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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 27 NOVIEMBRE DE 1992 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA IETO de esclavo, pequeño y regordete, vapuleado en las guerras del imperio, funcionario de poca categoría al igual que su padre, Horacio, vuelto a Roma tras su derrota en Filipos al lado de Bruto el año 42 antes de Cristo, trataba de labrarse una carrera literaria haciendo bandera del inconformismo. Tenía, ciertamente, un patriotismo romano y sentía necesidad de que hubiera paz y terminaran de una vez los años de la guerra civil. Pero era individualista y un poco epicúreo, no gustaba de las grandezas imperiales ni del rigorismo moral que ahora trataba de imponerse. Era más bien bon vivant hombre de buen sentido que ironizaba de todo, incluso de sí mismo. Era una especie de Cervantes vuelto a España ya cansado y una especie de Sancho sentencioso e irónico. Don Quijote sólo en cuanto que era un esteta que gozaba no ya con los encantamientos de los libros de Caballerías y las novelitas de estilo italiano, pero sí con mitos delicados. Y he aquí que a este republicano que deambulaba por la Roma de Augusto, Mecenas, el todopoderoso ministro, a quien Virgilio le presentó el año 37, le hizo su amigo, le convidaba a su casa, le regaló una finca en la Sabinia (a él que amaba tanto el campo- pero también la ciudad- Y que el propio Augusto quiso hacerle su secretario y le pedía que glorificara el imperio y escribiera para las fiestas imperiales. Y él estaba de acuerdo con la paz y con la nueva prosperidad, pero amaba sobre todo su vicia privada, su independencia. ¿Qué hacer? ¿Qué habría hecho Cervantes si Felipe II le hubiera ofrecido el puesto de secretario? Navegó entre dos aguas con dignidad. Celebró en sus versos a Mecenas y a Augusto y aceptó la casa de Sabinia, pero estuvo siempre fuera del círculo del poder. Rechazaba a los importunos que le pedían recomendaciones, a él que estaba fuera de toda la política. No quiso ser secretario de Augusto. Fue siempre, eso sí, un verdadero romano. Escribió el carmen saeculare para ser cantado en las Fiestas Seculares del año 17 antes de Cristo, celebró la virtus de los antiguos romanos, como Régulo, que al precio de su vida recomendó al Senado no aceptar las propuestas de los cartagineses. Y siguió paseando por la via sacra y por toda Roma como uno más y retirándose al campo de cuando en cuando. Exigió a Mecenas, en términos tajantes, el respeto de su libertad. Curioso destino, solución de compromiso sobre el viejo republicano, el poeta más bien contestatario que intentaba abrirse paso en Roma en torno al año 40, y la nueva corte imperial que tenía precisión de poetas propagandistas del orden nuevo. Había un terreno de entendimiento: él deseo de paz, el amor a Roma, un respeto, pese a todo, por la libertad. El republicano derrotado, el poeta contestatario se convierte en individuo libre, aparte de la política: más bien burgués, en ningún caso un nuevo rico. La corte imperial se contenta con lo que le dan. ¿Y la poesía? Digamos algo de ella. Horacio había estudiado en Atenas literatura y filosofía, cómo no. Se había entusiasmado con Bruto, que le había llevado a las guerras de Asia y luego a la derrota y la desilusión. Y comenzó a escribir al modo del viejo Arquíloco, el maldiciente poeta de Paros, en el siglo Vil antes de Cristo: el hijo de una esclava, el mordaz denostador de amigos, políticos, mujeres, el que se burlaba de cuando en la guerra al lado de sus conciudadanos perdió ABC el escudo (como luego Horacio) Éstos son los epodos o yambos de Horacio, que deben de ser la más antigua de sus obras, anterior a su amistad con Mecenas. Aunque el libro fuera reeditado luego, pues en el texto que nos ha llegado hay poemas en honor de éste. Es característico de la literatura latina el hecho de que comenzó imitando los géneros de la literatura helenística más que los de la antigua literatura clásica. Así hizo Lucilio, el orgulloso caballero del siglo II que fue el modelo de Horacio. Atacó todo lo que había que atacar- política, costumbres- apoyándose en Cércidas, Calimaco, los cínicos; también en Arquíloco. Pero a partir de un momento es la literatura clásica la que pesa más: Arquíloco en Horacio, aunque no faltan en él temas helenísticos. Y ahí tenemos los yambos de nuestro poeta. Los dirigidos contra ciertas mujeres son tan obscenos como. los de Arquíloco. Como éste, Horacio prefiere la mediocridad al reino. Ahí tenemos al usurero Alfio, que elogia la vida del campo (su elogio resuena en Fray Luis) y desprecia las riquezas: sólo que vuelve a Roma en las Calendas para volver a colocar el capital que había retirado en los Idus. Y los ataques virulentos contra ciertos poetas o contra un liberto insólente por sus riquezas o contra la envenenadora Canidia. Arquíloco: pero no tan Arquíloco. No hay ataques políticos como en Fedro, otro imitador del de Paros. Los tiempos no estaban para eso ¿o ha habido una censura? Vienen luego, en el decenio del 40 a) 30, las sátiras. Con una puesta en escena dramática, dialogada, incidentes pintorescos, fábulas, ahí están los viejos yambos suavizados y puestos al día, ya entrado el nuevo régimen. Los romanos tenían el genio de fundir modelos griegos varios y adaptarlos a su ambiente. Arquíloco, de momento, queda lejos. Son las filosofías helenísticas de cínicos y epicúreos, entre otros, las que prestan ahora al poeta romano su base literaria y de pensamiento. Algo nuevo, no estaban demasiado bien vistas en Roma. Ahí tenemos al hombre de buen sentido que es Horacio arremetiendo contra la estupidez humana, burlándose de los hábitos sociales, del rigorismo de los estoicos, de los ambiciosos, de su propia inconstancia que su propio esclavo le reprocha. No jura sobre las palabras de ningún maestro, es sólo un cerdo- dice irónico- de la piara de Epicuro. Pero DOMICILIO SOCIAL SERRANO, 61 28006- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 200 N HORACIO Y LOS GRIEGOS Alfombras Orientales Gran variedad de clases y precios para elegir REGALOS DE EMPRESAS La Esencia de lo Autentico mm es mucho más que eso, y maestros griegos tiene muchos y él es un maestro. Horacio no está contento con su hazaña de ser el nuevo Lucilio, quiere ir más allá de Lucilio. Como otros poetas, quiere injertar en su obra la lírica de los poetas griegos clásicos y arcaicos. Retrocede, desde luego, ante el empeño de resucitar a un Hornero o un Píndaro. Para los de Lesbos, Safo y Alceo, tiene algún predecesor, Catulo. Claro que ciertos temas no le van. Pero otros sí; y otros, los crea. Y es, así, la raíz de toda la lírica posterior: romana, renacentista y moderna. Imitando a los griegos hizo algo nuevo. Fue su gran hazaña. Realmente en la oda cabe casi todo. No aparece el poema de ataque, como en Alceo, ni los temas sáficos, pero sí otros muchos tradicionales: el himno al dios para celebrarlo o pedirle que venga, el encomio, el poema de despedida o pidiendo el regreso, el consolatorio, el que une el tema de la bebida y el de la muerte. Y entran temas nuevos: el billete o mensaje amistoso, la reflexión del tipo de la de las sátiras sobre la codicia o la ambición humanas. La oda es descoyuntada, su rigurosa estructura cede el paso a una más compleja y matizada; y todos los temas se funden, los líricos, los reflexivos, los puramente romanos. A las formas y temas de la Grecia antigua se unen los helenísticos, los romanos. Y advertimos que el mito es tratado por sí mismo no como un ejemplo, sino como un ejercicio estético. El poeta, que cantaba a los dioses oficiales- Apolo, Diana, la Fortuna- para pedir la salud de Roma, canta a Dánae o Europa por su propia belleza. Y las canta a la manera de los poetas helenísticos, de un Teócrito hablando del amor del Cíclope. Dánae, encerrada por su padre en la torre de bronce, es gozada por Zeus en forma de lluvia de oro: el pretexto es la condenación de la codicia, la verdad es la pintura, verdadera pintura, ya io vio Ticiano, de la virgen, el bronce, el oro, el dios (y hasta el avaro) Europa es raptada por el toro y tiene miedo, maldice de la bestia. Pero Venus se ríe, ya la amará. ¿Qué tiene que ver esto con el pretexto, pedir que una mujer no emprenda un viaje por mar? Navegando hacia arriba y hacia abajo entre los griegos, poetas y prosistas, arcaicos, clásicos y helenísticos, satíricos y líricos, Horacio ha creado un mundo nuevo. Ha fundido lo que parecía infundible: ha mezclado, descoyuntado, dado nueva vida. Un hombre delicado, metido sin quererlo en una situación imposible, ha salido a flote. Y ha creado nuevos mundos. Para Roma, sobre todo con sus Sátiras y Epístolas (que escribió tras las Odas, volviendo a sus principios, cuando aquéllas, parece, no tuvieron un éxito excesivo) Para la posteridad, sobre todo con las odas. Un nuevo modo de sentir, de escribir, griego y no griego, con mezclas y destilaciones que para los griegos habrían sido heterodoxas, quedó fundado. Es hora hoy de recordarlo. ¿Qué importancia tienen, ante esto, las circunstancias en que nuestro poeta, no un héroe, pero sí un ser humano sensible, íntegro, tuvo que bandearse? Hablaba para sí y hablaba para los demás: para Mecenas y Augusto más como hombres que como gobernantes; para todos los demás romanos, para nosotros todos. Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española Serrano, 5. MADRID