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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 12 NOVIEMBRE DE 1992 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA E ha celebrado en Nueva York un s i m p o s i o sobre los judíos y conversos en España, al cumplirse el quinto centenario de la expulsión de 1492. Lo ha dirigido, con gran maestría y acierto, el profesor Ángel Alcalá, de Brooklyn College, con participación de americanos, españoles, israelíes y algunos franceses e ingleses. Un simposio itinerante, cuyas sesiones han recorrido diversas Universidades de Nueva York, sin limitarse a Manhattan: Brooklyn College, Yeshiva University, Queens College, City College y, finalmente, Columbia University. Aparte de intervenciones en varias sesiones, me correspondió la conferencia de clausura en el Kaufmann Hall, con un auditorio extraordinario, sin duda atraído por el concierto que siguió a mis palabras. Me habían pedido expresamente que examinara la cuestión en el contexto de mi libro España inteligible así lo hice, con referencias también al pequeño libro, que publiqué en 1968, Israel: una resurrección Pienso que puede valer la pena recordar esta perspectiva. Y es curioso que se hable tanto, y exclusivamente, de la expulsión española de 1492 y no se recuerde la francesa de 1290, ni la inglesa de 1306, ni tantas otras. El esquema, tan difundido en los últimos decenios para definir España, sobre todo la medieval, cristianos, moros y judíos conduce a una grave confusión perturbadora. No se trata de magnitudes ni funciones comparables. España fue un país cristiano, invadido el año 711 por los musulmanes, que ocuparon la mayoría del territorio. Esta pérdida de España fue vista como un contratiempo pasajero, los cristianos se identificaron como tales, no aceptaron el destino de los pueblos del sur del Mediterráneo, igualmente cristianizados, helenizados o romanizados, que hasta hoy han sido orientales, de lengua árabe y religión islámica. La Reconquista fue el proyecto histórico permanente de la España cristiana, europea, occidental: la recuperación de la España perdida con ánimo de restaurar la monarquía visigoda. Ciertamente, la convivencia con al- Andalus fue larguísima y próxima; las influencias, considerables. Pero los dos elementos no son en absoluto equiparables. En cuanto a los judíos, se trataba de minorías en ambas porciones de España, con situaciones variables, que oscilaron entre la prosperidad y el hostigamiento o la persecución. La familia del gran filósofo judío cordobés Maimónides tuvo que vivir penosamente en la España musulmana ocultamente, como criptojudíos hasta que la situación fue insostenible y tuvieron que expatriarse a Oriente, donde murió Maimónides. La expulsión de los judíos de la España de los Reyes Católicos fue, a mi juicio, un error histórico, provocado, como es lo ABC usual, por un error intelectual. Fue un acto específicamente moderno La Edad Media había aceptado la diversidad; por ejemplo: había cristianos, moros y judíos, Alfonso Vil se llamaba emperador de las tres religiones cristianos y moros se hacían la guerra, con los judíos se llevaban bien o mal, pero se reconocía su existencia. La Edad Moderna, que empezó pronto a ser racionalista tuvo pasión por la uniformidad y la homogeneidad. Tras la reconquista de Granada, cuando no quedaban restos de un poder islámico, España era una nación cristiana; de ello se infirió que los españoles eran- o al menos debían s e r- cristianos. El principio cujus regio ejus religio dominó en toda Europa. Era una falsedad: algunos españoles no eran cristianos, y tenían derecho a no serlo: no se puede exigir lo que no se puede pedir. Las conversiones por persuasión- por el ejemplo, por el prestigio del cristianismo ambiente- eran legítimas; las que se debieron a presiones o amenazas no lo eran y nunca se debieron ni imponer ni aceptar. Si se sospechó de su sinceridad, era porque estaban viciadas en su origen. Lo más triste, lo verdaderamente doloroso, es que los judíos de España eran españoles, se sentían tales, participaban de esa condición, de una lengua que han conservado, con una fidelidad conmovedora, en cinco siglos de exilio. Los sefardíes han conservado como símbolo de su identidad el ladino o judeoespañol, en medio de las lenguas de los países de su residencia. Desde mi niñez conservo en la memoria unos versos de un sefardí cuyo nombre no recuerdo: Pierdimos, no es patraña, pierdimos la vieja Sión. Pierdimos después España, nido de consolación. Los judíos que se habían convertido antes o se convirtieron y bautizaron en 1492 se quedaron en España. Fueron los conversos de los que tanto se ha hablado, y con tanta exageración, en los últimos decenios. Hay una propensión entre los investigadores a adoptar una visión genealó- DOMICILIO SOCIAL S ER R A N 0 6 1 2 8i0 0 6- M A D R ID DL: M- 13- 58. PAGS. 136 S JUDÍOS Y CONVERSOS gica de la realidad histórica, a buscar un abuelo o un bisabuelo de estirpe judaica o morisca para interpretar la vida y la obra de sus descendientes. Me pregunto hasta qué punto cuentan para nosotros nuestros antepasados y si pueden explicar nuestra realidad. En todo caso, si un bisabuelo es significativo, también lo serán los otros siete, de los que nadie se acuerda. Y hay un aspecto más que me parece decisivo. La confusión, por la torpe suspicacia de algunos cristianos, de la fe religiosa con las costumbres. Se sospechaba de muchos conversos que lo eran falsamente, porque conservaban usos que habían tenido antes de su conversión. Habría que haberse preguntado por qué no. Léase a Andrés Bemáldez, cura de Los Palacios, amigo de Colón y cronista de los Reyes Católicos; hombre duro, en ocasiones feroz con los judíos, pero agudo. Se da cuenta de que los conversos tienen costumbres que le son antipáticas, empezando por las comidas, los manjarejos como dice, con aceite, ajo y cebolla, cuyo olor mezcla con el posible de la herejía o la apostasía. Pero se da cuenta de que es muy difícil abandonar las costumbres: cambiar costumbre es a par de muerte dice con extraño acierto expresivo. Si esto es así, parece sorprendente que no viera que no se puede pedir ese cambio, y que se podía- conservar las costumbres aun siendo sinceramente cristianos. Como se ve, por debajo de tantos errores, de violencias, de sufrimientos, latían diversas torpezas en el sentido literal de esta paiabra: errores intelectuales, razonamientos falsos, confusión de cosas muy distintas, falta de comprensión. La culminación de esto fue el doble concepto de cristianos viejos y cristianos nuevos Son categorías sociales, no religiosas; no se comprende cómo fueron aceptadas por cristianos. Porque no hay, en absoluto, cristianos viejos cuarenta generaciones de cristianos no hacen un cristiano; esta condición depende de la fe y el bautismo. Todos los cristianos son nuevos Los estatutos de limpieza de sangre fueron radicalmente anticristianos. Pero fueron pocos los que vieron esto con claridad y, sobre todo, extrajeron las oportunas consecuencias. Con pocas excepciones, en Nueva York se han discutido estos problemas con competencia, conocimiento de la historia y gran apertura de espíritu. Empieza a haber suficientes personas a las que interesa entender más que defender una tesis o posición previa. Dicho con otras palabras: se trata de aquellos para quienes cuenta lo que tantas veces sé olvida, se desdeña o se aborrece: la verdad. Julián MARÍAS de la Real Academia Española EDICION INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones