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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 7 DE MAYO DE 1994 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ACE no demasiado tiempo estaba yo en Benarés con motivo de un Congreso de Sánscrito: un Congreso, en ciertos aspectos, idéntico al que se celebraría en un país de Occidente, pero, por parte de algunos asistentes, equivalente a una especie de festival o de acto de fe hinduista. ¡Querría uno estar en tantos lugares al mismo tiempo! Es imposible, pero queda el recuerdo. En este caso, hay un recuerdo, mínimo quizá, pero significativo, que me viene ahora a la memoria. Es, para mí, como un símbolo. Una mañana quería yo tomarme un descanso de India, tras unos días agotadores. Descanso no sólo para el cuerpo, sino, también, para el orden de las ideas, el hábito de las cosas. India es un caos abrumador que, sin embargo, sigue marchando. Es una gigantesca rueda en que giran multitudes de hombres, máquinas, animales que viven, que chocan, que respiran juntos (el que no ha estado en Asia no sabe lo que son multitudes) Carreteras que parecen calles aglomeradas: hombres y chiquillos, mujeres con sus cántaras de bronce en la cabeza, búfalos, elefantes circulando por e 1 Gran Tronco, son un espectáculo único. India es una suma de colores: blancos, pardos, rojos, chillones. Una suma de olores, de ruidos, de sensaciones que se absorben por la piel. Todo un otro ser. ¿Miserable? ¿Digno y aun feliz en su pobreza? Fascinante, en todo caso. Pero cansa, agota. Recuerdo imágenes que se superponen. Ese río trepidante, inagotable, de las calles, los mercados. Los gritos excitados de los fieles de Durga. Las mujeres que rinden culto al árbol sagrado. Las hogueras fúnebres, y las lavanderas y el baño sagrado en el Ganges. El mismo caos de aquel Congreso, con sus comunicaciones amontonadas en forma ininteligible, con todos esos indios (y extranjeros) que en las fiestas se precipitan sobre la comida chaos in lunch titulaba un periódico local) con sus santones que recitaban el Veda como hace tres mil años. El asedio de los taxistas, de los niños de los rickshaws de los tenderos, de los mendigos que eligen un protector y ya no lo sueltan. Es un estupor, un sentirse llevado por una manera extraña que seduce y repele, un sentir en uno mismo una resis- tencia íntima a hundirse en ese otro una resistencia que causa fatiga. Me era necesario un descanso en la torre de marfil del hotel. Y de momento parecía ser así. La piscina era un mundo aparte, fuera de la India. Era un poco la India de los modernos maharayas, o marajás que dicen, que somos los turistas europeos. Agua azul, hierba verde, alemanes rubios, servidores solícitos que traen toallas y bebidas... Parecía un refugio extraño, de turismo estándar, el hotel: extranjeros, indios decorativos de peíícula haciendo de porteros y de camareros. ABC Descansamos en lo conocido. Si no fuera por los negros cuervos que pasaban por encima, por los insectos voladores que se estrellaban contra las lámparas apenas se abría la ventana... Y, de repente, llegó el clamor del mitin- luego se supo que de los empleados del hotel o de su sindicato- El discurso del orador exaltado, retórico, caía como una piedra, desde su altavoz, sobre el cristal de la paz. El aplauso, el canto alternado, casi religioso, rítmico. Hay una electricidad o un dios, como decían, o algo mágico en todo caso en la palabra humana: una palabra en hindi, que no se comprendía. De pronto, se hizo imposible descansar. Había angustia. La India entera estaba allí: pero ya no oscuramente pacífica, con algo de misterio temeroso en el fondo, sino amenazadora. Sacada de sí ahora y lanzada a la protesta por un motor europeo que buscaba la línea recta, sin comtemplaciones. Qué paz engañosa, un momento antes. Qué angustia, sí, por esa perdida inocencia, luego. ¿Mala conciencia, quizá? HUÍ, hui en un rickshaw y las multitudes parecían ahora, hendidas por- el vacilante y leve vehículo, casi tranquilizadoras. Y la normalidad, luego, en el Congreso pa recia quitar realidad a todo: a las multitudes de la India, al exotismo artificial, a la protesta que parecía romperlo todo, al regresar al hotel no había ya nadie que gritara, parecía que todo giraba ya otra vez sobre sus goznes. La India es fascinante. Recuerdo que una vez alguien que no me conocía, pero que había leído algo mío, me llamó por teléfono. No le interesa mi nombre- m e dijo- soy un antiguo exiliado español que viene de Méjico. Le llamo para decirle que cultive las cosas de la India, lo demás tiene ya suficientes cultivadores. DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 128 H RECORDANDO LA INDIA iortiia de Oro Ainantio y Blanco f o n Diamantes 1 P 75 000 Pts Oío An arillo v 150.000 Pts. MADRID: Serrano. 50 Tei 43135 72 BARCELONA: diagonal, 622. Tef. (93) 200 48 99 Sólo muy a medias le he h e c h o c a s o Pero a los europeos la misma visión de la India nos puede, como nos puede la infinita fantasmagoría del Mahabherata la masa inabarcable de los comentarios de las obras sagradas. Abruma la India a fuerza de belleza y suciedad, de riqueza espiritual y de pobreza, de resignación digna y rebeldía. ¡Y una mezcla monstruosa de modernidad y Edad Media y Antigua, ese sentirse ante algo impenetrable que te halaga en la superficie y te rechaza! Algo que comprendes vagamente como en definitiva próximo y humano y que es, sin embargo, elusivo y distinto. Nos da tanto que sentir y que pensar. Y que temer. ¿Qué harán esas masas innumerables cuando se acabe su conformismo y lleguen a ellas las exigencias de nuestras sociedades? Y luego están los hindúes y los musulmanes, están los sikhs y los parsis, están las tribus del Assam y los tamiles de Kerala. Y los brahmanes, y los santones, y las clases europeizadas, y los intocables. Y las lenguas y dialectos mil. La India es como Europa en extensión: inmensas llanuras y montañas, desiertos y selvas. Y en diferencias internas entre pueblos, lenguas, religiones, culturas. Y siempre con un aire unitario. Para entender la India, en la medida en que podemos entenderla, no basta leer los antiguos escritos del Veda y la epopeya y el teatro, ni los del Buda y Asoka y las diferentes filosofías. Ni ver los templos fantásti- eos, con su barroquismo erótico y sagrado. Hay que leer a Gandhi, y Aurobindo, y Tagore, y las memorias de la última maharani de Jaipur, que fue, por cierto, embajadora de su país en Madrid. ¡Qué libro fascinante! Y el Kim de Kipling, no menos fascinante: las peregrinaciones del viejo gorro rojo budista y de su chela Y hay que contemplar las fiestas y los ritos que traen al presente mundos antiguos. Pero, sobre todo, hay que alejarse de los grandes hoteles, siquiera por un tiempo, y darse un baño de multitud. Recorrer sus caminos con el taxista que devora confianzudo todo lo que queda, comer en los puestos de la calle, aunque sea peligroso. E intuir esos cambios repentinos, ese emerger de lo que fluye subterráneo y luego, quizá, vuelve a sumergirse. Como en el pequeño incidente que dio pretexto a este artículo y que es, para mí, como un símbolo, ya decía al principio. Si realmente fuera posible combinar en democracia tanta violencia oculta, tanta paz y dignidad, al propio tiempo, tanta, tanta modernidad y tanta vida antigua, como hasta ahora, pese a todo, entre chispazos sangrientos, va lográndose, sería uno de los mayores logros de nuestro tiempo. Algo así como la nueva amistad europea que hace no tantos años parecía imposible. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española