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20 A B C OPINIÓN LUNES 19- 7- 1993 Panorama JARDINES ABANDONADOS C EMENTERIOS de automóviles, basureros humeantes, colinas de hierros retorcidos, playas salpicadas de metales y plásticos, oleadas de hambrientos en busca de futuro. El rostro deforme de nuestras sociedades, un rostro que no por no quererlo ver es menos real: al contrario, cuanto más nos neguemos a sostener la mirada más torpe será nuestra capacidad de maniobra. Cuando vayamos a reaccionar será demasiado tarde, la realidad devoradora nos habrá pillado entre sus garras obligándonos a ser náufragos que la corriente golpea, errantes sombras sobre el duro asfalto, fantasmas temerosos en laberintos de triste cemento, con nuestros motores muertos por falta de combustible, aplastados bajo el peso de solitarios lamentos. Y las aguas lejos y los almacenes saqueados y el alimento incierto. Y otra vez volverá el enfrentamiento, como ya está sucediendo en este continente que ha dejado de ser balneario para convertirse en avispero. Porque nos habían convencido de que los conflictos habitaban otros mundos, nunca el nuestro, y es idea estúpida que todavía hoy nos sustenta aun cuando advirtamos que están pelando las barbas del vecino. No es suficiente para poner las nuestras a remojar ni la evidencia del fin del periodo de abundancia- eso calificado como desarrollo material indefinido, el famoso overshoot sobrepasamiento, exceso- preferimos oír hablar de crisis mientras llega la dichosa recuperación que no llega, mientras cada día se nos machaca con la subida o bajada de los tipos de interés, asunto éste erigido de la noche a la mañana en el abracadabra de la economía, no obstante resulta incomprensible para la inmensísima mayoría. Crisis es vocablo antesala de catástrofe. La crisis ha pasado y, en efecto es catástrofe lo que se nos viene encima, pero no van a decirlo porque es consigna que la alarma social no cunda. Estamos a punto de una civilización en ruinas, a punto de ofrecer al Universo la melancolía de los jardines abandonados en que la maleza se adueña de rincones en otro tiempo floridos, jardines de grandeza extinta, de jazmines quebrados y madreselvas raquíticas, jardines de secos surtidores y pérgolas vencidas. A eso vamos y parece que, mientras siga abaratándose el precio de los coches nos importe un bledo que del jardín se ausente la mano que lo cuida. Mercedes SORIANO Escenas políticas ¡EUREKA! eureka! ¡Lo encontré! Des L pues de muchas meditaciones, como el abate Ammón, he descubierto en qué consiste verdaderamente el cambio sobre el cambio, o el cambio del cambio, o el cambio en el cambio, o el cambio por el cambio. El cambio del cambio consiste en la ch final. Mucho más que buscar ministros independientes, don Felipe González ha buscado ministros con la ch final en el apellido, que es un género más escaso. Independientes que quieran ser ministros se encuentran como hongos, a paladas y a manta de Dios, incluso de Dios pero ministros con la ch al final del apellido escasean más, y ya son otra cosa. Bueno, pues don Felipe González ha encontrado dos, uno del género femenino y otro del género masculino, o sea, la pareja de la misma especie para meterla en el arca del gobierno, que viene el diluvio. Se trata, ya lo habrán acertado ustedes, tan listos, de doña Carmen Alborch, ministra de Cultura, y de don Juan Alberto Belloch, ministro de Justicia. Me parece que es la primea vez que en los gobiernos de Felipe González hay un ministro con la ch final, y no tengo memoria de que lo hubiera en los gobiernos de Calvo- Sotelo y Adolfo Suárez, y a lo mejor tampoco lo encontraríamos entre los noventa ministros de Franco, o los que fueran. Franco no era muy partidario de la ch final porque ni siquiera hizo ministro a Samaranch. Bueno, hay una excepción, la de don Javier Solana. Ya sé que Solana no se escribe Solanach, pero es que Javier Solana es Metternich. Ya se sabe que en catalán la ch final se pronuncia como c y hay que decir Alborc y Belloc. A los catalanes les fastidia, y con razón, que desconozcamos su prosodia y que digamos Alborch o Belloch. Con la ny catalana pasa lo mismo. A mí, en Castilla, me llaman Campmani en vez de llamarme Campmañ, como Compañ o Montseñ. González no, pero Franco sí tuvo ministros terminados en ny corno Cavestany, pero los otros ministros le llamaban siempre Cavestani. Los de la Granja Poch, ¿recuerdan? hartos de que le castellanizaran la pronunciación, ponían en sus carteles: Granja Pok Es igual que si Gustavo Pérez Puig escribiera su segundo apellido Puch o como si yo escribiera el mío Campmañ para obligar a los castellanos a que los pronuncien en correcto catalán. Eso parece una estupidez, porque es una forma de falsificar la ortografía catalana para ponerla de acuerdo con la castellana prosodia. Para dar- una idea más intensa del cambio que ha introducido don Felipe González en su gobierno y en su política podríamos caminar por la senda, y yo el primero, de añadir una ch al apellido de los ministros, cuando la admitan sin demasiado esfuerzo, y escribir Serrach, Alberdich, Rubalcabach, Griñanch, Alberich (porque suena mejor que Alberoch) Solbesch y, sobre todo, Corcuerach o Corcuesech. Ni el nombre ni los dos apellidos de don Felipe González Márquez admiten la ch Decir Felipech sería acercarlo a Moloch en la ortog r a f í a y a M e l q u i s e d e c en la pronunciación. Y poner la che junto a la zeta es cosa a la que ni siquiera se atreve Nietzsche, que le coloca una ese en medio. Pero eso es natural, porque Felipe es una criatura que no debe quedar sujeta al cambio, ni mucho menos al cambio del cambio. Felipe no sufre mutación, aunque admita todas las mutaciones posibles. Pero ¿es que no lo sabéis? Felipe es Dios Jaime CAMPMANY HIPOTECAS EN 48 HORAS Cancelamos deudas Calle Modesto Lafuente, 5, bajo 594 43 06 EDIFICIO EXCLUSIVO 1.100 m 2 Zona Auditórium Valido para OFICINAS, CLÍNICAS, ENSEÑANZA, HOSTELERÍA Vende propietario 200 millones. Teléfono 402 01 02