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JUEVES 4- 3- 93 INTERNACIONAL A B C 37 Stalin: Tiranicidio por terror Todos sus colaboradores hubieran querido matarlo, pero ninguno se atrevió a hacerlo En la antigua URSS existía la leyenda de que Stalin fue asesinado por sus colaboradores, que sabían que si hubiera vivido unas semanas más los habría fusilado a todos. Pero revelaciones de miembros de la guardia personal del tirano descubren que era tal el terror que éste infundía, que ni los médicos se atrevían a Hasta hace muy poco, la muerte de Stalin estaba cubierta por un velo de misterio. Su heredero Jruschov y, más tarde, su hija Svetlana Alliluyeva, lo encontraron ya inconsciente, agonizante, unas cuantas horas antes de su muerte. Hoy sabemos por fin cómo murió. Sus guardias, que todavía defienden a su amo muerto hace 35 años, han reunido unas memorias colectivas que, dejando a un lado la simpatía política de sus autores, tienen un enorme valor histórico. Varios días antes de su muerte, el 28 de febrero de 1953, Stalin invitó a Beria, Malenkov, Bulganin y Jruschov al Kremlin a ver una película. Fue el último encuentro con sus más allegados, y ese hecho, junto con los aullidos ebrios de su hijo Vasily- Mataron a mi padre! ha servido de base a la teoría de que a Stalin lo mataron sus aliados- teoría cada vez más aceptada en la Unión Soviética. Habría sido un triunfo, aunque tardío, de la justicia histórica. Como dijo Thomas Jefferson, El árbol de la libertad debe alimentarse de tiempo en tiempo con la sangre de patriotas y tiranos Pero, ay, durante los treinta años de la tiranía de Stalin- por lo menos hasta fines de febrero de 1953- nadie trató nunca de asesinarlo, mientras que él mismo mató a millones de enemigos y conspiradores imaginarios. ¿Será que el arte de una autocracia afortunada es precisamente ese: el de anticiparse a los enemigos potenciales y descubrir las conspiraciones antes de que surjan? Las sesiones cinematográficas del Kremlin, como las fiestas que las seguían, eran acontecimientos rutinarios cuyas listas de invitados indicaban el favor o disfavor de Stalin hacia su cohorte. El periodo anterior había dejado de invitar a Molotov, que era la lealtad encarnada y había aceptado sin dificultad que arrestaran a su esposa por sus lazos con el sionismo (había asistido a la recepción ofrecida por Golda Meir, embajadora del recién nacido Estado de Israel) Aún después de la muerte de Stalin, Molotov protestó por las revelaciones de Jruschov; por eso fue expulsado del Partido, al que sería reincorporado poco antes de su muerte. Murió en 1986 a los 96 años, siendo un stalinista convencido y señalado cuyo fervor no disminuyó luego de 30 años de servir al déspota. Los encargados de su seguridad relatan la agonía del dictador ante la pasividad general cuidarlo para que luego no se les hiciera responsables de su muerte. Incluso el verdugo Beria prefería creer que los gemidos de Stalin eran los ronquidos de quien dormía. Un relato aterrador, casi fantástico, pero ilustrativo de las reacciones que suscitaba el dictador, de cuya muerte mañana se cumplen cuarenta años. dor y lanzándoles juguetonamente a él mismo un gancho al estómago. Llamaba a Jruschov Mikita lo que era un buen signo. Siempre que estaba de buenas me llamaba Mikita como se dice en Ucrania Una vez que se habían ido los invitados, Stalin les dio una sorpresa a sus guardias. Me voy a dormir dijo. Ya no los necesito. Vayanse también a dormir Nunca había dado semejantes órdenes. La tarde del primero de marzo, los guardias advirtieron que no había ningún movimiento en el estudio y las habitaciones de Stalin. Se preocuparon, pero más o menos a las 6: 30 p. m. las luces se encendieron en el estudio y en la sala. Tuvieron un respiro de alivio, y esperaron que Stalin llamara a alguno. Pero no ocurrió nada. Estaba oscureciendo rápidamente. Las 7, las 8, las 9, las 10. Los guardias ya estaban preocupados: era evidente que la rutina diaria de Stalin se había roto. No importaba que fuera domingo: el fin de semana su rutina era la misma. Hacia las diez y media, empezaron- a sospechar: algo estaba mal. P. Lozgachev, Comandante Delegado de la Dacha, escribe: Starosin, que era mi comandante, seguía insistiendo en que yo debería ir a ver a Stalin. Usted es mi superior, le dije; a usted le toca. Y así seguimos discutiendo, pasándonos la pelota. Lanzó un estertor como un ronquido. ¿De qué se asustan tanto? dijo Beria. ¿No ven que el camarada Stalin duerme profundamente? Cálmense y dejen de molestarnos. Dejen de molestar al camarada Stalin rica nadie hacía cosas como esa. Con todo, Stalin dejó de invitar a Molotov a las proyecciones; como dijo Jruschov, su invitación había quedado en suspenso Por si fuera poco, estaba casado con una agente del sionismo mundial Su destino estaba sellado, como el de otros dos miembros del Politburó, Mikoyan y Voroshilov. También habían dejado de ser invitados: Stalin creía que eran espías británicos. Cuando Jruschov cuenta las suspicacias de Stalin, explica que su propósito es explicar la situación, las desilusiones que Stalin sufría en la etapa final de su vida Si hubiera sido lo único que pasara en su etapa final... En el suelo Hasta que llegó el correo, y nos dio un pretexto para ir a verlo. Pasé por un par de cuartos, pero a Stalin no se lo veía por ningún lado. Sólo al final me asomé al comedor pequeño. El espectáculo era horrible. Me quedé completamente helado; el cuerpo no me obedecía. Stalin yacía en la alfombra, cerca de la mesa, apoyándose en el brazo de un modo muy raro. Sin embargo, ha de haber oído mis pasos, y parecía estar llamándome con la mano apenas levantada. Corrí hacia él: ¿Qué pasa, Camarada Stalin? En respuesta, oí un sonido incoherente, algo así como zzz Había un reloj de bolsillo en el suelo, y un ejemplar de Pravda en la mesa vi una botella de agua mineral y un vaso. Llamé con urgencia a Starosin, Tukov y Butusova por el interfono. Vinieron rápidamente. Alguien preguntó: ¿Quisiera que lo ayudáramos a subir al sofá, camarada Stalin? Asintió con un leve movimiento de cabeza. Lo llevamos juntos al sofá del comedor. Llamamos inmediatamente a Ignatov al KGB, pero era demasiado cobarde y nos envió con Beria. Tuvimos que trasladar a nuestro paciente a la sala grande. También lo hicimos juntos, y luego lo tendimos en el sofá y lo cubrimos con una manta. Parecía como si estuviera temblando de frío; debía de haber estado tirado allí, desamparado, desde las 7 ó las 8 p. m. Me quedé junto a la cabecera para atenderlo. M. Starosin, de Misiones Especiales, relata: Molotov, agente imperialista Y al mismo tiempo Stalin sospechaba que era un agente del imperialismo norteamericano sin otra base que el rumor de que, estando en Norteamérica, Molotov había viajado de Washington a Nueva York en un vagón de tren personal. ¿Cómo se había podido dar ese lujo? Tenía que haberse vendido a los americanos. Stalin le envió un telegrama a Vyshinsky, el embajador soviético en las Naciones Unidas. Vyshinsky respondió inmediatamente que las vías de ferrocarril eran propiedad privada en los Estados Unidos, que Molotov nunca había tenido un vagón particular... y que, en primer lugar, en Norteamé- De buen humor Cuando la proyección terminó, los cinco- Stalin, Beria, Malenkov, Bulganin y Jruschov- fueron a la Dacha Cercana la de Kuntzevo, más cercana a Moscú que la otras dachas de Stalin. Según Jruschov, la cena se alargó hasta las cinco de la mañana; según sus guardias, Stalin se quedó solo hacia las cuatro. Lo último que Jruschov recuerda es a Stalin encaminando a sus invitados al recibi-