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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 10 DE MARZO DE 1993 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC ser el trampolín para alcanzar y crear uno nuevo. A los tiempos en que Genova y Venecia cedieron su puesto a Sevilla. Y más atrás aún: a los tiempos de Ulises. También el Mediterráneo, como luego el Atlántico, hubo de ser primero descubierto, después surcado y conquistado. Bajaron a Grecia los neolíticos de los Balcanes, los primeros europeos en cuyas imágenes divinas se anticipan ya los dioses de Grecia. Surgieron las viejas culturas de Mesopotamia y Asia anterior, que ya en el quinto milenio creaban ciudades en Catal- Hüyük y Jericó. De unos y otros surgió Creta, la tierra de Minos, la tierra del toro- como España- la primera que con sus flotas dominó el mar y trajo sus huellas hasta nuestra Península (volvió a traerlas mucho más adelante con El Greco) Y llegaron luego los griegos, que no conocían ni la palabra del mar ni las de la navegación ni las de nuestras plantas: hubieron de tomarlas de los pueblos que encontraron. Sólo tarde surcaron el mar que habían descubierto y fundaron en sus costas sus colonias, se asentaron en torno como las ranas en torno a un estanque, decía Platón. Antes tuvieron miedo, como los europeos antes de Colón lo tenían del Atlántico. Ulises, perdido en el Oeste, se topaba con monstruos como el Cíclope, como Escila y Caribdis. El dios del mar, Poseidón, le era hostil. Cierto que las sirenas le cantaban canciones hermosas, pero eran canciones de muerte: había que ponerse cera en los oídos, había que hacerse atar al mástil. Y los frutos del loto eran dulces, pero hacían olvidar la patria. Las diosas, bellas y peligrosas, una Calipso, una Circe, se entregaban amantes, pero querían retener al héroe. ¿Qué hacer? Los dioses velaban por él: Ulises volvió a su pequeña, rocosa isla de ítaca. Pero, tras él, otros griegos volvieron a navegar hacia el Oeste y, tras ellos, los fe- DOMICILIO SOCIAL AV. DE AMERICA, 124 28027- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 128 nuestro Mar del Sur, nuestro Mediterráneo, uno de esos raros días de invierno en que brilla el sol, se calma el viento. Soledad y silencio: sólo el motor de una lancha de pesca a lo lejos, el piar de los pájaros. No hay multitudes bullangueras. Sólo suena el silencio que despierta el pensamiento y el recuerdo. Desde la raya de Portugal a la de Francia, todo el litoral de España es una maravilla. También las islas. Sí, ya sé, los excesos urbanísticos, la especulación, la baja del turismo, la contaminación, las aglomeraciones veraniegas. Sigue siendo una maravilla. En ningún lugar de las orillas de este mar- l a s he recorrido casi todas hay más vida, más riqueza desplegada a la vista, más variedad de gentes y paisajes, más- -todavía- calas o playas recoletas. Belleza de la Naturaleza y de los paisajes humanizados que surgen uno tras otro. Progreso inimaginable hace no demasiados años. Hay, claro, insisto, los problemas. Pero dejamos, un momento, los de casa. El pensamiento salta a los de fuera. Ahí enfrente Marruecos y Argelia nos envían a sus emigrantes en frágiles pateras. ¿Acabarán por anegarnos algún día? ¿O construirá aquí Europa una nueva muralla de China? Malas perspectivas las dos. En tanto, el integrismo amenaza a esas naciones, en cualquier momento puede llegar la explosión. Más al Este, Libia es un volcán sólo momentáneamente tranquilo. Egipto se aglomera en su estrecha faja de tierra junto al Nilo y está inquieto. Los integristas lanzan bombas contra los turistas para acelerar el caos. ¡Cuando recuerdo las falúas en el plácido Nilo, las Pirámides, el Fayún, Luxor con sus templos y sus tumbas, Abu Simbel, donde el tiempo parecía haberse detenido! ¿Para qué hablar, al Norte, de Palestina y Líbano, tierras torturadas? No lejos está Iraq, envuelto una y otra vez en situaciones insensatas. Siria está en paz bajo una mano de hierro, Turquía también aunque no falten ni recuerdos ni problemas, pero al lado está Chipre sufriendo. ¡La bella isla de Afrodita! Grecia está inquieta, teme al turco y al eslavo. Albania es tristeza. Y Yugoslavia es pura guerra, un espectro que hace corpóreos nuestros sueños peores. Y todo por culpa de nacionalismos anacrónicos. ¿No podrían aceptar, simplemente, la historia? Hay que volver a Italia y a Francia para reencontrar la relativa normalidad, paz mezclada de inquietud y sobresaltos, de nuestra España. Luego el pensamiento salta hacia atrás. A los tiempos en que nuestro Estrecho, ahí al lado, pasó de ser el cierre mítico del mundo a N ADA más plácido que una playa de EL MAR DE ULISES Por el precio de un buen piso, compre un... GRAN CHALET INDIVIDUAL 370 m 2 en PARCELA de 1.030 m 2 LAS MANSIONES ¡Sencillamente lo mejor! A 10 minutos Retiro, autovía Valencia, kilómetro 15 CUÉNTENOS SU PROPUESTA ECONÓMICA nicios, púnicos, romanos. Se quedaron allí. Y los romanos, tras luchar con unos y con otros- etruscos, iberos, púnicos, piratas de A s i a- convirtieron el mar en nuestro mar el Mare Nostrum. En cierto modo, lo es aún. Raro momento de unidad. Durante siete siglos, el Mediterráneo fue un lago griego y romano. No sólo sus costas del Norte. Asia producía filósofos, sofistas, satíricos (un Luciano) daba emperadores a Roma, santos a la Iglesia. Egipto y Libia veían nacer a los eruditos y científicos de Alejandría, a poetas y monjes. Allí mismo y en toda África crecía la cultura romana y con ella la cristiana. La cultura espiritual de Plotino, Agustín, Cipriano. ¡Las bellas ciudades romanas de Túnez y Argelia, los bellos mosaicos! El pasado turbulento parecía definitivamente olvidado. No fue así. Este mar ha atraído siempre a los que buscaban su clima y su cultura, su relativa abundancia. Lo que en su día habían hecho los griegos, los romanos y los demás, lo hicieron más tarde godos, vándalos, eslavos, árabes, turcos, normandos. Se imbuían, cierto, de la cultura que encontraban. Pero otra vez era la conquista y la guerra. Todavía están pobladas nuestras costas de torres de defensa contra los piratas de Berbería. Todavía pueden verse en Túnez y en Argelia las huellas de los contragolpes españoles: el castillo de la Goleta, que construyó Carlos V, es la más significativa. Mar plácido y pacífico, mar turbulento. Mar de nuestra cultura, del mestizaje y crecimiento de tantas culturas, tantos pueblos. Mar desde el que todo lo que había crecido en el mundo se lanzó hacia Occidente, más allá de las columnas que sostuvo Hércules el día en que Atlas quiso descansar. Mar en que los griegos y fenicios primero y después tantos otros navegaron, lucharon, murieron. Mar en que los portugueses y españoles ensayaron las exploraciones y conquistas que ampliaría i la faz del mundo. Su placidez y agitación van y vienen. Ya los griegos que tornaban de Troya experimentaron la calma y fas tormentas del Egeo. Su rostro es bello, atrae, pero es engañoso, terr; ble i veces. Luego vuelve a sonreír. ¿O ron varios rostros? ¿Cuál es el verdadero? ¿O le son todos? Ha visto tanta vida y tanta nuerte este mar, tanta gloria, tanta destrucción. Las sigue viendo. Pero mirando al mar de Ulises, a nuestro mar, en este día soleado de invierno, cuesta esfuerzo imaginar su faz terrible: sus tempestades y sus guerras. Querríamos que no existiera, que fuera una mentira de los libros, de los periódicos, de las televisiones. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española GEDECO. Teléfono 402 03 50