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50 A B C CULTURA VIERNES 24- 4- 92 Francisco Ayala: La patria del El exilio, el Quijote el idioma, el Premio Cervantes, la muerte incluso. Francisco Ayala fue desgranando palabras pausadamente, sin prisa, con el sentir de quien ve la vida desde lejos pero a un tiempo hacia adelante, con la mirada puesta en el pasado, pero sólo de soslayo. En su discurso Francisco Ayala ha (Viene de la página anterior) bló también de América, a la que siente suya, habló de sí mismo como de escritor de ninguna parte, como exiliado que vuelve a su patria sin reconocerla y sin hallarse. Pero por encima de todo recordó a Cervantes, al Quijote en su mente de niño, a la política y a la escritura, a la imaginación y al oficio literario de leer y contar. que un cuarto de siglo) debió actuar bajo la condición ambigua de escritor español en América tenido allí por propio y por ajeno a un tiempo mismo... Como bien se advierte, el intento y la práctica de encuadrar la literatura de lengua española dentro de marcos nacionales no está libre de perturbadoras dificultades. Por eso me parece muy laudable el hecho de que el Estado español mantegan, como mantiene, premios para galardonar obras literarias de sus ciudadanos escritas en cualquiera de los idiomas reconocidos como oficiales dentro del ámbito peninsular, pero que al mismo tiempo haya instituido también, bajo la advocación de Cervantes, este Premio singular que contempla el panorama entero de las letras castellanas. Comencé refiriéndome a lo mucho que como escritor debo a Cervantes. Ya en la infancia, cuando apenas podía entender el significado de muchas de sus palabras, leí el Quijote y para escándalo de quienes pudieran oírme incorporé a mi vocabulario algunas de esas palabras, entonces malsonantes, cuyo significado ignoraba; más tarde, escritor novicio ya, los críticos lectores de mi primera novela pudieron señalar en ella algo que era bastante obvio: los ecos inconfundibles del Quijote y por fin, ahora, escritor valetudinario, he dedicado mi última prosa, todavía inédita, a comentar y en alguna manera recrear cierto maravilloso pasaje del Quijote cidos a una u otra orilla del Atlántico, entre escritores españoles y escritores hispanoamericanos. Sería inoportuno, y por lo demás ocioso, discurrir ahora acerca del alcance y de la cuestionable validez de deferenciaciones tales, pero sí parece loable desde luego la discreción de haberlas tenido en cuenta. Por cuanto a mí personalmente concierne, podría preguntarme, si hubieran de darse por válidas esas categorías, a cuál de ellas debo pertenecer yo- cuestión que en términos diversos cabría plantear también alrededor de otras biografías de literatos, y cuya más adecuada respuesta quizá fuese ésta: que propiamente y de lleno, quizá no pertenezco a ninguna; pues es lo cierto que en alguna manera se encuentra uno emplazado en tierra de nadie. Nacido en Andalucía, tomé parte desde Madrid, durante la época juvenil de mi vida, en los movimientos literarios de vanguardia, que se desenvolvían en estrecha correspondencia con los simultáneos de Barcelona, Buenos Aires, México y La Habana. Luego, las consecuencias de nuestra guerra civil, en la que actué como ciudadano (pero no por cierto como escritor) al lado de la República, me llevarían a reanudar mi producción literaria en varios países de América; hasta que por fin, veinte años más tarde, me fue dado reintegrarme (en puridad, casi reintegrarme) a España, el curso de cuya literatura había sido entre tanto- también a consecuencia de la guerra misma- un curso anómalo por relación al del resto de las letras castellanas. Así, una parte considerable de mi obra fue desconocida, o tardíamente reconocida, en este mi país natal, sin que aquellos críticos e historiadores que se ocupan de El progreso de los medios audiovisuales ha hecho que las gentes pierdan la costumbre de ejercitar la mente y cultivar la imaginación con un libro catalogar, ordenar y categorizar el cuerpo de la producción literaria sepan bien dónde colocar la de un escritor exiliado, cuyo nombre por lo pronto se encontraba inserto ya en los cuadros de la vanguardia española, ya que por otro lado, a partir de su regreso en los años sesenta, había vuelto a hacer acto de presencia cada vez más intensa en el ambiente intelectual madrileño, pero que durante la fase intermedia (un lapso de nada menos Despierto a las realidades U N año más la Reina y yo acudimos gustosos a esta cita de la Corona con el mundo de la cultura, que es la entrega del Premio Cervantes. De nuevo el viejo y siempre nuevo recinto de la Universidad de Alcalá de Henares acoge este acto ya tradicional en las letras de España y de América. Un acto que marca un momento importante para la reflexión sobre nuestra querida lengua española, que une a más de trescientos millones de seres humanos a lo largo y ancho de toda la geografía universal, y que se engrandece con la obra de tantos y tantos autores como han recibido hasta hoy el galardón que aquí nos convoca. Pero en esta ocasión, la entrega del Premio Cervantes tiene una significación muy especial. Este año conmemoramos el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, o lo que es lo mismo, el principio de la larga y fecunda aventura del español como lengua universal. Y al mismo tiempo, el inicio de ese mestizaje cultural que ha dado frutos gloriosos, nacidos a un lado y otro del océano, pero hermanados siempre por el Msrna 5? común, por la expresión en una lengua que se ha ido enriqueciendo con el paso de los siglos. Porque el Quinto Centenario debe ser también, y muy especialmente, la celebración de la lengua. Un pretexto único para ser conscientes del privilegio que supone podemos comunicar en el mismo idioma en el que Cervantes o Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío, expresaron sus sentimientos y mostraron al mundo sus formas de ser. Hoy el español es más universal que nunca y goza de unas posibilidades de difusión como nadie pudo soñar. Por eso recibimos en su día con tanta satisfacción la creación del Instituto Cervantes, con sede muy cerca de aquí, en el Colegio del Rey, y cuyo Patronato nos cabe a la Reina y a mí el honor de presidir. Precisamente la obra de Francisco Ayala se ha desarrollado en las dos orillas del idioma y ha bebido en su origen y en su crecimiento la identidad plural de la cultura hispánica, mientras. se remansaba en los últimos años en la realidad gozosa de la España del reencuentro. Ayala contemej- a 3 a) tufa- demi dos ochenta y seis años el discurrir de la historia y la cultura españolas del presente siglo como alguien que ha contribuido decisivamente a su propia construcción. Desde sus años más jóvenes, cuando publica sus primeros libros al amparo intelectual de Ortega y Gasset y su Revista de Occidente, allá por el año 1925, Francisco Ayala es ya un hombre ligado radicalmente a su tiempo. Un tiempo de frenética actividad creadora en el que se dan cita muchas de sus corrientes literarias y artísticas que han ido consolidando lo más importante de la cultura de nuestros días. Pero un tiempo también en el que la vida política y social de España vivirá avatares decisivos que habrán de desembocar en hechos de obligado recuerdo a la hora de hablar de Francisco Ayala. Porque tras la guerra civil vendrá el exilio, la continuidad de la vida y de la obra en la América de habla hispana que con tanta generosidad acogió a esa España peregrina de la que formaron parte tantos hombres y mujeres de nuestras artes y nuestras Ietras. cl 0. do 5; ello: leo explica. muy. bien Francisco Ayala en sus memorias que bajo el significativo título de Recuerdos y Olvidos recogen una vida apasionante. Francisco Ayala es andaluz, granadino. Su formación vital y literaria se desarrolla, por tanto, en un paisaje especialmente favorable, en un cruce de culturas que él recibirá con los ojos bien abiertos. La madurez llegará en Madrid, con su doctorado en Derecho. Y la culminación de su aprendizaje, en Alemania. Tras la guerra civil vendrá la dolorosa experiencia del exilio, que le llevará a Argentina, a Puerto Rico, a las Universidades norteamericanas de Princeton, Nueva York o Chicago. Nunca consideró el exilio Fran- cisco Ayala como un destierro cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechosttstóricoss scs; or. s; r. er;