpatía y gracejo puso de acuerdo a ambas partes convenciéndoles de partir la diferencia y cerrar el trato en treinta y un mil quinientos duros. Juan Espada, que ha bía nacido en 1921 y no era por tanto ya ningún niño, se enamoró de la mocita Encarna y, tras cuatro años de noviazgo, se casó con ella. Según parece, Pedro Morales, en el lecho de muerte, dio a su empleado el padre de Juan Espada la fórmula secreta de las yerbas para la mejor y más oportuna destilación del anís y éste, o sea Juan Espada, obsesionado con la idea de volver al anís, quería prender el fuego del alambique a toda costa. Juan Espada, de recién casado, quiso comprar a Isabel Villarrubia Morales la vieja destilería pero tampoco llegaron a entenderse; entonces aún hubiera valido algo pero ahora está arruinada y desvalijada. Aquella jovencita de entonces, Encarna Cantero, es hoy viuda de Espada, no llega a los sesenta años, conserva toda su gracia, y es dueña de una papelería en la plaza de Mijas, en Ojén, y fuente viva de la historia. En 1961, al tiempo del suicidio de Hemingway y del levantamiento del muro de Berlín, el matrimonio Espada dio el primer hervor al alambique y, para su desgracia, contrató a un pájaro de cuenta que se llamaba Francisco Cabrera, cura rebotado que trabajaba en una destilería de Arriate, también en la provincia de Málaga, y que decía que era químico; a los curas que cuelgan la sotana no se les debe contratar porque suelen ser inestables y traidores, la gente no se da cuenta. El indino metió en la anisera a su hijo y a su hija y allí trabajaban, por tanto, ocho personas: Juan y Encarna, el ex cura y sus dos hijos, dos eventuales y un capataz que se llamaba Andrés Llórente y le decían Pinturas. El anís se vendía bien, llegaron a producirse cuatrocientas botellas diarias, pero el negocio no podía con tanto personal y menos aún con tanta golfemia y tuvo que cerrarse definitivamente en 1974, el año en que fueron agarrotados Puig Antich, en Barcelona, y Heinz Chez, en Tarragona; uno de los ciento cincuenta escritores de La Bodeguiya dice que las ejecuciones fueron en Madrid y en Barcelona, al respective. ¡Así se escribe la historia! Hace unos años, la antigua dueña de la destilería vendía todo, los viejos y brillantes alambiques, las botellas en forma de ataúd, las etiquetas multicolores, etcétera. Su cuñado José Mata, que vive en la Plaza Mayor, frente por frente de la iglesia, tenía las llaves y enseñaba todo con mucha dignidad. Camilo José CELA SÁBADO 1 1- 2- 95 ABC