
MIÉRCOLES 4- 11- 1992
OPINIÓN
ABC- Póg. 17
OS votos confirmaron las encuestas. Bill Clinton se sentará en el sillón presidencial de la Casa Blanca. Ha hecho una campaña inteligente, rehuyendo la confrontación personal con Bush y Perot, en la que tenía mucho que perder. Clinton ha demostrado que es un excelente calculador, con instinto para captar los sentimientos colectivos. Después de doce años de conservadurismo, América pide un cambio. Lo necesita. Reagan sobre todo, Bush en menor medida, liberaron muchas fuerzas individuales y empresariales asfixiadas por la burocracia inútil. Pero la economía de mercado vive desde hace casi dos siglos condicionada por los ciclos: son fases de expansión y recesión, movimientos pendulares de unos diez años. Pero hay también etapas paralelas en las que el Estado se expande y se reduce, como en los latidos del corazón. El Gobierno federal ha recortado su presencia a lo l a r g o de los ochenta. Ahora hay un sentimiento extendido que reclama mayor protagonismo del poder político, más ayudas. Es un planteamiento peligroso en el que la nueva Administración habrá de avanzar con pies de plomo. O que la parte más emprendedora de América reclama es la recuperación de su capacidad de competir; es decir, la modernización del sistema educativo y, sobre todo, de la formación profesional, por un lado. Por otro, las facilidades, sobre todo exteriores, que las empresas necesitan para exp o r t a r É s t a ha s i d o la punta de lanza de la campaña. Posiblemente, Bush ha errado al empeñarse en hacer del debate una cuestión personal. Es cierto que el poder presidencial es muy grande. Pero lo que al final se impone en América es el entramado de las instituciones, el sabio sistema de controles y contrapesos. Una nueva Administra- ción y un nuevo Congreso inyectarán energía para relanzar la vida pública, y eso es precisamente lo que pide el país. Clinton ha asegurado que él sabrá, no ya dirigir, sino arbitrar en el complejo entramado de fuerzas que forman las empresas, los sindicatos, los centros de investigación y las universidades. El poder federal, ha subrayado Clinton con sutileza, no es el responsable de crear: tiene que permitir que surjan nuevas formas de competencia y de colaboración. Porque la economía de mercado no es sólo
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CLINTON ABRE UNA NUEVA ETAPA
lucha: también requiere la cooperación. Es necesario que este concepto rebase las fronteras norteamericanas y se extienda, en el polémico marco del GATT, a la cooperación con las otras dos grandes áreas que generan equilibrio y riqueza. El flamante vencedor Clinton no puede caer en el error de fomentar una paz doméstica á costa del proteccionismo y el enfrentamiento creciente con sus aliados; la moderación de Bush le otorgaban mayor crédito entre los Gobiernos europeos y las grandes empresas de la CE. Pero Clinton ha demostrado ser un gran pragmático y las realidades de la economía mundial no le permitirían, previsiblemente, un grado excesivo de intervencionismo. Eso lleva a la gran cuestión del papel de EE. UU. en el mundo, de aquí al final del siglo. Cuestión poco tratada en la campaña. El electoralismo aquí ha demostrado sus peores defectos. Los votos no se obtienen explicando las responsabilidades de América en el exterior. Y, sin embargo, Bush tenía razón: una economía saneada no basta. El fin de la guerra fría deja al país como única fuerza garante del mínimo equilibrio mundial indispensable. ESDE Europa vemos la elección presidencial con una distancia que deforma la realidad americana. El sistema de equilibrios entre el Legislativo y el Ejecutivo, y la impronta federal dominan la vida pública. Se trata, no conviene olvidarlo, de cincuenta Estados con vida política propia. En California, por ejemplo,
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se celebraba ayer un trascendental referéndum sobre la eutanasia. La limitación del mandato de senadores y representantes es otra gran cuestión sometida a los electores en catorce de los Estados. No estamos, por tanto, ante la elección del primer mandatario, sino ante una revisión profunda de las estructuras políticas de la nación, desde la base a la cúspide. Si los datos finales confirman las primeras informaciones, la afluencia de votantes habrá sido superior al promedio de las elecciones de este siglo. En el descenso de la abstención ha influido la preocupación del americano medio, inquieto por el curso general de un país acostumbrado en las tres últimas generaciones a competir en primera línea como líder mundial. La mínima repercusión de la política exterior en los debates electorales ha preocupado a los europeos. Desde este lado del Atlántico se ve a los norteamericanos muy vueltos hacia el interior de sus propias fronteras. A lo largo de este siglo, ese síntoma ha coincidido con los peores momentos, al menos desde que la Revolución de 1917 extendió la aceptación popular de los valores occidentales Las campañas antiamericanas se desvanecen generalmente en Europa cada vez que Estados Unidos hace un gesto de repliegue. ESPUÉS de doce años de defensa a ultranza de las leyes del mercado, una corriente profunda del pensamiento americano- -también occidental- -ha vuelto a la superficie de la mano de Clinton. Hay que dejar, en efecto, que se expresen las fuerzas económicas, pero no cabe ignorar ejemplos como los de Alemania o Francia, donde la seguridad social y la defensa de los desprotegidos ha sido compatible con la libertad empresarial. El mundo occidental no quiere unas fuerzas del mercado abandonadas a su arbitrio. Los años de Ronald Reagan y Bush se cierran con avances, pero también con explosiones de violencia, marginación y pobreza, como hemos p r e s e n c i a d o en Los Ángeles. Las reglas de la competitividad no pueden saltar sobre los mecanismos de protección inventados hace ciento treinta años en un sistema tan poco revolucionario como la Alemania de Bismarck. También en este antiguo debate pueden hallarse razones del eco obtenido por la oferta de cambio del próximo presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.
POSTERGACIÓN DEL PARLAMENTO
ON catorce años de retraso sobre la aprobación del texto constitucional, el Gobierno, apremiado por la exasperación ciudadana provocada por la temporada huelguística otoño- invierno del 91, remitía a las Cortes un proyecto de ley de Huelga sustancialmente correcto. Un señor llamado Martínez- Noval, que asegura ser ministro de Trabajo, defendió con determinación el proyecto ante el Pleno del Congreso el 26 de junio. Hace, pues, ciento veintiún días. Sólo los comunistas votaron en contra de la totalidad de un proyecto avalado por el resto de las fuerzas políticas. Pero ahora las cosas han cambiado. Ahora, el PSOE, con ansiedad electoral, busca reconstruir sus alianzas sociales. Prórroga tras prórroga, el grupo parlamentario socialista mendiga la complacencia sindical y enmienda el texto gubernamental, al dictado de sus interlocutores sindicales, hasta dejar irreconocible un proyecto que, según el ministro, daba un tratamiento equilibrado al derecho de huelga y al derecho ciudadano a contar con los servicios esenciales. La rectificación se produce a espaldas del Parlamento, hurtando el debate social. Si pretenden algo tan inadmisible como excluir a los empresarios de la negociación de los servicios mínimos, ¿quién defenderá al pobre ciudadano inerme ante la patrimonialización corporativa de un derecho fundamental por parte de los sindicatos?
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