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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 18 DE FEBRERO DE 1994 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA LGUIEN me pregunta si no escribo sobre el perro. Casi prometí hacerlo cuando lo mencioné, al lado del toro y el caballo, como el tercero de los animales humanizados, casi humanos. ¿El tercero? El primero en realidad: es el más antiguo. Escribo, pues, del perro. ABC PERRO por amor a sí mismo ama el hombre a su esposa, a su padre, a sus hijos si hay un afecto doble y una doble conveniencia, ya es bastante en este bajo mundo. Recorto a veces, guardo, cosas de los periódicos que me recuerdan o sugieren algo. Tengo algunos recortes del perro. Uno de don Claudio Sánchez Albornoz que cuando estaba enfermo y solo, ya viejo, en Buenos Aires, se consolaba con la presencia de su perra al lado de la cama. Otro de este periódico, de Lorenzo López Sancho, sobre aquel viejo cómico que llegaba a su casa, solo y cansado, de madrugada: y allí estaba esperándole su perro, moviendo el rabo. Y una foto escalofriante de un asesinato de la ETA. Reza el pie: El cadáver del mecánico electricista Juan Sánchez, en el monte donde fue asesinado. Al lado, el perro al que paseaba en el momento del atentado. Yo también paseaba al perro. Y guardo el artículo, de El Sol en que filosofaba sobre lo que es pasear a un perro. El paseo con el perro- decía- es el paseo perfecto: es estar solo y no estar solo, al mismo tiempo. Se camina entre la abstracción y la preocupación menuda de que el animal no haga alguna tontería. Hay un rasero humilde que da paz y unifica al hombre, al animal y a la naturaleza toda. Perdón por la autocita: pero es que tenía que sacar a relucir el tema de la naturaleza. Es símbolo de ella, no sólo de la fidelidad, el perro. De su nombre griego viene el nombre de los cínicos, que querían hacer volver al hombre a su estado simple y natural. Su fundador, Diógenes, el que vivía en la tinaja, el que pedía a Alejandro que no le quitara el DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 204 A ¿Por qué no lo hice antes? Quizá por un íntimo pudor. Yo tenía una perra, que murió. Un pastor alsaciano, raza que ya menciona un poema latino del siglo XI, la Ecbasis captivi escrita en un monasterio de la región de Tréveris. ¿Para qué exhibir los propios sentimientos? Mejor guardarlos dentro, si se puede, igual que cuando, de un modo u otro, hemos perdido a un hombre amigo o a una mujer amada. Pero es una deuda que me reclaman: vuelvo al perro. Desde hace doce mil años, en Asia, seguía a las tribus nómadas, allá en el Paleolítico, se conjetura, y a sus ganados. Se acercaba a los campamentos a devorar los restos de comida, en la noche. Se la disputaba a otros animales. Así fue haciéndose amigo del hombre: defendía sus rebaños, perseguía a las piezas en la caza. Luego hizo mil oficios: de simple compañero a guía de ciegos, tiro de trineos en las heladas planicies del Norte, salvador, en el gran San Bernardo, de los viajeros extraviados en la nieve. Guardián de las casas y hasta de los Infiernos (el perro Cerbero) a ellos llevaba a los muertos Anubis, el dios- perro, en el antiguo Egipto. Se escindió en mil razas de mil tamaños, pelajes, colores. Los fabulistas, los moralistas, los poetas lo han elogiado. El perro conoce al hombre que lo ama reza un proverbio sumerio. Y lord Byron escribió en la tumba de su perro aquello de que tenía todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus vicios. Y cuando, en su estela o en su tumba, el joven ateniense o el caballero medieval querían que quedara esculpido un símbolo de lo que les había sido fiel, hacían esculpir la imagen de su perro. Quizá adquirieron, de paso, algún truco servil: no en vano son los últimos esclavos. Con la cola gana su pan el perro dice otro proverbio sumerio, en la antigua Mesopotamia del tercer milenio antes de Cristo. Pero es una cuestión de mutua compañía, ganan las dos partes. ¿Qué amor es desinteresado al ciento por ciento? Aun sin llegar a aquello de los Upanisad, allá en la antigua India sol, el que, en pleno día, provisto de una lámpara, buscaba a un hombre en el agora de Atenas, era llamado el perro Nada deshonroso. Igual que el perro, el cómico llevaba una vida simple, nada exigía que no fuera un poco de alimento y de libertad. No seguía convenciones ni hipocresías: hacía el amor (digamos) y evacuaba sus necesidades a la vista del público: igual que el perro. No buscaba riqueza, belleza falsa ni poder. En la fábula cínica, recogida por Babrio, el amo le decía al perro: Prepárate, vamos de viaje. El perro, moviendo el rabo, contestaba: Lo llevo todo ya: eres tú el que te tardas No dice eso de que no tengo qué ponerme o tengo una reunión. Todas las horas, todos los destinos le son buenos. Así hemos vuelto al perro fiel compañero. Puede, quizás, a veces, molestar a los otros. Pero si el amo lo ha educado bien, quizá pudiéramos perdonárselo uri poco. Esa proliferación del ideograma del perro tachado o del letrero que le prohibe entrar (afortunadamente, el perro no sabe de ideogramas ni de letras) me resulta odiosa, simplemente. Hay personas mucho más molestas. Conté una vez cómo en Vandoeuvres, cerca de Ginebra, a donde voy a veces a trabajar en una Fundación de Estudios Clásicos, hay un parque perfectamente manicurado, que dicen: a la suiza. En él hay un monumento al perro. Pero a la puerta está el dichoso ideograma que le prohibe entrar. ¡El perro no puede contemplar su propio monumento! Lo tratan mal: lleva una vida aperreada, tantas veces. ¿Y qué decir de los perros abandonados, como dos que vi el otro invierno en una playa de Andalucía y que buscaban humildemente, infructuosamente, amo? Da vergüenza ajena, sentimiento reflejo de culpabilidad. De mi perra fue su muerte lo que más admiré. Cuando ya apenas si se tenía en pie salió conmigo, sin protesta, a pasear, con paso vacilante. Luego, a media noche, con mi hijo. A la mañana siguiente, estaba muerta. Murió, diría, como un hombre. Le he dedicado mi último libro sobre el cuento erótico griego, latino e indio. Después de todo, ella me acompañaba mientras yo lo escribía. Y habla de hombres y animales en honesta compañía. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española ¿Laguna? Dentro podrás verlo. Y quererlo.