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XVI ABC ABC 18 mayo 1991 La última palabra w cuando hagas de tí nada. ¿Acaso fue un pensamiento de este tipo el origen del capítulo XIII de la Subida de San Juan? ¿Es la nada de Arabi la fuente de las nadas que brotan del Monte sanjuanista? Más allá de toda prueba palpable, la relación entre sufismo y mística cristiana es evidente, como ya han intentado probar por varios caminos Asín Palacios, Paul Nwya y, sobre todo, Luce López- Baralt. Acaso las coincidencias no sean más que un reflejo- arquetipos, diría Hume- del espíritu místico universal. Leo también en Attár de Nishapur, un sufí persa del siglo XIII: Y perderemos todo para poder ganar todo. ¿No nos viene, de nuevo, a la cabeza las sentencias que San Juan escribió junto al dibujito de su Monte? Reparemos, por ejemplo, en ésta: Para venir a poseerlo todo no quieras poseer algo en nada. Por cierto, ¿no fue también Attár el autor de un libro titulado El lenguaje de (os pájaros ¿Tuvo algo que ver con este texto el perdido tratadillo de San Juan, Propiedades del pájaro solitario Con estas aproximaciones no pretendo revolver ningún ovillo, sino subrayar simplemente el aliento universal de toda mística auténtica. L recordar la tumba de Ibn Arabi en Damasco, me he metido de lleno en temas que exigen más serenidad y espacio. Viendo una fotografía de la tumba del sufí observo que ella también goza de la magnificencia con que se adorna la de San Juan en Segovia. Es curioso ver cómo la memoria de los que, ante todo, amaron la desnudez y el vacío, se ha visto luego revestida con mármoles y oropeles. Hay lecciones que los humanos no acaban de aprender. Parece como si el boato siempre acabara devorando la lección del ejemplo. La Historia avanza- ¿avanza en profundidad? -mientras determinados mensajes permanecen. Son mensajes muy simples explicados a través de símbolos tan eternos como sutiles: la noche, la fuente, la armonía, la luz. Pero parece como si los seres humanos, de tanto verla, nunca acabaran de comprender la luz. Y ya sabemos, las otras luces- l a s luminarias de Fray Luis- ocultas quedan bajo el fulgor de palabras y proyectiles. Antonio COLINAS Una tumba en Damasco OS misiles iban y venían, semanas atrás, sobre los cielos de Oriente Medio y no tuve más remedio que pensar en lo que pudiera sentir de todo ello, desde su tumba en Damasco, Ibn Arabi, el místico andalusí nacido en Murcia. Pensaba en él porque celebramos este año el aniversario de su muerte. El hecho de que también celebremos los centenarios de las muertes de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León, creaba en aquellas fechas de dramáticas confrontaciones bélicas una tan extraña como sugestiva conjunción de signos. Es significativo que tres escritores que vivieron para las ideas de unidad y armonía reclamaran mi atención en aquellas horas de riesgos bélicos y desarmonía mundiaj. Los significados literarios e históricos de estas tres figuras son notables, pero lo que hoy nos impresiona excepcionalmente de ellas es la esencia de sus mensajes, al final de los cuales siempre asoman esas palabras que hoy parecen tan tópicas y desgastadas, pero que son, a la vez, síntesis. de toda revolución en el campo del huma. nismo artístico: interioridad, solidaridad, amor. Sabemos muy bien de las diferencias temporales y formativas que median entre estos tres autores, pero no dudamos de que tam. bien son muchísimas las relaciones existentes entre ellos. Creo, ante todo, en una poderosa razón que los une: como buenos místicos, como amantes de la unidad en la diversidad, saben que el ser humano no habita una aldea o una nación, sino un planeta. Esta firme sensación de universalidad no sólo es patente en el pensamiento abstracto y simbólico del sufí. También la observamos en ese afán sanjuanista de fundir el todo con la nada en el que se entrama su mensaje más sutil; un mensaje, por cierto, tan alejado del enmascaramiento que suponen los comentarios a sus poemas. L w Fray Luis, ese sentido de universalidad que señalábamos adquiere caracteres cósmicos. Aquí es donde las resonancias órficas y pitagóricas- muy acusadas en los tres- nos devuelven a la armonía. En sus noches de contemplación a orillas del río Guadalimar, el autor del Cántico evocará ese pitagorismo que sin duda él había aprendido en las aulas de Salamanca. Los tres místicos fueron también enseñantes a su manera. Como- hemos dicho, Arabi y San Juan fueron más amigos de instaurar sus cátedras en caminos, jardines y noches estrelladas: en un saber que emana de vacíos y de silencios. El saber de Fray Luis- sin quitarle profundidad- fue más formal. No por ello dejó de sufrir los zarpazos que toda heterodoxia provoca y que los tres sufrieron de manera excepcional: la envidia, la denuncia, la prisión, la prepotencia de la ortodoxia aliada con el poder. Los tres fueron heterodoxos- nunca mejor dicho- ejemplares, pero la actitud de los dos primeros llegó a unos extremos inusitados. i- V IN embargo, gracias a ese radicalismo sustentado en vacíos y en silencios fértiles, la historia del espíritu humano va dando saltos hacia adelante, avivando la siempre parpadeante llama de la armonía entre los seres. Armonía era el nombre de la joven, hija de un imán de la Meca, que inspiró los poemas amorosos- también posteriormente comentados- de Ibn Arabi. Él ofreció explicaciones contundentes para los que no atinan a comprender la fusión místico- amorosa sanjuanista: Hoy soy el más tierno amador de las mujeres y el que con más cariño las trata; y esto, porque sé ya de cierto a qué atenerme en esta materia; pero ese cariño nace de que Dios me hace amarlas y no de amor físico o natural. Se irán sucediendo los días de este año lleno de iluminadoras conmemoraciones y de borrascosas señales bélicas. No faltarán, probablemente, ocasiones para ir desvelando tantos temas provocados por esa conjunción de vidas. Pienso, por ejemplo; al releer estos días El núcleo del núcleo de Ibn Arabi, en la posible y siempre misteriosa influencia de sus imágenes- directa o indirectamente transmitidas- sobre el autor del Cántico Dice Arabi en una de las primeras frases de su libro: Lo serás todo S A L OS temas de la noche y de la vida retirada unen las poéticas de los dos místicos castellanos. Pero no cabe olvidar que Juan de la Cruz, como Arabi, también fue un inquieto errabundo. Saliendo de sí- mismos, vagando de aquí para allá- Arabi llegaría desde Sevilla hasta las nieves de Armenia- se encontraban a sí mismos. En la oda a Salinas, de