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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 15 DE ABRIL DE 1993 ABC La primera es la existencia en España, y no en Francia, de grupos nacionalistas muy activos. Se dirá que también existen en tierras francesas; pero allí se limitan a ser una especie de féte foraine poco más que una verbena, con algunos atentados de poco alcance, sobre todo en Córcega. La inmensa mayoría de los franceses saben que lo son, y quieren serlo, y no están dispuestos a cambiar esa condición por otras menores- y entre otras razones, porque no tienen que renunciar a estas. Otra es la situación en España. En algunas regiones, en diversos grados, grupos muy activos y organizados ejercen una fuerte extorsión sobre las mayorías, con varia fortuna, pero con cierta dosis de éxito. La estructura política de España como conjunto de Comunidades autónomas parecería haber extirpado toda veleidad de nacionalismo pero no ha sido así. Hace más de cuarenta años hablé de la insaciabilidad de algunos grupos religiosos que tenían gran influencia; no se contentaban con nada: ni con lo que era justificado, ni siquiera con mucho más. El mismo rasgo presentan los nacionalismos. Ahora estamos asistiendo a un caso sobrecogedor- d e ¡nsolidaridad, crueldad y sobre todo estupidez- en lo que se llamaba Yugoslavia. La plenitud de las regiones, el fomento de su personalidad, la adhesión a ellas de sus habitantes, su conocimiento, son admirables y deseables. No lo son el enquistamiento, la insolidaridad, el narcisismo, acompañado de sentimientos de inferioridad, el deporte de jugar a las nacioncitas. Éste es el factor más importante con el que España tiene que enfrentarse, sobre todo si quiere salvar a esas regiones de la decadencia que las amenaza, y que importa a todos. Ésta es una diferencia decisiva respecto de Francia; si no se la tiene presente, pueden alterarse todas las semejanzas, con ser tantas. DOMICILIO SOCIAL AV. DE AMERICA, 124 2 8 0 2 7- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 128 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA AS recientes elecciones francesas han hecho pensar inevitablemente en lo que serían las próximas españolas. Según los intereses, las opiniones se han dividido de un modo tajante. Para unos, nada tiene que ver la situación de Francia con la de España, y no se pueden derivar conclusiones de lo que ha sucedido en el otro país. Para otros, la semejanza es total: el partido en el poder- e l mismo partido, por cierto- ha sufrido una derrota apenas creíble, y hay que contar con un fenómeno análogo del lado de acá de la frontera. L ENTRE FRANCIA Y ESPAÑA ¿Qué pensar de esa disparidad de opiniones y, lo que es más interesante, de pronósticos? Las dos posiciones tienen algún fundamento, pero no tienen en cuenta todos los factores. Pecan de lo que se llama en inglés wishful thinking o pensamiento desiderativo, pintar como querer en el sabroso giro popular. Y es peligroso abandonarse a esa tentación, porque es fácil errar. Las semejanzas, por mucho que se quieran negar, son indudables. Se trata, no lo olvidemos, del mismo partido en el poder, y desde hace largo tiempo. Sobre él, a causa de una serie de errores de principio, de actos incompetentes, de conductas dudosas, se ha ido acumulando una densa capa de desprestigio. Hay una impresión definida de que el equipo gobernante no tiene capacidad para superar los graves problemas con los que hay que enfrentarse. Añádase a esto, más aún en España que en Francia, el exclusivismo de la gestión del poder por parte del grupo que lo ejerce, sin participación de la inmensa mayoría de la población, y por supuesto de los más calificados en todos los órdenes. Finalmente, se han ido produciendo en Europa, desde hace varios años, movimientos de aversión a ciertas ideologías, más enérgica respecto de sus formas extremas y más saturadas, pero que alcanza a las versiones más mitigadas o disimuladas, pero del mismo origen y con una amplia zona de coincidencia. La orientación dominante en Europa tiene afinidad con la que ha experimentado la política francesa, y no es improbable que siga teniendo nuevos desarrollos. En los últimos tiempos, las complacencias del poder con los sindicatos- que son muy minoritarios y escasamente representativos- han resultado evidentes. Y precisamente con aquellos aspectos suyos que son más irritantes por su insolidaridad y su propensión a la violencia, por su afán de poder, independientemente de las consecuencias para la economía y, por tanto, para los supuestos representados por ellos. Todo esto lleva a pensar que las semejanzas entre España y Francia son muy grandes y autorizan a sacar consecuencias análogas. Pero hay también importantes diferencias, que hay que tener en cuenta si no quiere uno equivocarse. Principalmente, dos, enteramente diferentes entre sí y de signo bien distinto. Tengo la impresión de que se las pasa por alto y no se fija en ellas la atención, a pesar de que son notorias y de gran calibre. nomos PISOS LLAVE Efi MAMO Desde nnAnciAaon CAJA POSTAL 3 DORMITORIOS 2 BAÑOS SALÓN COMEDOR 2 TERRAZAS Parquet, Mármol Cocino Amueblado Antena Parabólica Puerta Blindada Jardines y Piscina LOS CASTILLOS SAN JOSÉ DE VAIDERAS (ALCORCON) LOS M A Í D O S 2 y Y no se olvide que no se puede contar simplemente con las inferioridades ajenas, con los errores, con el descontento; si no se ofrece algo realmente mejor, el descontento vuelve a brotar, y con él el fracaso; y no se puede un país permitir demasiados si quiere salir de los problemas y seguir adelante. Lo más urgente es tener claridad sobre las cuestiones reales y disponer de las ideas- y las personas- capaces de enfrentarse con ellas. La otra diferencia existente entre España y Francia, y esta vez a nuestro favor, es que en Francia existe un presidente de la República que es un hombre de partido. Es evidente que las últimas elecciones han sido una repulsa total de lo que ese partido representa; pero los preceptos constitucionales hacen que siga al frente de la nación que se ha expresado manifiestamente en contra suya; esto introduce una considerable perturbación del espíritu de la democracia, aunque se ajuste a su letra. En España existe una Monarquía, es decir, una Institución no propiamente política, cuyo titular no es, ni puede ser, hombre de partido Su función es precisamente estar fuera de todos ellos, por encima de ellos, ser cabeza de la nación antes que jefe del Estado, representar la totalidad de los ciudadanos, y no sólo una fracción. Desde la Revolución Francesa, y durante todo el siglo XIX, circuló como un dogma la idea de que la República es la manera racional de gobernarse los pueblos. Se trataba, claro es, de la razón abstracta, no de la razón histórica, que es precisamente la que hay que aplicar a los asuntos humanos. Y el gobierno de los países deben serlo; cuando esto se olvida, el desastre está cerca. Aun en el caso de que la persona del Rey no sea excelente o eminente, su permanencia, independencia y vinculación al conjunto de la nación aseguran continuidad, equilibrio y, paradójicamente, un amplio margen de libertad dentro de ese marco que no se altera ni se pone en cuestión. Y hay algo más, si nos referimos a las concretas circunstancias españolas de este momento. La Monarquía está realizada por Juan Carlos I- y nunca olvidaría a la Reina- A las condiciones que se derivan de la Institución han añadido el inverosímil acierto que han mostrado desde hace algo más de diecisiete años. En los últimos meses, y hasta hace unos días, han dado insólitas pruebas de inteligencia, dedicación y- n o lo olvidemos- bondad. Han hecho lo indecible por restablecer la solidaridad entre las porciones de España; y han hecho lo mismo respecto de la historia, en el ejemplo de la para ellos más entrañablemente personal. Si se tiene presente aquello que somos y tenemos, sin omitirlo ni falsificarlo, podemos mirar con esperanza al porvenir. Julián MARÍAS de la Real Academia Española Abeoc. s I 435 35 12 CASTELLO 68 3o A Telfs. 612 00 97