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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 12 DE ABRIL DE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC La lengua y, dentro de ella, el sistema de los nombres es la primera clasificación del mundo, la primera ciencia. Sabemos así dónde nos movemos, podemos conocer la realidad, operar sobre ella. Un mundo sin nombres casi no es un mundo, un pensamiento sin apoyo en los nombres, ni existe. Los nombres son un apoyo para no perdernos en el mundo físico y en el mundo del pensamiento y el espíritu. El hombre es un animal racional, dijo Aristóteles. Pero más exactamente dijo lógico y el logos es tanto palabra como idea, unifica la palabra y el conocimiento. Pero a poco que profundicemos, perdemos la fe en el valor definitivo de la visión del mundo implícita en la lengua. Y ello sobre todo porque vemos que entre las distintas lenguas, las palabras, y concretamente los nombres, con frecuencia no se corresponden. Y en una misma, con frecuencia abarcan demasiadas cosas. Las palabras del bosque y de la madera son la misma palabra en francés, bois el cerdo que anda sobre sus patas y el que se sirve en la mesa son dos palabras, pig y pork en inglés. Todoal revés que en españoi Una palabra se refiere a una sola especie animal o vegetal en una lengua, subsume dos o tres en otra. Nos hemos vacunado contra la gripe, pero resulta que este año ha venido una nueva gripe, con otro espectro bacteriano, que se ríe de esa vacuna. ¿En qué quedamos? Que debajo de cada nombre hay una cosa, es algo que instintivamente creemos. Buscamos entonces afanosamente qué es la belleza qué es la libertad qué es la democracia qué es el socialismo Y nos desazona profundamente que cada hombre o cada grupo humano, aquí o allá o en otro tiempo, vea bajo una palabra cosas muy di- DOMICILIO SOCIAL AV. DE AMERICA, 124 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 128 puesto de nombres bien organizados también. Cuando sabemos el nombre de una cosa nos quedamos tranquilos. El enfermo se queda más conforme cuando le dicen un nombre más o menos griego que designa su enfermedad. Creemos que debajo de cada nombre hay una cosa y que, identificada, nos es más familiar, menos peligrosa. Y si es peligrosa o si a ojos de alguien es de categoría inferior o si deja de tener relación con lo que se piensa que debería tenerla, es decir, si la cosa presenta problemas, la solución, se piensa, está a la mano: se cambia el nombre. Así, a los animales feroces se les cambiaba de nombre para no atraer sus iras: en latín, el nombre antiguo de la serpiente desapareció para dar paso al nuevo, serpens la que se arrastra O alguien se sentía, absurdamente, incómodo porque le llamaran inválido o maestro o dentista o perito o ciego o enfermera y se inventaban nuevas designaciones, que por ahí andan rodando, para sustituir a éstas. Todo el mundo las conoce. Pero hay que renovarlas una y otra vez, porque el fenómeno que pide una nueva revalorización de situaciones, profesiones, cosas mediante el cambio de nombre, se repite indefinidamente. El antiguo inválido es ya minusválido y pronto inventarán algo nuevo. El Tercer Mundo pretendía tener una valoración positiva y vean en qué ha quedado el adjetivo tercermundista Es bien fácil ver que, por mucho que se cambien los nombres, las cosas, los hombres y los animales siguen siendo lo que son. Y que sería mejor cambiar el sistema de las absurdas minusvaloraciones. De tanto prejuicio. Para asimilar la mujer al marido, las lenguas han aproximado los nombres, dicen Ivanova o Mrs. Henderson. Es como si intentaran cambiarlas de esencia. El español es más respetuoso con la realidad: o deja a la mujer su nombre o, como mucho, dice la señora de Sánchez El sistema es el mismo que el que hace cambiar de nombre a los hombres y mujeres que entran en religión o hace llamar Singh el león a todos los sikhs Se pretende cambiar las esencias. Ya son, se pretende, hombres o mujeres diferentes, nuevos. Y es que sigue vivo, en cierto modo, aquello de nomen ornen el nombre es un augurio y nomina numina los hombres son dioses Aquel viejo carácter mágico del nombre: sabiendo el recto nombre se evocaban los espíritus o se atraía la caza, callándolo o disimulándolo se evitaban dioses o animales peligrosos. El nombre era parte del ser, se creía. Pero por debajo de toda esa magia verbal, las personas siguen siendo las que son: pueden cambiar de marido o de religión, entre otras cosas, y conservar, en iodo caso, su identidad. E igual las cosas. u N mundo bien organizado está com- LOS NOMBRES Y LAS COSAS ferentes. Entonces, las palabras nos guían en el mundo, pero también nos extravían. No es lo mismo lo que entendemos por democracia que lo que entendían las llamadas democracias populares una redundancia por lo demás. ¿Es comparable la belleza de una rubia nórdica a la de una china, a la de una negra? ¿Hay, pese a todo, un núcleo común de lo que es bello? ¡Y hay tantos socialismos que casi ni por el forro se parecen! Difícil que nos entendamos, tenemos que limitarnos a usos provisionales, limitados. Más todavía. Las cosas existen aun sin los nombres. En un cierto sentido, ya practicaban el socialismo los reyes de los Estados nacionales, que defendían al pueblo frente a los nobles. Y el régimen de Franco anticipó conquistas sociales. Y éstas las defienden y aceptan ya todos. Y socialistas se llamaban a sí mismos los nazis y los comunistas rusos. La palabra socialismo resulta un tanto vaga e inútil. Lo que hacemos en la práctica es limitarla a la designación de un partido que se da a sí mismo ese nombre aquí y ahora. ¿Qué es, entonces, socialismo en sentido abstracto? Siempre cito a Urban: Toda generalización es falsa, incluso ésta. No nos entendemos sin las palabras; nos entendemos mal con las palabras. Bajo distintas palabras hay lo mismo; bajo una misma, cosas diferentes. Nos ayudan a conocer, nos ayudan a combatimos, a odiarnos, cuando se convierten en insultos divisivos: papista comunista fascista En ciertos momentos no han significado ya nada, salvo odio. La palabra era logos que es palabra e idea: el hombre es un animal de palabras y de ideas, ya se recordó. Es capaz, mediante ese instrumento, de clasificar el mundo físico y mental, y, luego, de modificarlo o utilizarlo. Porque el hombre es capaz de reclasificar: ser original en su manera de conocer, de opinar, de actuar. Y ello porque la palabra y las ideas ya van juntas, ya se separan. Y es capaz el hombre de saltar por encima del entramado de palabras de la propia lengua: de crear otras o tomarlas en préstamo, de crear terminologías científicas que reflejan mejor, o así lo creemos, la organización del mundo. ¡Peligroso ejercicio el de la palabra, que lleva a conocer y a confundir, a disimular, a enfrentar, a inventar fantasías, verdades, mentiras! Está al servicio de la acción, y de la ciencia, y del pensamiento creativo, y del amor, y del odio, y de la simple duda. Nos humanizan, pese a todo, las palabras, los nombres, para lo bueno, para lo malo. Pero habría que usarlos con el máximo cuidado, con la máxima honestidad. Porque debajo de cada uno hay una serpiente o varias serpientes. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española MADRIDtSerrano, 50. BARCELONA: Diagonal, 622