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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 19 DE AGOSTO DE 1994 ABC en fuerzas de disolución y de ¡ncertidumbre. El trabajo de cada cual y las instituciones todas se nos aparecen como meros restos superados, que sobreviven porque son necesarios o por la fuerza de la costumbre. Pero sin voces a su favor, sin nexos profundos con el hombre. El corazón de éste está en todo lo demás: en actividades periféricas o en conductas hedonistas e individualistas. Todos, no sólo los niños, y no sólo por causas de la televisión, perdemos la inocencia y la felicidad mientras que la información indiscriminada y los subproductos de la Literatura se convierten en el centro. Pero no se trata sólo de esto: se trata también de la información sesgada que, sin mentir, oculta la verdad. Por el sistema de las verdades parciales y descontextualizadas, de los silencios, del olvido de los precedentes y las causas, de las proporciones, los medios de comunicación influyen muchas veces en nuestras ideas y en nuestra visión del mundo para distorsionarla. Pongo sólo un ejemplo. No hace mucho tiempo tuvo lugar en una base aérea americana de Alemania un festival aéreo al que acudió un público de 300.000 personas. Acudieron también 250 manifestantes pacíficos que fueron retirados por la Policía. Al día siguiente, ciertos medios de comunicación apenas aludían al festival y a los 300.000 espectadores. Todo se les iba en el ultraje a la libertad, etcétera. Del fondo último del show tampoco hablaban. Así, un mínimo suceso era aprovechado no para relatarlo (informar) sino para convertirlo subrepticiamente en lo esencial. O sea, estamos en lo mismo: falseando las proporciones se da una imagen falsa y se incita a nuevas clasificaciones, conductas e ideas. Unas veces inocentemente: de esa definición de la noticia como lo anómalo y llamativo (que un niño muerda a un perro en vez de lo contrario) se llega, sin querer, a alterar la idea de la verdad normal, con las consecuencias que esto trae. Pero otras veces este proceder es cualquier cosa menos inocente. No se relata lo que sucede, algo sucede para que se relate. De esto viven tantos activistas, tantos trepadores, tantos terroristas. Claro, han de contar con la colaboración de quienes magnifiquen sus acciones. Otra vez más puede ser inocentemente, por la deformación profesional que busca a toda costa la atención del público. O puede ser DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 160 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA El en una revista americana una reseña de un libro también americano que tocaba el siguiente tema: el niño, expuesto a la televisión, absorbe tal dosis de información sobre el dramático, desequilibrado mundo de los adultos, que pierde su inocencia, su confianza y su felicidad. Para mí, esto es parte tan sólo de un problema más amplio. La sociedad humana ha estado siempre organizada en sistemas de pensamiento y de conducta con implicaciones geográficas y tensiones determinadas. Sistemas a veces en conflicto. El caso es que esos sistemas nunca fueron monolíticos. Eran complejos de subsistemas que tenían válvulas de escape y poseían, además, ventanas al exterior, por así decirlo: la cultura y la educación eran una de esas ventanas. Todo esto compensaba en cierto modo las limitaciones de los sistemas. Junto a ellos había siempre un margen que los ampliaba y compensaba. Por ejemplo, la Fiesta permitía reír y llorar e infringir la norma cotidiana y conocer el pasado y adivinar el futuro. Abrir los límites, romper los tabús, recuperar la alegría y la esperanza, reflexionar sobre el dolor y la muerte. Traía, efectivamente, un modo de vestir, comer, comportarse, diferente del ordinario. Y, fuera de ella, la literatura en el sentido más amplio nos revelaba aspectos escondidos del hombre que la normalidad de cada día trata de ocultar. Pero ahora la Fiesta nos invade, y con ella los derivados de la antigua Literatura, del espectáculo, así como la información sobre lo más remoto. Los que eran elementos marginales, como apertura del sistema, como chorro de verdad humana frente a los tranquilizantes y las ocultaciones, se han constituido en el centro. La televisión nos invade, la información nos abruma, el tiempo libre crece, los contrastes con otras culturas están a la vista. Lo que era compensación que liberaba del sistema rígido y humanizaba es ahora un disolvente del sistema. Hay una cuestión de proporción. La dosis de información sobre lo que pudiéramos llamar no normal (servida como noticia o espectáculo o Literatura, es igual) alcanza una densidad tal que se nos aparece como la normalidad misma. No sé si me explico. La masa de información sobre casos en que el orden normal no se cumple- de dramas, protestas, violencias, rotura de toda clase de vínculos y hábitos- es tal, nos abruma cada día de tal modo, que surge la impresión de que el orden normal que es, pese a todo, mayoritario, es minoritario y se encoge más y más. Todo el año es Carnaval que dijo ya Fígaro. Naturalmente, influye más en el niño, que está creando su mundo de valores. Y esa suma de información, incluida la Literatura e ¡nfraliteratura, de ejemplos en suma que el mundo es también así no es neutral. La presentación de hechos tiende a crear otros hechos mediante el fenómeno de la imitación. Ejerce una presión cuantitativa y cualitativa (de prestigio) una presión que, simplemente, no podemos ya resistir. Ni podemos ya interpretar esos hechos marginales dentro de la zona marginal del sistema, esto es, como una excepción. La conducta refleja, procedente de esa imitación, invade cada vez más las- zonas centrales del sistema: no sin la angustia producida por la duda de cómo clasificar. Las fuerzas de compensación, de humanización, de liberalización, se convierten así L LA IRRESISTIBLE INVASIÓN DE LA INFORMACIÓN EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones menos inocentemente. Sencillamente, se da relieve o incluso se crean s u c e s o s que luego serán convenientemente presentados. Un caso clásico es el de la guerra, el Vietcong, que ganaron la Prensa y la televisión liberal americanas, presentando la causa del Vietcong como liberal y progresista, con verdades a medias. Esto no era información, era autoengaño, si no beligerancia disfrazada. Pero no hace falta llegar a casos tan extremos. Otras veces basta esa deformación de tantos periodistas e informadores sobre lo que interesa o no interesa al público, materia en la que, por lo visto, son ellos los únicos jueces. Cualquiera que haya sido entrevistado con frecuencia tiene experiencia de la selectividad con que, en ocasiones, se le pregunta y se le reproduce. Las opiniones de uno son sustituidas por las opiniones del entrevistador, que le deja a uno, si acaso, el poder decir algo sobre el tema sobre el que él cree que debería tomar posiciones. Y en el que a lo mejor no ha pensado o no le interesa, aunque el entrevistador le sugiera las respuestas que cree correctas. Recuerdo a aquel periodista de Salamanca que vino a hacerme preguntas después de una conferencia mía sobre la patria de los indoeuropeos, que después de todo son nuestros padres. Pero no sobre ese tema de que usted ha hablado, eso no interesa- d i j o- sino sobre no sé qué menuda legislación universitaria en gestación. Pues a mí es eso lo que no me interesa contesté. Allí acabó la entrevista. Todo esto no son sino variaciones sobre el mismo tema, el de las dosis tremendas de información que recibimos: información indiscriminada y a veces selectiva o insidiosa. Muchos no tienen criterio para digerirla o rechazarla. Al final, altera terriblemente su mundo y altera toda la sociedad. Crea falsa sabiduría: desinformación, en suma, querida o no. Cierto que, arbitrariamente o en función de las leyes con que la recogida de la información funciona, a veces ésta deja caer un rayo de luz sobre los mismos continentes que normalmente ignora. Se recibe un premio de honor extranjero o la actuación de uno en un determinado momento llama la atención sobre él o se relata un descubrimiento arqueológico o de otro tipo. Esa persona o ese hecho quedan iluminados por el foco, como en un teatro. Entonces, con frecuencia, hay una exaltación ridicula de lo que hasta ayer era ignorado; y, por supuesto, todo se saca de contexto. Sigue así la desinformación. El bombardeo de la información que sufrimos nos trae estos problemas. ¿Es mala la información? No, es como cualquier otra cosa, buena o mala según los casos y según a quién y cómo se dirija. Es como la luz del sol, que nos es necesario, pero puede producir quemaduras. Como la libertad, que nos es necesaria, pero puede ser mal usada. Quizá la referencia a la televisión y al niño, en la información con que yo comenzaba este artículo, presente los casos extremos: el receptor más indefenso y el del medio de más poder de penetración y más indiscriminado. Pero el problema es general. Y es un problema grave sobre el que no hay fáciles recetas. Un poco de contención y de moderación y de respeto a las proporciones, si acaso. Y de buena fe, por supuesto. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia. Española