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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 14 SEPTIEMBRE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC JAPONERÍAS DOMICILIO SOCIAL J. I. LUCA DE TENA, 7 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 112 C cárcel despiadada, y luego el martirio en la hoguera. La peregrinación había sido larga: siete años tardó Hasekura en regresar y el franciscano permaneció otros cuatro más en Filipinas (murió el 25 de agosto de 1624) Los frutos que se obtuvieron fueron escasos: Felipe III tardó en recibir a la embajada, no hubo mayor interés en el mensaje que traía y quedaron ese par de cartas que han desafiado a los siglos y esos hombres que, al parecer, se afincaron en Coria del Río. ¿Y el apellido Japón Durante siglos, japón significó japonés en nuestra lengua. Era una forma de gentilicio que no extrañaba a nuestros oídos, pues bretón teutón borgoñón lapón o sajón estaban bien afincados. Y japón como japonés ha durado en alguna fosilización papel japón o níspola japona que aún se oye en algún pueblo de Granada) Pero japón hombre japón los japones el japón Auger persistió hasta el siglo XVIII: el padre Melchor de Oyanguren escribió en 1738 un Arte (gramática) de la lengua japona según el modelo de Nebrija. Fue por enDon José Velázquez y Sánchez dio cuenta en 1862 de la presencia de esta tonces cuando japonés irrumpió con embajada y de la suerte que tuvieron fuerza en la palestra y fue reemplalos regalos que traía: una espada y una zando al viejo término, que primero se daga que, tras diversos avatares, desa- tuvo como sinónimo del neologismo y parecieron del Ayuntamiento sevillano. ahora, ya sólo, como adjetivo anticuado. Pienso que en la suerte de japonés En 1992, don Marcos Fernández Gómez reeditó el opúsculo y añadió no tuvo que ver, y no poco, la influencia pocas informaciones de sus propias francesa y la difusión de las japonerías pesquisas. La carta madrileña, bastante desde mitad del siglo XIX; nuestros modiferente de la que se dirigió al cabildo dernistas (aduzcamos a Rubén Darío o Delmira Agustini) aceptaron el adjetivo sevillano, se consideraba perdida, pero se guarda en Simancas y a ella me re- japonés que venía autorizado por Kamemono (1892) y Sourimono feriré. La comitiva era numerosa: a México llegaron ciento ochenta personas, vinieron veinticinco a España y sólo regresaron cinco. El padre Sotelo, que acaso tradujera las cartas japonesas, gozó de gran predicamento e influyó- t a l vez demasiado- en la voluntad de algunos cortesanos. Cumplidas las misiones, el resto de la expedición regresó al Japón. Pero las cosas habían cobrado un signo harto diferente: el emperador Xugunzama supo de las actividades de los religiosos extranjeros y apresó al padre Sotelo a su vuelta: casi dos años de UALQUIER español a t e n t o se sentirá sorprendido al ver que Japón es apellido que aparece de vez en cuando en las noticias o en la identificación de algún político. Más aún, recurriendo a un socorrido expediente, lo encontrará cincuenta veces en la guía telefónica de Sevilla y otras sesenta en la de Coria del Río. La sorpresa dejará de serlo si nos enfrascamos en viejas historias. Digamos el año 1613. Fue entonces cuando Daté Masamune, señor de Woxún, decidió enviar embajadas a Felipe III y al Papa Pablo V. Sabía del cristianismo y decidió que todos sus subditos se convirtieran a la nueva fe. Esta fue la pretensión que tuvieron aquellos emisarios: rogar que unos padres franciscanos fueran a evangelizar y a tratar otras cosas El viaje fue largo, y penoso el camino entre montes y mares pero todo se daba por bien empleado por los beneficios que iba a deparar a muchas almas En la mar se escribieron sendas cartas, una para el Cabildo de Sevilla y otra para el Rey. Al frente de un lúcido séquito iba Hasekura Rocuyemon, al que acompañaba el franciscano fray Luis Sotelo, sevillano. S. Jérrero AUTOMÓVILES San Francisco de Sales, 12 (1893) de Julián de Casal. Y si algo faltara, fue japonesa Sada Yacco, la danzarina amiga de Picasso. La influencia francesa no viene a humo de pajas: antes de las fechas que doy para España, nuestros vecinos la descubrieron en 1875, cuando se celebró la exposición del Palacio de Industria. Después vendrían nuevos y nuevos testimonios: la pintura de Renoir y la Madame Chrysantéme de Pierre Loti, que es de 1885. Japón había irrumpido en la cultura de Occidente. Sería un mundo exótico, ciertamente, pero el conocimiento y los intercambios iban a dejar muy lejos aquellas ideas que sobre el Japón corrían a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando el padre Acosta se sorprendía ante la escritura de chinos y japoneses que afirmaban poder escribir cualquier cosa en su lengua, o Rodrigo Caro, para quien el baile japón era una danza deshonesta. Dejemos este excurso por la historia y volvamos a lo que la lexicografía nos dice. La historia lingüística se amparó en problemas de homonimia: Japón país asiático y sus habitantes resultaba ambiguo. Entonces se recurrió a partir el sol: Japón país japonés adjetivo que se correspondía con él. Por un momento se pensó en crear otra dualidad: China chinés pero chino no producía homonimia, y chinés a pesar de La verbena de la Paloma no contó con aceptación popular: chiné chinel acreditan la incierta presencia. A la pequeña historia de gentilicio se han asomado numerosos problemas de la historia cultural. Me he fijado en los que tienen un tipo de relevancia, pero hay otros. En Colombia, japón es una pierna de res rellena con carne de cerdo, cordero, etcétera No es desdeñable el mundo de la cocina: un plato bien japonés, tempura identifica la témpora cuaresmal con la abstención de comer carne. Y así, imitando a los portugueses, salieron esas verduras rebozadas que todos hemos comido. El gentilicio japón tuvo un grandísimo arraigo en nuestra literatura de los siglos XVI al XVIII, hasta que un certero tajo acabó con el término antiguo para reemplazarlo por un japonés que resolvía la homonimia. Pensamos en la historia cultural y evocamos a la poesía; a pesar de todo, quedan los nombres Manuel ALVAR de la Real Academia Española