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EDITADO PRENSA POR DOMICILIO SOCIAL ESPAÑOLA AV. DE AMERICA, 124 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 160 SOCIEDAD ANÓNIMA 30 DE MAYO DE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA CABA de s e r San Isidro, la fiesta de mayo y de la primavera, la fiesta del toro. Hablemos del toro. Hay tres animales nobles, adoptados por el hombre, compañeros del hombre, rivales del hombre, símbolos de lo mejor que hay en él: el perro, el caballo, el toro (el águila y el león caen más lejos) El perro es díos en Egipto, el caballo está adscrito a lo divino en Ta India, en Grecia, entre los celtas, el toro en mil lugares. Destacan Creta y España. ¿Quién no ha visto los juegos del toro, los gráciles atletas que danzan y saltan entre sus cuernos en ios frescos de Cnosos? ¿Y los cuernos rituales que llegan desde el Mediterráneo oriental hasta Mallorca (y a nuestro Museo Arqueológico) Y aquí, en España, están las corridas, esto es, la persecución del toro, huida ante el toro a la vez: en Pamplona, en Cuéllar, en otros lugares. Y el toro de cuerda, ya atrapado y flevado tirando de ésta. Y la muerte del toro en brava lucha y su consumo en la comida comunal tras la fiesta. Puro ritual, puro sacrificio del dios- toro. Es el dios- toro indoeuropeo, que brama entre las nubes, que se encarna en el dios del tiempo y en otros dioses hetitas, en el Zeus y el Dioniso griegos, el Indra indio. El que presta sus cuernos a los dioses hetitas, a los guerreros vikingos. El que muge en los misterios de Dioniso, en que unos mimos que contagian el terror Imitaban su mugidotrueno, según Esquilo. Ese toro fecunda a la hembra con su semen, al campo con su lluvia. Minos- toro se une a Pasifae, nace el Minotauro. Zeus- toro se une a Europa (nacemos nosotros) Pero no es sólo Grecia. En Satal Hüyük, todavía en el Neolítico del quinto milenio, en Asia Menor, se nos representa al diostoro naciendo del vientre de la diosa, con su cabeza y sus cuernos por delante. Luego vienen la Creta Minoica, la India, Grecia. El dios llega a Occidente, ya se ha dicho. Y en la escultura indígena de nuestra Península tenemos, entre otros, los toros de Guisando o aquel verraco contra el que el ciego dio a Lázaro una gran calabazada en Salamanca, en el puente del Tormes. En el Olimpo griego, en las cumbres del Taurus que de él reciben sg nombre en Anatolia, en los páramos de Avila, el diostoro sigue reinando, mugiendo, trayendo la lluvia. Seduce, rapta y fecunda a la diosa madre de las religiones del Oriente y de Grecia. En los relieves de Yazilikaya, cerca de Bogazkoi, presta sus cuernos a múltiples deidades. También los ríos fecundos de Grecia y de Italia reciben el simbolismo de sus cuernos. Y hay los ritos. El del salto del toro, en las corridas cretenses. El de su captura, representada vivamente en las copas de oro de Vafio, en fecha micénica. El del mito de Teseo, que capturó al toro y lo llevó a sacrificar a Atenas, sujeto de una cuerda. El de las taurocatapsias que en Magnesia y en otros lugares del Asia griega llevaban a término la captura festiva del toro, primero, y su sacrificio, después. El de nuestras corridas medievales, con motivo de fiestas y de bodas, para impetrar la felicidad de. l año, la fecundidad del sexo. Nuestro Alvarez de Miranda escribó sobre esto. A la corrida, persecución y captura, sigue el sacrificio, la culminación de la fiesta del A TORO toro. En Grecia, en España. Un sacrificio, y sobre todo un sacrificio de un animal- dios, es algo terrible. Es sacrificado para que siga la vida: dé de comer al pueblo, deje su lugar a nuevos dioses del año Pero es horrible. El sacrificador que, en Atenas, mataba al toro en la Dipolias arrojaba el hacha hacia atrás, sin mirar, y salía corriendo. El que mata al dios es un héroe, un sacerdote que corre riesgo y abre el futuro. Pero ejecuta un acto horrible. El toro muerto es también un dios, y un dios que muere con una muerte bella. En España la corrida se ha estilizado, hecho puro espectáculo en el siglo XVIII. Mucho queda de lo antiguo, pese a todo, en esta bella danza en que se abrazan, a veces mortalmente, el toro y el torero: negro, grana y oro. Y en las fiestas populares, pueblerinas, más. La corrida es la fiesta del pueblo, en la plaza del pueblo, es la culminación de la fiesta que busca la felicidad para el año venidero. La fiesta pagana más o menos oculta, antigua, que sigue a la misa y el sermón de la fiesta cristiana, más reciente. Conviven estos dos elementos malamente. El toro era visto por los cristianos como peligroso, aunque no se le asimilara al diablo, como pasó con otro animal dionisiaco, el macho cabrío. En una cantiga de Alfonso el Sabio, la Virgen contiene al toro desmandado, que causa el pánico: el toro de la boda. Y San Juan de Sahagún detuvo a otro toro desbocado, en Salamanca, con aquella frase de tente, necio que dio nombre a una calle que aún existe. Trataban de cortar la pasión irracional, dionisiaca, pagana con la razón cristiana. Pero sigamos. En una fiesta como la de San Juan en Soria, tras la muerte del toro hay el festejo comunal en que el animal es consumido como en los antiguos sacrificios de varios animales (carnero, macho cabrío, cerdo... en las ciudades antiguas. Y no hace tantos años yo vi en Aguilafuente (Segovia) en los intermedios de la corrida, los restos vivos de las antiguas fiestas de fecundidad: la danza sobre zancos, la de la serpiente, los bufones. En el sacrificio algo muere, algo renacerá. La Iglesia ha heredado esto, lo ha traspuesto a otra esfera. El toro es el varón deificado, el símbolo de la agresividad noble, de la fecundidad y de la vida. Muere bellamente, en una danza desesperada, ¿Ca Q eclacdóiv de Solo por 20 días presentamos la mejor COLECCIÓN DE PERLAS CULTIVADAS Y AUSTRALIANAS, cedida por nuestra Casa en Japón, para su venta a precios excepcionales JESVS YANES MADRID 1881 deja detrás su estirpe. Y su esperanza. Curiosamente, la hembra- queda oculta en esta danza. Pero sin duda existe. Pasifae, enamorada del toro, se disfrazaba de vaca para unirse a él, concebía al Minotauro. Europa, robada por el toro, tenía miedo entre las olas del Egeo: pero Venus reía, sabía que Europa al final se congraciaría con su raptor, le amaría, daría su nombre a un orbe nuevo, el nuestro. Y nuestras corridas celebraban con frecuencia una boda, eran parte de ella. Así en la cantiga del Rey Sabio, en el Peribáñez de Lope, en costumbres conservadas en los pueblos de la alta Extremadura. Así, en nuestras corridas de toros, no ya la Creta Minoica y la Grecia que siguió, incluso el Neolítico de Satal Hüyük, están presentes. Ahí está el animal que representa la renovación de la vida y que, sin embargo, ha de morir, g l o r i o s o sangriento, para que siga la vida un ano más (otro toro venará) Ño va a permanecer sin gloria, mero rey de la vacada, junto a su madre querida que decía Píndaro: ha de correr el riesgo, afrontar la muerte. E ilustrar al que le dará esa muerte y mostrar ante el pueblo todo su esplendor. Dejar detrás de sí un hueco para que todo, otra vez, se renueve. El dios muere en primavera para que viva el dios, se renueve la vida. Es un espectáculo cruel. Por supuesto. Como la vida misma, que es así. Más cornadas da el hambre decía aquel torero. ¿Y las que nos dan todos los días, y damos, cuando reñimos a la vez siete batallas, y ni siquiera podemos aparentar que las reñimos, lo hacemos disimuladamente, parece que es de mejor educación o más seguro? Cuando muere el toro, por lo menos, junto a la sangre hay luz, danza, música, belleza. Y la esperanza del eterno retorno. Muerte hay, claro está. También la encontramos nosotros al final de la corrida de nuestras vidas, en que somos, al tiempo, torero y toro. Con frecuencia, con menos dignidad y belleza. En realidad, la corrida de hoy es igual a la de ayer y a la del origen de los tiempos, a la de mañana, a la deítiempo sin fin, a la corrida eterna y única, siempre renovada. Hay una constante de humanidad, de futuro, de belleza. En esta cultura feminoide, no masculina ni femenina, que nos rodea y que a veces produce, junto a algunas hembras bravias y admirables, un cierto ambiente no muy masculino entre nosotros, el toro, la corrida, recuerdan los antiguos valores del macho (no los machistas, es muy diferente) Junto a los ritos de la hembra, en tantas religiones, había los del macho, éstos. Convivían perfectamente unos con otros, se complementaban al 50 por 100. Es bello contemplar a los unos y los otros. Y recordar a través del toro y de su pasión lo que nos une a la antigua Humanidad, a la antigua vida, que, pese a todo, sigue siendo la misma en los nuevos niños y niñas que nacen. Traen los mismos instintos. Entre tanto progreso, demasiado a veces, da idea de la constancia de lo humano el ver que hay algo antiguo que todavía nos arrastra, atrae, conmueve. Viene del Neolítico o de antes y sigue hacia un futuro imprevisible. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española 27 y Goya, 6 El Jardín de Serrano