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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 19 DE FEBRERO DE 1992 ABC Entonces, quedamos en que lo primero que hay que hacer para proponer un uso es establecer que ese uso se presenta con la suficiente difusión y generalidad. Para esto, naturalmente, acudimos al sentido lingüístico y a la experiencia de los buenos conocedores del español. Pues bien, hay que decir que esto es a veces suficiente, pero otras no. Frecuentemente vacilan sobre la difusión de las palabras e incluso sobre su significado. La honrada verdad es ésta: la lengua española carece de un instrumento fidedigno, de un entramado de datos suficiente para recoger el uso. Hablo del español actual, no del español antiguo, para el que la Academia posee muy nutridos ficheros. No entro ahora en este otro tema. Si yo quiero conocer todas las veces que una palabra aparece en griego antiguo (fechas, autores, formas, contextos, frecuencia) puedo lograrlo, con algunas excepciones todavía, gracias a los CDRom que ha confeccionado el Thesaurus Linguae Graecae de Irvine, California, en colaboración con el cual hemos trabajado aquí en España. Esto es menos fácil para las lenguas modernas, cuya documentación es más amplia. Pero, sin llegar al caso del griego antiguo, para el francés existe el banco de datos Frantext (muy amplio, aunque limitado todavía) al que puede accederse por vía del ordenador desde numerosas estaciones de consulta en toda Francia. De este banco de datos procede la selección de un gran Diccionario, el Trésor de la Langue Frangaise Para otras lenguas modernas hay situaciones parecidas. Pues bien: no para el español. Es una gran laguna, una gran carencia que bien pudiera haber sido un empeño dentro del marco del 92. Pero no lo ha sido. Hay intentos parciales, aquí y allá, en España, en América, en otros lugares: nada con ambición total. Y no sería imposible lograrlo, con una buena coordinación. Si esto no se hace pronto en España, pronto se hará en América y se hará bien. Tendremos que ir a buscar la documenta DOMICILIO SOCIAL SERRANO, 61 28006- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 120 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA N un a r t í c u l o a n t e r i o r hablaba yo de la normalización del español y proponía, Incluso, usar los modernos medios de comunicación de masas para renovar en cierto modo aquellos antiguos léxicos de Frínico, Moeris y Festo que indican lo que debe decirse y lo que no debe decirse: indicativamente, buscando acercar la lengua a un ideal. Me refería sobre todo a dos dominios conexos entre sí, e de los anglicismos y el del vocabulario científico. Intentaba hacer ver, por lo demás, que no se trata de una cuestión simple, sino de una que requiere gradaciones y matices. Para empezar: ¿hay derecho a imponer, o cuando menos a recomendar, el uso de formas inventadas como hematía por muy fieles que sean al modelo español? ¿O a atribuir nuevos sentidos a formas usuales que no los tienen, sólo para evitar ciertos anglicismos o tecnicismos? Esto, aparte del riesgo a que yo aludía de que esas nuevas propuestas no sean aceptadas en la práctica. Porque, en principio, y esto lo dijo ya Sexto Empírico, es el uso y no creaciones analógicas el que debe imponerse. Un uso mayoritario y estable frente a creaciones erráticas o marginales. También yo lo creo así y he de detenerme en este punto para insistir después en que, en ocasiones y con suficiente motivo, habría que crear el uso o tratar de difundir uno nuevo. Entiéndase. Una lengua es algo muy complejo, organizado en niveles sociológicos, géneros literarios, lenguas especializadas, lenguajes personales de poetas y otros creadores. Es inestable, tiene un factor de renovación que la mantiene viva. Ninguno la conocemos plenamente, continuamos aprendiéndola continuamente. Cuando pedimos que haya una norma léxica, nos referimos al núcleo central de la lengua, no podemos descender a los infinitos detalles del uso. Ni podemos entrar a fondo en las lenguas especializadas, ni quitar a los hablantes la posibilidad de crear dentro del sistema de la lengua ni recoger aquello que en ella es inestable, quizá ocasional y pasajero. Ni proscribir los dobletes y las formas sinónimas. La lengua no es un sistema estrictamente económico ni estrictamente cerrado, unitario y estable. Un solo ejemplo. La palabra zulo no ha sido recogida en el Diccionario de la Academia. Por abundante que fuera la cosecha si se despojaran los medios informativos, no se usa más que en un sentido concreto, el del escondrijo de armamento de la ETA. Con un poco de suerte, antes o después pueden desaparecer los hechos que dieron lugar a ese préstamo léxico y la misma palabra. ¿Para qué precipitarse, entonces? Lo mismo hay que decir de infinitas y cambiantes modas en el vocabulario de las nuevas generaciones. Dejemos que se sedimenten. ¿Es seguro que ese sufijo del bocata el sudaca el ordenata va a perdurar? Esperemos a verlo. E 1 LA EXPLORACIÓN Y NORMALIZACIÓN DE NUESTRA LENGUA TAPSA NWAyer AGENCIA DE PUBLICIDAD ción del español a Kansas City o a Minnesota. Entiéndaseme: existen muy buenos estudios monográficos del léxico actual del español en tal o cual país o ciudad o autor o campo semántico. Y muy buenas monografías. Pero tendrían que integrarse, con toda la literatura escrita y lo que pueda recogerse de la no escrita, en ese gran banco de datos, para que todo ello fuera perfectamente accesible. Y no sólo para el trabajo lexicográfico aludido, también para mil estudios más sobre la lengua. Cierto, los datos no lo son todo, hay que interpretarlos. Son una base para el trabajo. Pero una base importante: deberíamos saber, respecto a las palabras o formas o sentidos nuevos, desde cuándo exactamente aparecen, dónde, con qué frecuencia. Si no, estamos condenados a apoyarnos en nuestra ciencia personal unas veces, en nuestras meras impresiones o sospechas o manías otras. De ahí el título de este artículo: la exploración y normalización de nuestra lengua. El trabajo de normalización que vaya a hacerse necesita una fase previa de exploración. La hay, pero incompleta. Una base de datos del español contemporáneo es, me parece, algo absolutamente indispensable. Cierto, exigiría mucho tiempo, dinero y personal especializado, profesional. Pero valdría la pena. Después de esto, vuelvo al tema de la normalización. Tras conocer la situación, hay que tomar a veces decisiones normalizadoras. Y confiar en que sean seguidas. Algo dije de ello en el artículo anterior. Querría insistir. A veces, simplemente, no hay datos o son insuficientes y movedizos: se trata de una palabra nueva que se crea o se toma en préstamo, a veces con adaptaciones en conflicto o sin adaptación. Estamos ante una nueva criatura y hemos de ayudar al parto, a que el niño nazca bien formado. O hay una palabra que entró en la lengua en fecha anterior, pero evidentemente está mal formada. Muchas veces llegamos tarde, nada puede hacer el médico: hay que dejar que esa palabra vaya trampeando con sus deformidades, que ya casi ni se ven. Pero podemos, quizá, llegar a tiempo a veces, lograr un cambio en el uso en el sentido de la corrección, de la coherencia con nuestra lengua: en fonología, derivación, semántica. He puesto ejemplos. Claro que a lo mejor fracasamos: somos médicos imperitos o no atienden a nuestras prescripciones. Debemos intentar de todos modos, en ciertos casos, esta normalización, así concluía yo mi artículo anterior. ¿No es esto lo que quería decir aquel antiguo lema que hablaba de limpiar, fijar, dar esplendor? Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS de la Real Academia Española EN ELRANKING ESPAÑOL DE AGENCIAS POR 3 f AÑO CONSECUTIVO. D T N Y Wl TIEMPO H V Uasoo H E