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DOMINGO 17- 5- 92 BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ESCRIVA ABC 61 Mi hermano Josemaría A lo largo de toda mi vida he mantenido siempre un silencio lleno de respeto sobre mi hermano Josemaría. No me correspondía a mí hablar de su doctrina sobre la santificación del trabajo, de la trascendencia de su mensaje para la Iglesia, o de tantos rasgos de sus enseñanzas espirituales, de los que ha hablado elocuente y autorizadamente la jerarquía eclesiástica. Poco puedo añadir sobre su figura como fundador del Opus Dei, institución a la que no pertenezco, ni tampoco mi mujer ni la mayoría de mis nueve hijos. Rompo ahora mi silencio cuando la Iglesia celebra su solemne beatificación. Con estas líneas quiero dar un tributo de justicia a su memoria y agradecer públicamente a Dios haberme concedido el don inefable de convivir durante tantos años- ¡y tan estrechamente! -junto a una persona tan santa. De entre las numerosas imágenes que se agolpan en mi mente, resaltaré las que se refieren a un aspecto entrañable de su personalidad: el amor que profesó a los miembros de su familia. Recuerdo el día en que murió nuestro padre, tras una existencia marcada por el dolor, en la mañana del 27 de noviembre de 1924, fiesta de la Virgen Milagrosa, a la que le tenía tanta devoción. Josemaría llegó procedente del Seminario de Zaragoza, donde estudiaba. Le dijo a mi madre que estuviese tranquila, porque él se ocuparía siempre de nosotros. Y lo cumplió. Muy pronto nos fuimos a vivir con él a Zaragoza, donde estaba siempre rodeado de chicos con los que hacía apostolado. Dos años más tarde se marchó a Madrid, para obtener el doctorado. También en eso le hizo caso a mi padre, que le había recomendado en diversas ocasiones antes de morir que estudiase, además de la eclesiástica, una carrera civil: Derecho. Gracias a su docilidad a ese consejo pudo sacarnos económicamente adelante con sus clases de Derecho, y adquirió además una mentalidad jurídica, que con su profundo sentido de la justicia le sería tan necesaria con el tiempo para hacer el Opus Dei. En 1927 nos trasladamos también a la capital de España mi madre, mi hermana Carmen y yo, y poco, tiempo después Josemaría me dio la Primera Comunión. Durante ese periodo, en medio de su intensísimo trabajo pastoral, sabía encontrar con frecuencia un rato libre para salir conmigo de paseo. Durante nuestros primeros años en Madrid nos cambiamos varias veces de casa, obligados por las circunstancias económicas. Nuestra vida familiar no tenía nada de fácil ni de cómoda. Mi madre había sufrido sucesivamente la muerte de sus tres hijas pequeñas, la ruina del negocio familiar, el fallecimiento de su marido, los continuos agobios económicos- q u e en algunos momentos llegaron a ser graves- los sucesivos traslados de domicilio, en situaciones duras y difíciles. Sin embargo, en todas esas circunstancias penosas, Josemaría se esforzaba por transmitirnos confianza en Dios, con su alegría serena y con aquella simpatía natural de su carácter. Recuerdo también los primeros pasos del Opus Dei en casa de mi madre, en calle de Martínez Campos, 4- que se llamaba entonces de Francisco Giner- donde nos trasladamos a vivir a hermano enseñaba a poner amor a Dios. Ese cuidado de lo pequeño, por amor, formaba parte de su pedagogía humana y cristiana, que pude observar durante largos años. Me sorprendía el afecto recio y sincero con que trataba a los miembros del Opus Dei. Sabía tener con cada uno mil delicadezas de padre. Se esforzaba por hacer amable el camino de la santidad con detalles concretos de cariño, de simpatía y de servicio. Los miembros del Opus Dei le llamaban Padre y era Padre de verdad. Por eso, se notaba que sufría, y mucho, cuando debía corregir a alguno. Pero, como los buenos padres, sabía hacerlo con lealtad y con sinceridad, incluso con energía si era preciso. No se permitía sentimentalismos ni blandenguerías. nes por el cariño que tienes a tu mujer y a tus hijos; un poquito para que el buen Jesús esté siempre a mi lado, en medio de tantas cosas que he pasado y tengo que pasar por Él desde 1928. Manifestó su cariño con sus palabras y con sus obras, y tuvo unacto de afecto para con nosotros en el que resplandeció su hondo sentido de la justicia y su agradecimiento postumo a nuestra familia, que lo había dado todo por la Obra. He pensado las cosas en la presencia de Dios- m e escribía el 17 de enero de 1968- y, habiéndome asegurado que teníamos derecho a esas sucesiones tanto por nuestro padre como por nuestra madre, he visto que no tengo derecho a perjudicarte a ti y a Yoya y a vuestros hijos: por eso accedí a poner todo en marcha Fue una decisión heroica, porque sabía muy bien que de aquella decisión él sólo recibiría críticas y daría ocasión a calumnias y difamaciones; pero Josemaría era profundamente justo y no quería privarnos, sólo por esa razón, de ese derecho. Hizo siempre lo que pensaba en conciencia que debía hacer: obraba cara a Dios, y nos enseñó, ante la maledicencia, a perdonar y a olvidar. Después de haberlo meditado detenidamente en su oración, y de haberlo consultado con varios eclesiásticos de la Curia Romana- que le dieron su parecer afirmativo- decidió solicitar ese título. Actuó de forma solidaria conmigo y, pasado el tiempo oportuno, sin haber usado nunca el título- jamás tuvo la intención de utilizarlo- me lo cedió. Recuerdo la pena que experimenté cuando Josemaría se trasladó a vivir a Roma. Ahora sé que, en cierta medida, tras su beatificación lo perderé un poco más: ya no será sólo mi hermano, ni sólo el Padre para sus hijas e hijos en el Opus Dei: será un modelo de santidad para los cristianos. Pero es una gozosa pérdida porque estoy seguro de que, como hacen ya miles de personas, muchísimas más le acogerán como intercesor en los cinco continentes. Es lógico: si cuando vivía en esta tierra se desvivía por hacernos cualquier favor, ¿qué no hará ahora, cuando se encuentra junto a Dios, junto a su gran Amor? A su intercesión me acojo yo también, pidiéndole que me bendiga a esta familia suya, a la que quiso con locura y a la que dio un ejemplo maravilloso de paz, de alegría y de santidad. Santiago ESCRIVÁ Josemaría, Santiago y Carmen, los tres hermanos Escrivá finales de 1932. Por aquella modesta casa venían muchos de los chicos que trataba José María en las visitas que hacía con ellos a personas necesitadas de los barrios de Vallecas o de Tetuán, que por aquel entonces estaban llenos de chabolas. Les llevaban paquetes de comida, les daban clases de catecismo y les intentaban socorrer en sus necesidades materiales. En abril de 1941 mi madre cayó enferma. Nadie presentía el rápido desenlace, pues, según los médicos, era una dolencia pasajera. Yo mismo me despedí de ella la mañana del 22 de abril de 1941, y me fui a la Universidad. Aquel mismo día falleció, sin el consuelo de tener tampoco a su hijo sacerdote a su lado. Josemaría se encontraba predicando unos ejercicios espirituales para sacerdotes en Lérida. Mi madre y mi hermana Carmen ayudaron decisivamente a Josemaría a crear un ambiente de familia propio del Opus Dei, ai como a valorar las cosas pequeñas del hogar, en las que mi Pero luego se volcaba con aquella persona con ternura paterna, para no dejar herido a nadie. Y desde que me casé tuvo conmigo, con mi mujer, y con mis hijos, a medida que fueron naciendo, incontables muestras de cariño. Para sus sobrinos fue siempre un tío cariñoso, paternal, que se preocupaba de esos pequeños detalles que alegran la vida de una familia. Guardo un manojo de cartas suyas, que son el testimonio de su gran amor por nosotros. Son cartas sencillas, con un valor eminentemente afectivo, pero que confirman que la santidad cristiana no es algo descarnado. Junto con su petición constante de oraciones, Josemaría me recordaba, por ejemplo, entre otras muchas cosas que, como padre de familia numerosa, tenía la obligación de estar en buena forma física y debía cuidar mi salud, siguiendo las indicaciones de los médicos. Hermano mío- me escribía el 12 de noviembre de 1970- ofrece al Señor esas pequeñas limitacio-