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30 ABC LOS EMPERADORES DEL JAPÓN, EN ESPAÑA SÁBADO 8- 10- 94 Un té con el Hijo del Sol Tokio. Isabel San Sebastián, enviada especial Es el máximo honor que puede concederse a un extranjero en el Japón; la máxima prueba de respeto y amistad; una invitación de las que no se olvidan fácilmente... porque ser recibida en audiencia en el Palacio Imperial de Tokio por Sus Majestades Imperiales Akihito y Michiko, para tomar el té, no es cosa que ocurra todos los días ni que suceda a cualquier mortal. De hecho, El Hijo del ¿Dónde empieza la crónica y termina la mitología? ¿dónde, en este país sintoísta, adorador de todo lo que vive, termina la verdad histórica y empieza la tradición? La leyenda habla de un Mikado, un Dios Vivo, descendiente directo de la Diosa del Sol, protector de la cosecha de arroz, garante de la unidad de su pueblo y último recurso de la nación. La realidad es la dinastía reinante más antigua que conoce el mundo, tan vieja y a arraigada en el país que hasta carece de nombre, pues jamás ha existido otra, capaz de convivir tanto con el feudalismo de los guerreros o Shogun como con la democracia actual, casi siempre carente de poder o de recursos económicos- y tal vez por ello respetada, al no representar una amenza ni despertar las apetencias del poder real- y tan entroncada en la esencia de la patria, tan simbólica de su ser como tal y tan presente en el inconsciente colectivo del pueblo, como para sobrevivir a todas las catástrofes y emerger de los mayores desastres transformada, tal vez, pero fuerte y respetada. En este país de contrastes, de herencias encontradas, de multitudes y estridencias exteriores compatibles con el cultivo de la perfecta paz espiritual, el emperador es el hilo conductor. Y así quiere su pueblo que sea. Él sigue escribiendo wakas -poesías tradicionales- y cultivando la caligrafía, mientras las grandes multinacionales se lanzan a la conquista de los mercados internacionales. Y, para los japoneses, ambas cosas son igualmente importantes. Porque aquí conviven las geishas con las prostitutas venidas de Europa del Este; el sumo con el béisbol americano; los templos de madera milenarios, con el mayor despliegue que imaginarse pueda de luces de neón y una de las rentas per cápita más altas del mundo con una severa austeridad personal. Y, en este universo contradictorio, celoso guardián de sus tradiciones pero abierto por fuerza y por necesidad a las influencias del mundo exterior, el Emperador es punto de referencia y centro de atención. Sol apenas celebra esta ceremonia dos docenas de veces al año, y con dignatarios de las más altas esferas de la escena nacional japonesa e internacional. Por ello, mis expectativas eran altísimas al emprender el camino que me llevaría a Palacio. Un camino que recorre más de dos mil años de historia y empieza en los albores de la humanidad, cuando la diosa solar Amatera Su Omicami, envía a su hijo, Ninigui No Mikoto, a la tierra, a gobernar. la ciudad- del antiguo palacio que quedó reducido a cenizas en 1945, tras el bombardeo de Tokio, pese a la inmolación de muchos tokiotas acudidos a apagar las llamas con sus cuerpos, en un intento vano de evitar lo i n e v i t a b l e el mismo escenario que escogieron después, para su suicidio ritual, decenas de ciudadanos incapaces de soportar el oprobio y la deshon 3 deriva dos de. la de? rota. público y atasco, donde queda muy poco espacio para el ocio. Austeridad, pues, en las costumbres, y servidumbre extrema a las necesidades de Estado, porque ni Akihito ni Michiko son dueños de sus destinos. Ni sus viajes- que ni deciden ni siquiera pueden sugerir, pues corresponde al Gobierno determinar dónde conviene que se desplacen, testimoniando con su presencia la simpatía e interés del Japón- ni sus actividades, prácticamente siempre oficiales, dependen de su voluntad. Desde 1945, la Constitución determina que el Emperador se abstenga por completo de cualquier actividad que pueda asociarse siquiera remotamente con la política, motivo por el cual no visitará durante su estancia en Madrid el Congreso, ni se entrevistará con políticos o empresarios. En contrapartida, quienes le conocen aseguran que disfrutará como ya le ha ocurrido en otras ocasiones, durante sus tres visitas anteriores en calidad de príncipe heredero- de la espontaneidad y cercanía de las gentes de España; algo que le está habitualmente vedado, ya que el rígido protocolo de su país establece un profundo foso material- que no espiritual- entre él y su pueblo. Como ocurre en casi todos los rincones de este lejano país, el palacio, de apenas treinta años de vida, rezuma historia. Rodeado de jardines donde conviven en armonía árboles naturales y reducidos bonsais, la residencia de los emperadores ocupa un edificio más bien pequeño, de dos plantas, que combina arquitectura y decoración tradicionales japonesa y occidental. Es el sustituto- tardío, ya que deliberadamente se aplazó su reconstrucción hasta que estuviera avanzada la de Aunque, oficialmente, las cosas han cambiado mucho en palacio desde la muerte de Showa, lo cierto es que aún hoy un seve equipo de funcionarios palaciegos- a veces burócratas profesionales, a veces descendientes de la extinta aristocracia, pero siempre celosos de conservar el poder que eje cen en el entorno imperial- vigila la vida de los Soberanos y vela por que todo sea como está establecido y ha de ser; por que se cumpla el ceremonial. Hay quien atribuye a algunos sectores de esta camarilla la filtración a la Prensa sensacionalista de ciertos rumores malintencionados relacionados con el presunto carácter iracundo y despótico de la emperatriz- muy difíciles de creer uña vez que se ha tenido ocasión de conocerla- que la sumieron el pasado año en una profunda depresión, como consecuencia de la cual perdió el habla durante varios meses y de la que todavía no se ha recuperado del todo. A esos celosos guardianes de las esencias corresponde el deber de recibirnos- a tres periodistas franceses y tres españoles- prepararnos y conducirnos hasta lo que será la audiencia con Sus Majestades Imperiales; un té que dista mucho de lo que suele ser habitual. El ceremonial En el Japón, la ceremonia del té es un ritual de profundo significado afectivo y espiritual, que ha de celebrarse como si se tratara de la única ocasión que ha de brindarnos la vida para agasajar a las personas invitadas. Paradójicamente, desde nuestra mentalidad occidental, un gran silencio rodea todo el ceremonial y queda roto únicamente por las explicaciones de la anfitriona, que justifica ante sus huéspedes la elección de este utensilio o aquel objeto de decoración, destinados a satisfacer el gusto de los presentes. El té es, pues, mucho más que una bebida y un rato de conversación y como tal recibimos el que se nos ofrece en el Palacio Imperial, aunque, por necesidades de tiempo y tal vez como gesto de cortesía, se adapta la ceremonia a los gustos occidentales, se nos sirve el líquido en bandejas portadas por criados de guante blanco y se añade café a la oferta. Ejemplo de austeridad Su residencia no es, como pudiera imaginarse, una suntuosa pagoda dorada, aunque sí tiene algo de jaula. El Hijo del Sol y su esposa, la emperatriz Michiko, procuran dar ejemplo de austeridad en un país donde la vivienda media apenas alcanza los cincuenta metros cuadrados, la fiscalidad es tan alta que una fortuna familiar no pasa, en el mejor de los casos, de la segunda generación y los precios de casi todo, absolutamente exhorbitantes, convierten la vida diaria del ciudadano de a pie en una dura sucesión de trabajo, transporte La Emperatriz camina unos pasos por detrás de Akihito, como mandan los cánones de un Japón sumido aún en un profundo machismo de formas y fondo