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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 13 DE AGOSTO DE 1992 ABC -q u e no era un estúpido, pero repetía estupideces cuando iban en la dirección de sus preferencias- cuando afirma que los españoles exterminaron a los indios en México y el resto de América, sin dejar uno, mientras que los portugueses se comportaron en el Brasil de modo más humano e inteligente. Como México y el resto de la América hispánica encierran millones de indios y aún más de mestizos, mientras que la población india del Brasil no llega a doscientos mil, es muy difícil compartir las tesis de Montesquieu. Y cuando Voltaire dice con toda seriedad- c o n toda la seriedad de que era capazque entre Felipe II y Felipe IV, es decir, durante algo más de un siglo, el más brillante de la cultura española, no hubo apenas nada valioso en España, ni una escuela de pintura y que el Escorial fue construido por un arquitecto francés, cuesta trabajo no responder con risa a su seriedad. Pero la cosa cambia cuando se trata de lo actual. No se puede recurrir al fallo del tiempo- salvo cuando hablan de historia- La verdad, decían los romanos, es hija del tiempo. Pero hay algo, increíblemente olvidado, que se llama evidencia. Hay verdades evidentes que se imponen automáticamente por sí mismas. Hay también enunciados cuya falsedad es igualmente evidente. Las estupideces recientes se pueden tratar por el mismo procedimiento: ponerlas de manifiesto, delante de los ojos. Más que discutirlas, citarlas No conozco procedimiento mejor. Los políticos suelen decir cierto número de estupideces; hay algunas excepciones, y lo malo es que es probable que ello tenga para ellos malas consecuencias. La más frecuente, que no se recuerde lo que dicen y no se les haga caso. Pero si se ponen en fila las cosas que muchos han dicho, con la esperanza de que sean olvidadas después de producir sus efectos inmediatos, si se ve que son vaciedades, enormidades, desfiguraciones, y que encima se contradicen entre sí, es muy difícil que conserven su prestigio. DOMICILIO SOCIAL s E R R. A. N 0 6 1 2 8 0 06- M A D R I D DL: M- 13- 58. PAGS. 104 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA por nadie y que ni siquiera está de moda, y a quien por tanto se puede citar con la conciencia tranquila, llegó a plantearse, la cuestión de si la estupidez es un pecado: Utrum stultitia est peccatum. Llegó a la conclusión de que no propiamente, porque la consideraba procedente de insuficiencia de dotes, y no atribuible a la voluntad. Creo que no tuvo en cuenta una forma, acaso más frecuente ahora que en el siglo XIII, y que no consiste en excesiva limitación de las facultades mentales, sino en su uso. Siempre he creído que para ser un verdadero imbécil, un gran estúpido, hay que estar bastante bien dotado, es decir, poseer condiciones para ser inteligente. En este sentido la estupidez es culpable. La parábola de los talentos es muy aleccionadora. Pero imagínese que no sólo no se usen y aprovechen los talentos, aquellas posibilidades con que uno se encuentra, sino que se apliquen en sentido contrario, no para buscar la verdad y acertar, sino para ocultarla, desfigurarla, errar y desorientar a los demás. La estupidez es contagiosa esta última, muy especialmente. Hace mucho tiempo he observado que si alguien dice una estupidez se puede estar seguro de que la oirá o leerá repetida mil veces. Si se dice algo inteligente, lo más probable es que casi nadie se entere, y si alguno lo hace, se guardará de repetirlo. ¿Cómo defenderse de esta amenaza, que en algunos momentos puede resultar asfixiante? Se propendería a pensar que lo mejor es mostrar que algo es estúpido, decir algo más discreto y confiar en que el buen sentido de los demás restablecerá lo justo. Pero si es verdad- y temo que lo e s- lo que he dicho en el párrafo anterior, lo probable es que no se tome nota de lo segundo y se siga aferrado a lo primero. Habría que pensar en alguna táctica más eficaz. Hay que distinguir entre las estupideces pretéritas- q u e pueden durar siglos sin perder su difusión y crédito- y las recientes, proferidas por nuestros contemporáneos. Respecto a las primeras, el paso del tiempo ha mostrado en la mayoría de los casos su carácter, se ha encargado de invalidarlas y desmentirlas. Lo mejor que puede hacerse es recordarlas No vale la pena discutir con Las Casas, porque los que le rinden culto no aceptarán ningún argumento. La inmensa mayoría de ellos no saben lo que dijo, y se contentan con una vaga imagen hagiográfica e idealizada; pero si les ponen delante sus afirmaciones, son de tal manera falsas, más aún, imposibles, injustificadas, sin el menor intento de prueba, que no hay quien pueda sostenerlas. Lo mismo podría decirse de Montesquieu s ANTO Tomás, que ahora no es impuesto UN TRATAMIENTO DE LA ESTUPIDEZ EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones Los nacionalistas de diversas observanc i a s i n c u r r e n casi constantemente en esas prácticas (recuérdese que Ortega, hace ya más de ochenta años, dijo que todo nacionalismo merece exquisito desprecio Creo que hay que citarlos, poner en claro lo que dicen, no dejar cada frase aislada y confiar en que se borre pronto de la memoria. En algunos casos, y especialmente en los autores que tienen pretensión intelectual, simplemente la mostración de lo que han dicho en diferentes épocas es lo más revelador y concluyente. Hay casos, algunos ¡lustres, en que alguien dice estrictamente Jo contrario de lo que escribió unos años atrás. Se dirá que ha podido cambiar de opinión, y ello es perfectamente lícito; con una sola condición: que lo diga, y si explica por qué, miel sobre hojuelas. Pero al hablar de tratamiento de la estupidez hay que pensar en dos aspectos bastante diferentes. Uno es el tratamiento de lo que tiene de epidemia, la defensa de los demás frente al riesgo de su contagio. En una época como la nuestra, en que el poder de los medios de comunicación es inmenso, podría ser maravilloso y es con frecuencia aterrador, la urgencia de esa defensa no necesita encarecerse. El otro aspecto es el tratamiento de esa enfermedad -intelectual y sobre todo moral- que es la estupidez. Es decir, el intento de curarla naturalmente en los vivos. Creo que el mismo procedimiento es también eficaz para este fin. Si uno se encuentra con sus propias palabras- o act o s- tiene que enfrentarse con unas y otros, recordarlos, verlos objetivamente y como si fueran ajenos, juntos, y por tanto con una exigencia de coherencia- o si no, de rectificación- el efecto tiene que ser saludable. Es el mismo del espejo. Siempre he pensado en él valor de la costumbre de afeitarse, que obliga a los hombres a que nos miremos la cara unos minutos cada día. (Tal vez la barba, cuando no es un uso social vigente, sea una precaución o defensa. Como no creo que la estupidez, la que verdaderamente interesa, sea una mera deficiencia mental irresponsable, sino que depende del uso de las dotes, de la veracidad, de la independencia frente a lo que se dice o se lleva, de la capacidad o incapacidad de sectarismo o fanatismo, estoy persuadido de que es una amenaza universal, que nadie está libre de su tentación. Todos podemos caer en ella, y caemos si no ejercemos escrupulosa vigilancia sobre nuestros pensamientos- empezando por distinguir si merecen llamarse así- -y más aún sobre nuestras palabras y actos. La estupidez es un peligro para todos sin excepción; pero es evitable, y, como el hombre es libre, es además curable. Julián MARÍAS de la Real Academia Española