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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 15 DE ABRIL DE 1992 ABC No hay hechos en su vida como los de Pizarro (honrado en Lima) Si hay sangre- y aquí se cita, sobre todo, la matanza de Cholula y la muerte de Guautémoc- fue en momentos de miedo, en esos en que se piensa que no hay más alternativa que la muerte de unos o de otros. Sí, es terrible, para nuestra sensibilidad, pensar en una civilización aplastada, en algo así como si los españoles del XVI hubieran caído sobre la Sumeria o la Asiría de antes de Cristo: es el equivalente. Así son las cosas: España, por una jugarreta del destino, representaba la punta de lanza que la historia había creado, tras las culturas mesopotámicas, las de Grecia, Roma, la Edad Media, el Renacimiento, y vino a chocar con una rama desgajada de las culturas asiáticas, trasladada a América a través del estrecho de Behring, y la aniquiló, borró esa excepción que había quedado en la corriente de la historia. Como Roma conquistó a nuestros pueblos. Pero no hubo sólo conquista, hubo fusión: mestizaje, si se quiere, y no sólo físico, también cultural. Y hubo comprensión, en un momento. La unión de Cortés y doña Marina simboliza todo esto. Se la ha acusado de traidora. Pero las mujeres son fieles a afinidades profundas, más que a las culturales del momento. Las indias amaron a los conquistadores y éstos amaron a las indias: algunos de ellos, es bien sabido, prefirieron a sus esposas indígenas, a los hijos que hubieron de ellas, y renunciaron á volver con sus compatriotas. Gonzalo Guerrero es el caso más conocido, no el único. Hay un libro reciente sobre esto. Así se creó una nueva cultura, hija de la nuestra, de la indígena también. Todo esto es bien sabido. Había, después dé todo, afinidades profundas. Quien contemple el barroco mexicano y la decoración de los templos mayas verá que hay mucho en común. Quien vea el culto a la muerte- l a calavera es su símbolo- de los aztecas y de los frailes españoles lo D O M I C I L I O SOCIAL S E R RANO, 61 28006- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 112 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A sé que es un tema casi intocable. Pero estos temas (y aun los del todo intocables) deben ser tocados alguna vez. Vengo de México, país maravilloso por tantas razones, y me ha dolido comprobar que no hay en su capital ni una calle ni un monumento en honor de Hernán Cortés. Lo comprobé luego en un plano con callejero que compré. Hay calles y monumentos para toda clase de políticos y de revolucionarios (que en fin de cuentas no revolucionaron tanto) pero no de Hernán Cortés. Ya sabemos, los procesos de independencia producen enfrentamientos, las separaciones crean terribles complejos, difíciles de superar. Y a veces se crean símbolos, como Cortés, que reflejan esos enfrentamientos. ¡Pero ha pasado tanto tiempo! Son heridas que deberían haber cicatrizado ya, ahora que están cicatrizando otras, por ejemplo, la que enfrentó al Estado mexicano y la Iglesia católica. En realidad, en la sociedad mexicana ese complejo frente a lo español, si se excluyen ciertos círculos, está pasando, a veces ni ha existido. Pero a nivel oficial quedan tabúes arcaicos como el que señalo. Es triste. En el paseo de la Reforma, una especie de Campos Elíseos que creó Maximiliano, tenemos a la Libertad (el Ángel, dicen) tenemos a Colón, tenemos a Guautémoc. Todo eso está muy bien: todo el que defiende a su patria merece honor, también nosotros honramos a los defensores de Numancía y de Sagunto, también nosotros venimos de un mestizaje. Pero ¿y Cortés, que sobre la matriz indígena fue el fundador, como aquí lo fueron los romanos? ¿Por qué sí Colón (que estuvo en el comienzo de todo y que no economizó la sangre en La Isabela, como tampoco la economizaron tantos revolucionarios) y no Cortés? Y r MÉXICO YHERNÁN CORTÉS reconocerá también. Cortés y los demás v i v i e r o n en su m o mento preciso, eran los exponentes de una historia que llevaba a la unidad a través de la sangre, pero también del amor, a pueblos distintos (no tan distintos) Fueron protagonistas y víctimas de las grandezas y las miserias de su tiempo. Y algunos, como el propio Cortés, estuvieron casi siempre a la altura de las circunstancias. En todo caso no tenemos derecho a renegar de nuestros padres, en los cuales nos reconocemos. Incluso si no podemos darles, en todo momento, nuestra aprobación. Sólo hubiéramos, antihistóricamente, preferido que ciertas luchas no se hubieran dado. Lo que no podemos hacer es insultarlos, y menos en el caso de un Cortés. Cualquier español que contemple el mural- e s pléndido, luminoso, por otra parte- de Rivera en el Palacio Nacional y vea a aquel miserable Cortés recibiendo la bolsa de oro de otro conquistador, vuelve la vista al otro lado. Es de mal gusto, es injusto, no debería estar allí. Salvo que sea un gesto para exorcizar la historia, para que el autor quede en paz consigo mismo. ¡Hermoso país, México! Es fascinante su pasado y, en él, sus culturas indígenas. Tras ver las antiguas culturas de nuestro viejo mundo, es indispensable conocer estas otras en sus monumentos. Reflexionar, a la vista de unas y otras, sobre la universalidad de lo humano, sobre la limitación de las negaciones y las diferencias. Pensar en el dolor de las luchas, de las conquistas y, también, en la esplendidez de los frutos que de ellas, a veces, pese a todo, salen. En los héroes que, como Cortés, brillan dentro de ese cuadro trágico y engendran nuevas naciones. Como un Alejandro. Hoy tenemos ó debemos tener el. sentido de la historia y no ir por ahí descabezando ídolos y negando valores. Pero tampoco apreciar tan sólo los valores contrarios a los nuestros. Recuerdo haber vuelto la cabeza y cerrado los oídos, para no escuchar, en el Museo de Antropología de México- magnífico museo, si los h a y- a un guía que vertía veneno a unos jóvenes estudiantes diciendo algo así como esto: Eran unos bárbaros, no tenían cultura, vinieron sólo a destruir (todo ello en español, por supuesto) No es esto. ¿Y las iglesias, y las plazas, y los palacios, y el barroco mexicano? ¿Y la imprenta, y las Universidades, y la cultura? ¿Y la nación mexicana? De todo ello es símbolo Hernán Cortés. Sería ya hora de que, desvanecidos viejos prejuicios y más allá de la polémica, se le hiciera justicia en México. Fue el más ilustrado de los conquistadores. Sólo se equivocó en una cosa: creyó que ampliaba los dominios de Carlos V y lo que estaba haciendo era crear las bases de la nación mexicana: como Colón creía descubrir el Asia cuando descubría América. Bien cierto que fue un parto doloroso: como el de la nación española en Numancia, en Sagunto. No interpretemos la historia a la luz de idealismos que ojalá tengan éxito en el futuro. La historia está hecha con sangre. Y dé ella, pese a todo, a pesar de momentos dolorosos que ojalá se hubieran evitado, salen cosas espléndidas, como las nuevas naciones de América, por ejemplo. Como nuestra nación tras la caída del imperio romano, tras las invasiones de los bárbaros y de los musulmanes. Tampoco a nosotros se nos ahorraron los dolores. Dentro de lo que era la conquista, de esa extraña alianza de religión intolerante y de ansia casi patológica de oro, Cortés fue, entre los conquistadores, el más humano. EN ABC TODOS LOS SÁBADOS TODOS LOS PRECIOS DE TODOS LOS COCHES NUEVOS Y TODOS LOS COCHES USADOS Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española