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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 11 DE JUNIO DE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA E dan noticias del Festival de Teatro Clásico de Mérida este año y me quedo estupefacto. Comenzará con los demonis aquellos de los Juegos Olímpicos: divertido. Estará también Golfus de Roma una revista musical americana que será la guinda del Festival divertido también. Un espectáculo, Gladiators (por Dios, no gladiadores sobre los juegos del circo romano: más divertido todavía. Y un ballet de Nacho Duato y dos comedias de Shakespeare del género ligero, nada de tragedia. Todo relajante y veraniego, pero ni una sola obra de teatro greco- latino, para el que se inventó el Festival de Mérida, estrenado en 1933 con la Medea traducida por don Miguel de Unamuno. Habría que decir aquello que preguntaba una compañía de hamburguesas a otra y de lo que Bush se apropió: ¿Dónde está la carne? ¿dónde están las tragedias, las comedias griegas y latinas? Realmente asombroso. Esto pasaba por mi cabeza cuando, hace muy pocos días, en el XIV Congreso Internacional sobre el Drama Antiguo de Siracusa (alternan los Congresos y las representaciones teatrales, este año tocaba Congreso) me invitaron a que hablara sobre las representaciones de teatro antiguo en España. Me defendí como pude, contando cosas pasadas, faustas o infaustas, y no me atreví a decir que en el Festival de este año el teatro greco- latino había sido, por primera vez, eliminado por las buenas en Mérida. Se lo han cargado o la Junta de Extremadura, o su Consejería de Educación, o el Patronato del Teatro Clásico o Espectáculos Ibéricos, no sé. Francamente, me dio vergüenza, pudor ajeno o como quieran llamarlo. Me callé piadosamente. Ciertamente, quizá haya habido problemas, de varios tipos y económicos también, en las temporadas pasadas. Y hay luego la obsesión de llevar gente a Mérida, mucha gente, como sea: con el teatro clásico de verdad con genialidades o no genialidades de varios tipos, con la ópera, la música, el ballet, Shakespeare, versiones modernas de obras antiguas, con cosas de tema más o menos romano con algunas pequeñas bromas. Sin duda, esto es legítimo en principio. Pero el teatro clásico, el greco- latino, es la base, la justificación del Festival. El de Mérida es el único Festival dedicado a él en España, como hay el de Almagro para el teatro clásico español. Las obras que aquí se estrenaban rodaban luego por nuestra geografía. Yo no hablo en contra de que se haga una temporada de ópera, o ballet o de divertimenti varios: pero aparte. La competencia es imposible para el teatro clásico: y la solución por la que se ha optado es la de suprimirlo. Pero la culpa era de la organización, del planteamiento. El caso es que en Italia hay un organismo nacional, el Istituto Nazionale del Drama Antico, que promueve los Congresos y las representaciones de Siracusa, llevadas luego por toda Italia. En Siracusa ponen dos obras, estrictamente clásicas, durante unos quince días: el año pasado hubo más de ABC cien mil espectadores. En Delfos es el Centro Cultural de Delfos, organismo del Gobierno griego, el que, asociado al Consejo de Europa, organiza simposios y representaciones. He asistido varias veces (a primeros de julio próximo hay lo uno y lo otro) En España debería haber, lo he pedido desde este periódico más de una vez (remito a mi artículo del 8 de agosto del año pasado) una organización nacional con una compañía, como la del teatro clásico español, para organizar el Festival de Teatro Clásico de Mérida. En conexión, naturalmente, con las autoridades autonómicas, que podrían, aparte, organizar otras representaciones. El Festival de Teatro Clásico es algo único en España y merece un tratamiento nacional: ni más ni menos que el Museo Nacional de Arte Romano, en la misma Mérida. La Junta de Extremadura se ve sin duda en apuros desde distintos puntos de vista. Ha puesto mucho empeño, soy testigo. Pero, por lo que sea, ella o los órganos que de ella dependen han tirado la toalla. Esperemos que sólo sea por este año, que las cosas vuelvan a sus cauces. Mejor: que se inventen nuevos cauces. Ya los he indicado. Mejor o peor, el Festival de Mérida era lo que teníamos: desde Unamuno, ya digo; luego fue importante el impulso de Pemán y Tamayo, luego ha habido muchas alternativas, más tarde Monleón, primero, Canseco, después, hicieron lo que pudieron. Ehtre altibajos, improvisando siempre, luchando con carencias evidentes, sin verdadera autoridad, pusieron en escena cosas dignas. Organizaron simposios sobre teatro antiguo, con profesores españoles y extranjeros. Me temo que esto, provisionalmente, esté muerto. Veamos, entre tantos, si nos apetece, a los golfantes de las diversas capitales del imperio romano, veamos el circo romano, pues es lo que nos dan. O lo coges o lo dejas. Es larga la historia de las representaciones en Mérida, bien contada en el libro de José Luis Sánchez Matas El Festival de Teatro Clásico de Mérida publicado por el Patronato del mismo en 1991. Personalmente, en la escasa medida en que he podido, he luchado para que en Mérida se haga teatro clásico de verdad. Por citar sólo DOMICILIO SOCIAL AV. DE AMERICA, 124 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 212 M MÉRIDA, SIN TEATRO NI GRIEGO NI LATINO Las Mejores Marcas de la Zapatería Nacional e Internacional Alien Edmonds EL JARDÍN D SERRANO Goya, 6 y 8. MADRID algún detalle, cuando yo estaba en el Patronato, en tiempos de los gobiernos de la UCD, intenté que se legislara que el Festival estaría dedicado exclusivamente en vez de principalmente al teatro clásico (insisto en que pueden organizarse, además, otros festivales) Vano empeño: perdí la batalla del adverbio y luego dejaron de nombrarme. No era cuestión baladí: por el portillo abierto ha entrado todo lo humano y lo divino. Es un decir. Luego, en un simposio en Mérida sobre El teatro en la España romana en 1980, arremetí en un discurso bastante incendiario, titulado Hagamos teatro clásico en nuestros teatros clasicos contra los supuestos genios que toman una obra antigua como pretexto para plantar su ego en medio de la escena y desnaturalizar esa obra. Vano empeño también. Pero tampoco voy a postular un ideal absolutamente exclusivista, podrían en ciertas temporadas ponerse en escena tratamientos modernos del teatro antiguo, es decir, las nuevas, grandes obras antiguas de un Unamuno, un Anouilh, un Brecht, un Giraudoux, un Gide, tantos otros. Podrían, junto a las versiones más fieles, diríamos, al original, ponerse en escena otras lecturas, como yo he visto en Delfos, por ejemplo; pero siempre que aportaran algo nuevo, algo importante. Pero, en fin, no merece la pena renovar ahora esta vieja discusión, puesto que los que tienen el poder han cortado por lo sano. No hay teatro clásico, ni de una orientación ni de otra. Ya volverá: las viejas piedras son, después de todo, resistentes y duraderas. Porque, en definitiva, si no se hacen en Mérida las representaciones que he llamado clásicas (y hay infinitos matices entre ellas) ¿dónde van a hacerse? Obras previstas y ensayadas con tiempo por los conocedores, no por los improvisadores que aparecen en cuanto huelen subvenciones. El teatro de Mérida bien lo merece: es, quizá, con el de Hierápolis Magna, el más hermoso de los teatros romanos conservados. Y es el núcleo desde donde las obras clásicas deben circular luego por España. Con ayuda de todos, con una organización nacional que puede estar conectada con la extremeña, según el modelo italiano. Pero que debe estar basada en la eficacia y el conocimiento. Y no sufrir experimentos como el de este año. En fin, Mérida, entre la prisa de las improvisaciones, la falta de una tradición española en este campo, el afán por mezclar toda clase de géneros y de obras, el desembarco de los que veían allí, en definitiva, una oportunidad para hacer teatro, el que fuera, aunque jamás se hubieran asomado a los clásicos, nos hacía ver, de cuando en cuando, ya lo he dicho, cosas dignas, a veces excelentes. Y ello gracias al sacrificio de directores, actores, también, evidentemente, del Patronato y la Junta. Pero este año todo se ha ido abajo. Esperemos que estas vacaciones duren sólo un año. Y después de esto, ¿qué me dicen ustedes de Sagunto? Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española