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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 16 DE ABRIL DE 1992 ABC unidad de la Divinidad, la posibilidad del conocimiento y el amor en Dios, lo que ayuda a entender su condición personal, única que nos permite una relación verdaderamente religiosa. Cristo, en tanto que Dios y hombre, justifica para el cristiano el antropomorfismo inevitable en la referencia a Dios: está justificado porque al pensar en el hombre Jesús sé piensa al mismo tiempo en Dios, y el que lo conoce, al mismo tiempo conoce al Padre. Me pregunto si esto se muestra adecuadamente a los creyentes o sólo de modo excepcional. Se habla más de la solidaridad que de la comunión de los santos, tan olvidada. Se insiste en los derechos del hombre y muy poco en los deberes para con Dios y con el prójimo, especialmente si es verdaderamente próximo. Nuestra época acepta con demasiada facilidad la idea de que la muerte es la aniquilación total y definitiva del hombre, y, por consiguiente, prefiere olvidar la muerte todo lo posible. Esto es rigurosamente la inversión de la perspectiva cristiana. El cristiano sabe que tiene que morir, que no sólo es mortal, sino- moriturus pero tiene la esperanza de la resurrección y la vida que se suele llamar eterna, mejor sempiterna o perdurable. Esta vida hay que imaginarla para poder desearla, para esperarla y hacer que sea el resorte de esta vida. Y hay que incluir en ello el desenlace dramático de nuestra vida en la tierra, abierta a la salvación o la condenación (la cortesía conduce una vez más a que no se hable de ello) Creo también que sería esencial insistir en el hecho de que hay un fundamento natural de los sacramentos (el arrepentimiento respecto de la penitencia, la condición sexuada que da sentido al matrimonio, etcétera) sería menester mostrar el sentido del pecado- ¿quién se atreve a nombrarlo? -y la posibilidad, natural y sobreña- DOMICILIO SOCIAL SERRANO, 61 28006- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 104 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA e x p e r i e n c i a s mas próximas y más claras, las españolas, pero tengo la impresión de que se podrían generalizar y extender a todos los países que en otros tiempos se llamaban cristianos Hay en todos ellos una tendencia demasiado fuerte a aceptar el punto de vista ajeno al cristianismo, lo que hace difícil ver lo que éste tiene de propio y original y que permite añadirse a otras perspectivas y enriquecerlas, contando con ellas, sin intentar excluirlas. Cuando se habla a Tos creyentes hay que partir de la fe, lo que rara vez se hace. Quiero decir de sus contenidos reales, de los que apenas se habla, a menudo una mención puramente nominal o marginal. Hay una extraña preocupación por no ser diferente un temor de aportar algo nuevo y no compartido por gran parte de los hombres de nuestro tiempo, y, sobre todo, por los que pretenden ser su expresión Al mismo tiempo, si se habla a los que no son creyentes, hay que evitar en absoluto mostrar la fe cristiana como cierta ya que su certidumbre no es fácilmente comunicable y hay que descartar lo que podría llamarse un cinismo de la fe. Pero ésto no significa en modo alguno la actitud de ocultar o atenuar la certidumbre personal, y la posibilidad de su justificación. Se suele pensar que la cortesía exige cierto disimulo de las convicciones. Recuerdo los versos famosos: Par délicatesse j ai perdu ma vie Por delicadeza he perdido la vida Si se trata de la de los demás, y por añadidura de la vida eterna- o perdurable- se puede pensar que el amor es más importante que la cortesía. La Iglesia, en sus manifestaciones públicas, habla, sobre todo, de sí misma o de este mundo, lo cual favorece una tendencia al pesimismo. Creo que debería estar siempre llena de Dios Un cristiano no puede mirar la realidad dejando fuera a Dios. Si se ve la realidad entera, a pesar de todos los males posibles, que por lo demás se exageran, es espléndida. Para un cristiano hay Dios realidad suprema, bondad absoluta; es creador, providente, misericordioso, salvador; consiste en amor, conoce y ama a los hombres como Padre. El balance es en todo caso positivo, porque las cuentas del cristiano son muy diferentes de las de aquellos que no lo son. Hay que tomar posesión de lo que se cree por lo general de manera inerte y sin la menor intuición. La Trinidad es un misterio por supuesto, que rebasa la posibilidad de un conocimiento racional; pero esto no quiere decir que sea ininteligible que no tenga sentido. Se puede comprender muy bien la significación de la existencia de relaciones personales dentro de la- E STOY pensando, sobre todo, en mis LA PERSPECTIVA CRISTIANA tural, de superar el pasado y modificarlo. En cuanto a la cultura, es superfluo recordar que es un elemento esencial de la vida humana y, por consiguiente, de la del cristiano. Se habla mucho de ella, pero al mismo tiempo no se posee lo más importante de la cultura creada por el cristianismo, o por los cristianos, o inspirada por el cristianismo, incluso si la han realizado autores que no eran cristianos personalmente- o creían no serlo, o habían sido considerados como no- cristianos por definidores demasiado estrechos. Se llama cultura a cualquier cosa, con frecuencia a aquello de que se habla en los medios de comunicación. La falta de conocimiento de las lenguas en que se ha escrito lo más importante de la teología y en general del pensamiento religioso, el griego y el latín, es una gran amenaza, sobre todo para los sacerdotes y religiosos: va a ser casi imposible poseer el conjunto de los conocimientos que son el núcleo principal de esta cultura. Paralelamente a este olvido se puede observar un fenómeno que me parece peligroso: en los medios eclesiásticos se aprovecha rara vez la cultura realmente valiosa, aun siendo fundamentalmente cristiana, incluso católica, si no tiene su origen en esos medios. Hay un curioso grado de fascinación por lo que no es cristiano, y que puede ser francamente anticristiano, lo cual coexiste con una actitud de sospecha hacia lo que ha sido pensado y escrito por autores independientes, aunque su contenido sea irreprochable. En este caso no se lo rechaza: simplemente se lo desconoce. El peso del espíritu administrativo es demasiado grande en nuestro tiempo. Invade también el pensamiento religioso, la enseñanza de la religión y, lo que es todavía más grave, la vida de los cristianos. Hay demasiadas reglas, demasiada organización, congresos, encuentros, conferencias, mesas redondas o cuadradas. Todo esto produce una mecanización creciente, que ahoga la espontaneidad, la verdadera libertad creadora. La decadencia de la cultura de nuestro tiempo es evidente; la pérdida de nivel desde 1960 es inquietante; es muy difícil sustituir a los grandes autores que han muerto o han llegado a la vejez. Se tiene igualmente una impresión de descristianización y también la experimento, y he intentado preguntarme cuáles pueden ser sus causas. Hay, por supuesto, otras y más graves; pero he pensado en aquellas sobre las que el pensamiento puede tener algún influjo, y tiene, claro es, alguna responsabilidad. Julián MARÍAS de la Real Academia Española EN ABC TODOS LOS SÁBADOS TODOS LOS PRECIOS DE TODOS LOS COCHES NUEVOS Y TODOS LOS COCHES USADOS