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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 8 DE OCTUBRE DE 1994 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA HORA que las revoluciones, parece, van pasando de moda, quizá sería el momento de hacer una teoría de la revolución como fenómeno histórico, psicológico, social. Claro que en el espacio de un artículo poco puede decirse. Hay mil variantes de la revolución. Y hay megarrevoluciones, revoluciones a secas, minirrevoluciones que se centran en enfrentamientos rituales con los guardias. De todas maneras, todas ellas tienen mucho en común. La revolución es, diríamos, un estado de ánimo, primero de un mínimo grupo, luego de un grupo inmenso que de alguna manera se siente atraído a ese torbellino pasional: algo de común hay, al menos de momento, es bien claro. Pero es que la revolución es una palabra mítica, mágica: todo lo justifica allí donde hay causas mezcladas, razones, sinrazones. Aquí están el bien y nosotros y el futuro; allí, el mal, ellos y el pasado. Aunque también hay revoluciones que ven el futuro en el pasado, tal la islámica. La revolución surge cuando algo está mejorando: cuando hay un gobierno más o menos reformista y liberal, una mayor apertura, una esperanza. Un líder o un grupo quiere precipitarlo todo: arramblemos con todos los obstáculos, con todo el pasado y el presente, tomemos el poder en nuestras manos, por los medios que sean, y el país, el mundo, serán felices. Así, en el caso de la Revolución francesa, de la rusa, de tantas otras más. También al revés: hay una crisis, cortemos por lo sano. Hay el viejo fenómeno del grupo, de la guerra, de la alegría del triunfo común, del olvido de la opresión de cada día. Pero en la revolución, de la francesa para acá al menos, hay algo más: hay una idea, una ilusión, un mito, una alegría, una borrachera de acción. Quizá sea un fenómeno de psicopatología social. El hombre va a ser feliz, todo va a solucionarse, si no para nosotros, péira nuestros hijos. Se ha transportado al plano social aquella revolución de las conciencias, de la justicia, que predicaba Platón. Aquella conversión, aquella búsqueda del hombre nuevo que predicaban los cristianos. Hay una especie de carnaval alegre, de travestismo; se ha dicho muchas veces. Los revolucionarios ya no son lo que eran en la vida de todos los días, son otra cosa nueva, o así lo creen. Alegría, desbordamiento colectivo. Si hay que verter sangre, se vierte, porque así el mundo será mejor: violencia fecunda, progresiva, dicen. Los derechos humanos van unidos a la guillotina; los hermanos proletarios, a la checa. Todo es en blanco y en negro: que había cosas nobles y humanas en la vida de antes, no se ve. Que lo que viene tiene la misma turbia mezcla, tampoco. Que el poder antiguo se sustituye por uno más brutal, mucho menos. En honor de ideas y doctrinas, la vida que se quería mejorar es pisoteada. Pero la vida siempre retorna a su final. Todo esto lo sabemos por los libros de historia. Aunque no quiero hablar demasiado de España- esto exigiría un capítulo a parte- yo recuerdo la venida de la República, el 31: fue una revolución; en realidad, la democracia no fue aceptada: hubo guerra civil larvada; luego, guerra civil a secas. El Rey cayó tras unas elecciones en que él no estaba en juego; luego, otras elecciones no fueron aceptadas por unos o por otros: hubo quema de los conventos, Sanjurjó, Asturias y Barcelona, amenazas y aun lucha abierta tras el triunfo del Frente Popular, el asesinato de Calvo Sotelo, la guerra con dos revoluciones enfrentadas. Recuerdo imágenes, fogonazos, en la pe- ABC quena ciudad de derechas que era Salamanca: mi portera bailando, ahora sin el dinero del Rey íbamos a ser todos felices; los chicos, a cantazos con los curas; los obreros, cantando el 1, de Mayo sobre alguna cabeza con la que iban a jugar al billar. Y Salamanca no era apenas nada. Gente liberal, inteligente, de verdad progresista y demócrata, ya no podía detener el turbión ni casi apartarse de él. Arrastró a todo el país. O recuerdo la minirreyolución universitaria del 65 y siguientes, idealista y utópica, lúdica y violenta, arrastrando tantas cosas y tantas gentes mezcladas: de los que propugnaban un cambio necesario a los más extravagantes. No puedo hablar aquí de ella. La revolución es un fenómeno mundial, simplemente humano: quizá la expresión de una necesidad recurrente de autoafirmación y de rotura con el conformismo de cada día. Algo así como la fiesta o el carnaval o la explosión de la violencia, un día, en una vida anodina. Sólo puede comprenderla el que está fuera, pero tiene que estar cerca de los que están dentro, no en la pura oposición. Ya digo, la revolución arrastra a unos, es algo hipnótico; paraliza a otros. Y el que ha estado en ella o al lado de ella, no puede olvidar aquella adrenalina, aquel creerse justo y valeroso, estar al lado del bien. Queda marcado. Incluso cuando la revolución se ha apagado o ha caído, se ha desprestigiado además, sigue apegado sentimentalmente a ella, en algún modo. Y sigue dando lecciones de moral a los demás: lo vemos ahora, todos los días, en España. Porque las revoluciones también caen, ahora vivimos ese momento. No es que con eso se arreglen los problemas humanos, ni mucho menos, pero caen. Tan humano es esto como el que surjan. ¿Cómo caen? De varias maneras. Por cansancio, simplemente: la violencia, la agitación, el dividismo, el odio cansan. Y con el tiempo la razón vuelve: ni todo era tan malo antes ni todo es tan perfecto ahora. A lo mejor es peor. ¿Libertad? En el clima revolucionario, la hay menos que en lugar alguno. Durante un tiempo tiene otros sustitutos que se suben a la cabeza. Luego, es necesaria. Como lo son la seguridad, la normalidad, la vida real. DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 2802 7- MADRID DL: M- 13- 58. PÁGS. 128 TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN VENDEDORAS PARA TIENDAS DE ROPA EN EL BARRIO DE SALAMANCA Se requiere buena presencia Incorporación inmediata Contrato de Trabajo con S. S. Enviar Curriculum con foto reciente al Aptdo de Correos 16.184 de Madrid por Correo Urgente. Y están los hechos. Nadie ha convencido dialécticamente a un revolucionario. Las ideas que forman su sistema están tan entrelazadas, que unas defienden a otras: aportan siempre una justificación. Los que triunfan son los hechos. Cuando después de tanta ayuda al pueblo éste no puede comer o se desangra en guerras, entonces el estado de espíritu que es la revolución, acaba pasando. La realidad se impone a la fantasía. Tarda demasiado, a veces, ciertamente: setenta años tardó en caer el régimen de Lenin y los que le siguieron, cuando era el secreto de Polichinela qué régimen era aquél (por cierto, lo describe bien Indalecio Prieto ep un discurso en México, en el 46 ó 47) ¡V era visto, sinceramente, como progresista por tantos progresistas sinceros, sólo porque había derrocado al zar y al clero y a los nobles! Los mejores alumnos de Cambridge espiaban para Stalin. Claro está, este panorama es incompleto en mil puntos. Uno de ellos es que una revolución genera, casi siempre, si alguien no la atempera en un momento dado, una contrarrevolución. Son dos bandos que se ven en blanco y negro: y que a veces acaban por ser negros los dos. La historia de Europa, y la de España misma, hacen ver que tras Lenin vinieron Mussolini y Hitler, que en España la República, que fue, del principio al final, una revolución, encontró al final una respuesta: se la puede juzgar de varias maneras, pero fue una respuesta. Estos enfrentamientos radicales son detestables, es la peor salida. Es la negación de la comprensión mutua, el verse arrastrados ineluctablemente por fuerzas antiéticas que no reconocen lo que hay de común y de humano, simplemente, en el otro. O en aquellos hombres dentro del otro que son simplemente arrastrados por seducción o miedo. Las revoluciones de que aquí hablo son una interrupción de la vida, un fenómeno de patología social. Por ganar tiempo, lo hacen perder, muchas veces. También lo hacen ganar: hay cosas que son ya irreversibles tras una revolución. Después de la francesa, por ejemplo, el mundo no fue ya el mismo. Pero ¿tanta violencia, tanto fanatismo, tanta crueldad, eran necesarias? Sin duda que no. Muchos progresos habrían llegado de todos modos, estaban ya llegando. La revolución paraliza las defensas, es como el pez torpedo que lanza corrientes eléctricas. Imposibilita pensar, separar lo justo y lo injusto. Frente a la revolución, la democracia es conservadora: busca el acuerdo, la razón, no el enfrentamiento pasional llevado por personalidades en los bordes de la patología, del endiosamiento. Cuando una revolución, grande o pequeña, desemboca en democracia, encuentra su salida mejor. Para eso está el político: para aprovechar la fuerza de la esperanza, para graduarla, hacerla motor de concordia y avance. Como cuando con ayuda de una máquina se domesticó el vapor para convertirlo en fuerza motriz, en vez de fuerza de explosión. Todo esto da cierta esperanza, a la larga, pese a tantos motivos de desesperanza. Pero en nuestro tiempo, si están en baja las revoluciones, están en alza los enfrentamientos nacionalistas y aun los tribales. Nunca es completa la felicidad. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española