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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 17 DICIEMBRE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA UELVO a comenzar a leer el libro sobre Nicolás II de Henry Troyat y un libro que un rumano ha escrito sobre mí y que es bueno. He recibido la carta de una señora que se ocupa de la traducción de mi Journal en miettes Los masajes no me hacen nada. En fin, en este momento, sufro tanto dolor que me es difícil escribir. Las ideas no vienen tampoco cuando el dolor es tan violento. Son casi las cinco, va a llegar la noche, la noche que aborrezco y que, sin embargo, a veces, me concede un sueño tan placentero. Se representan mis obras en casi todo el mundo y pienso que quienes van a verlas ríen o lloran sin tener vivos dolores. Sé que eso debería terminar pronto, pero, como acabo de decir, cada día es una ganancia. Mi i mujer sufre de los ojos, y eso aumenta mi propio sufrimiento. Creo saber, o hago casi como si no supiera exactamente dónde me encuentro. Sí. En este sillón del que tanto sufrimiento me costaría levantarme sin la ayuda de mi mujer, tan menudita; la de mi hija o, mejor, con más fuerza, con la ayuda de nuestra empleada del hogar, como se dice ahora. ABC periores. Pero es sobre todo en la corriente de mi vida, mi mujer, Rodica, y mi hija, MaríeFrance, quienes fueron para mí el mayor apoyo. Sin ellas, indudablemente no habría hecho nada, no habría escrito nada. Les debo y les dedico toda mi obra. Y después, más tarde, fueron todos mis profesores del liceo de Bucarest. Del director de este liceo, por quien, a pesar de mi pereza (yo no aprendía nada en la escuela) iba a leer libros de literatura en una biblioteca pública. Debo a Stéphane Paupe el haber conseguido el bachillerato. Esto no vale lo que la ayuda que me dio mi mujer y, más tarde, todos los días sin tregua. Debo mucho a un estafador, Kerz, que quebró el día de la última representación de Rinoceronte en Nueva York, lo que le proporcionó la suma de 40.000 dólares de 1940, pero que me hizo famoso en Estados Unidos. Me ayudó sin quererlo. Y luego estuvo aquella agente literaria, Margareth Ramsay. Y después fueron los críticos literarios ingleses y franceses, entre ellos Jacques Gautier y Robert Kemp, quienes me atacaron con tal violencia que hicieron el mayor de los beneficios a mi fama. Estos críticos de Le Fígaro y de Le Monde tuvieron en contra, además, a los críticos de izquierda, quienes habían creído al comienzo que yo mismo era de izquierda, mientras que los otros me tomaban por de derecha. Unos y otros me hicieron entonces sin saberlo el mayor beneficio: fueron Barthes y otro cuyo nombre no me viene a la cabeza. Y luego, una vez más, mi mujer, siempre mi mujer, que me obligó a hacer la licenciatura y a presentarme a las oposiciones. Lo que hizo que un buen día el director francés me diera una beca para continuar mis estudios en París para conseguir un doctorado que no alcanzaría jamás. Se llamaba Alphonse Dupont y murió recientemente a la edad de ochenta y nueve años. Y me hicieron bien, queriendo hacerme mal, la segunda mujer de mi padre, Lola, que me puso a la puerta de la casa de mi padre, lo que me incitó a desenvolverme y a tener éxito. Me hicieren bien los profesores del liceo de San Sava, que me expulsaron, lo que hizo que yo pudiera conseguir hacer el bachillerato en un liceo de provincias alojado por la hermana de mi mujer, Angele, que tenía una pensión de jóvenes estudiantes que, por lo que sé, no triunfaron en la vida. Yo, vagabundo en casa de uno o en casa de otro, entre unos o entre otros, el sin hogar, poseo ahora uno de los DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28 0 27- M A D R I D DL: M- 13- 58. PAGS. 196 V DIOS MÍO, HAZ QUE CREA EN TI A veces vienen a verme amigos, algunos amigos fieles. Me da mucha satisfacción verlos, pero me cansa al cabo de un hora. ¿Qué hacia yo mejor antes? Creo que perdí el tiempo y corrí empujado por el viento. Mi espíritu está vacío y me hace daño continuar, no por el dolor, sino a causa de este vacío existencial del que está lleno el mundo, si puedo decir que el mundo está lleno de vacío. Aparte del café con leche, no hay en mi vida más que estos dos seres a los que adoro y, si se me permite asociarlas, las dos comidas, que son, además del desayuno, los grandes acontecimientos de mi vida. Pienso que me voy a levantar inmediatamente y no sé qué se podrá hacer con el tiempo que me queda hasta las seis y media o las siete, la hora de la comida, y, como de costumbre, pienso que quizá me muera esta tarde o, esperémoslo, mañana o pasado mañana. O incluso, quién sabe, más tarde. Cuando no pienso en lo peor, me aburro, me aburro. A veces pienso que pienso, pienso que rezo. Precisamente, en este momento ha venido un amigo y afortunadamente esto ha interrumpido durante algún tiempo el vacío, pero, quién sabe, puede que haya, por lo menos, algo, algo. Puede que después haya alegría. ¿Cuál es la forma de Dios? Creo que la forma de Dios es ovalada... En mi carrera, carrera según se dice, me ayudaron una cantidad muy grande de personas a quienes debo agradecimiento. Para empezar, estuvo mi madre, que me crió, que era de una dulzura increíble y llena de humor, a pesar de la muerte de uno de sus hijos de poca edad y a pesar de que fue abandonada, como digo a menudo, por su marido, que la dejó sola en la gran ciudad de París. Allí encontró ella a su hermana Sabine, quien pudo encontrarle una pequeña vivienda con mis abuelos, Jean y Anne, y con mi entonces joven tía Cécile. Más adelante, con mi pobreza, supe hallar una especie de trabajo que consistía en poner direcciones en sobres para una escuela de preparación intensiva. Me habría gustado continuar como profesor. La directora, que me hacía firmar las direcciones en todos los sobres, me dijo: Por lo menos es un poco su oficio, porque ha estado usted en la enseñanza. No le debe desorientar mucho. Luego me ayudó mi padre en Bucarest, que me obligó hacer estudios secundarios, y después, más tarde, mis propios su- CERRUTI 1881 FEMME 6 Goya, 6 y 8. EL JARDÍN DE SERRANO hermosos pisos de Montparnasse. En fin, me ayudaron, a veces, mis parientes más o menos lejanos, mi tía Sabine y mi tía Angele, y profesores que se imaginaban que tenía genio. Recientemente me ayudó durante la guerra de 1940 la madre de mi mujer, Anca, quien, a pesar de su dolor, dejó partir para Francia a su yerno y a su hija con el corazón roto. Murió creyendo poder reunirse con nosotros en París, adonde no pudo venir, murió con esta esperanza. Me ayudó Dios cuando, refugiado en París porque no quería ir a unirme a los comunistas de Bucarest, cogí un día mi cesta de la compra sin un céntimo y fui al mercado, donde encontré en el suelo 3.000 francos de 1940. Todas esas circunstancias vinieron en mi ayuda. Quizá sea Dios quien me ha ayudado en mi vida y en mis esfuerzos y no me he dado cuenta. Y luego me ayudó mi propietario de la calle Claude- Terrasse, el señor Colombel, Dios le bendiga, que no quiso poner en la puerta a un refugiado que no pagaba su alquiler, pero que podía ser enviado de Dios. Y así, de una mano a otra, llegué a obtener esa especie de enorme celebridad y llegar con mi mujer a la edad de ochenta años, e incluso ochenta y uno y medio, con el temor de morir y la angustia, sin darme cuenta de que Dios me ha concedido bienes. No ha abolido para mí la muerte, lo que encuentro inadmisible. Pero he tenido vida, salud, médicos que me sacan del peligro o me han corregido mis excesos. A pesar de mis esfuerzos, a pesar de los sacerdotes, jamás he conseguido abandonarme en los brazos de Dios. No he conseguido creer suficientemente. Ay, soy como ese hombre del que se cuenta que todas las mañanas decía su oración: Dios mío, haz que crea en Ti. Como todo el mundo, no sé si del otro lado hay otra cosa o no hay nada. Me siento inclinado a creer, como el Papa Juan Pablo II, que se lucha un enorme combate cósmico entre las fuerzas de las tinieblas y las del bien. Espero la victoria final de los fuerzas del bien, desde luego, ¿pero cómo se producirá? ¿Somos gotitas que componen un todo o somos seres que renacerán? Lo que probablemente me entristece más es la separación de mi mujer y de mi hija. ¡Y de mí mismo! Espero la continuidad de identidad conmigo mismo, temporal y supertemporal, a través del tiempo y fuera del tiempo. Camino con enormes dificultades del brazo de mi hija, tengo miedo y corro peligro de caer a cada paso. Se viene a la tierra para vivir. Se viene para debilitarse y morir. Se vive niño, se crece, muy pronto se comienza a envejecer y, sin embargo, es difícil imaginarse un mundo sin Dios. Por lo menos, es más fácil imaginárselo con Dios. Se diría que la Medicina moderna y la Gerontología quieren por todos los medios restablecer al hombre en su plenitud como no ha sabido hacerlo la divinidad: por encima de la vejez, de la chochez, del decaimiento, etc. Restaurar al hombre en su integridad, en su inmortalidad como la divinidad, no ha sabido o no ha querido hacerlo. Como la divinidad no lo ha hecho. Antes, al levantarme cada mañana, decía yo: gracias a Dios, que me ha dado un día más. Ahora digo: un día más que me ha quitado. ¿Qué ha hecho Dios con todos los hijos y los animales que quitó a Job? Sin embargo, creo en Dios a pesar de todo, porque creo en el mal. Si hay mal, hay también Dios. Eugéne IONESCO