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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 2 DE MAYO DE 1991 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA UEDE imaginarse fácilmente el estupor de algún etnólogo o sociólogo dentro de un siglo, o aun de medio siglo, cuando se enfrente con el extraño nombre dado a una plaza del barrio madrileño de Orcasitas, Plaza de la Memoria Vinculante Las plazas y las calles reciben nombres que intentan singularizarlas como nombres propios a efecto de su identificación física. Por eso rara vez se les asignan denominaciones conceptuales, como tan ostensiblemente aquí se há hecho. Ésos hipotéticos intérpretes futuros estarían dispuestos, probablemente, a poner en relación ese curioso concepto de la memoria vinculante con el origen del barrio mismo, uno de los más característicos de la expansión madrileña de los años cincuenta y sesenta, un origen de emigrantes del Sur que abandonaron sus lugares seculares de campesinos pobres para buscar trabajo en la gran metrópolis e improvisan en ésta, entre las carreteras de Andalucía y de Toledo, unas viviendas de latas y de maderas, con algún mueble recogido en algún vertedero. La hermosa historia del barrio de Orcasitas el barrio en la expresión de sus habitantes y de quienes trabajaron en la operación) es la de la conversión de ese suburbio infrahumano en un espléndido asentamiento urbano, conversión llevada a cabo por los propios vecinos, que forzaron la intervención de la Administración, y por una ejemplar organización con que ellos mismos supieron dotarse. Pensando en ese origen de emigración, de dolor y de lucha, ese posible sociólogo o etnólogo futuro podría fácilmente pensar que la memoria vinculante que se ha querido celebraren la designa- ción de la plaza podría aludir a la memoria de los mayores, a los humildes lares locales trasladados en la gran migración, los lares a los que se ha pretendido renovar la fidelidad y a los que seguir impetrando la protección. O bien- otra hipótesis también imaginable- que lo que se ha pretendido quizás es mantener viva la memoria de esa gran epopeya vecinal, de la que ha surgido como por encantamiento, desde la miseria y la aflicción, una de las creaciones urbanas más logradas del nuevo Madrid. ABC aprobaría definitivamente un Plan Parcial por la autoridad urbanística metropolitana de Madrid. El Plan fue recibido en el barrio como un gran triunfo. Los vecinos abandonaron sus pobres chozas y fueron alojados por la Administración, ellos creyeron que provisionalmente en tanto la expropiación del terreno y su urbanización se llevaban a término. El Plan Parcial de esa urbanización había sido promovido por la propia Asociación de Vecinos, con los servicios de un grupo de profesionales que quiso hacer de la experiencia un ejemplo de creación urbana y de participación ciudadana. Permítaseme citar de todos ellos al que fue más constante, más luchador, el que coordinó a todos y llevó el peso de las inacabables gestiones con las diversas Administraciones (Administraciones no sólo de distinto nivel, sino también de distinto y cambiante signo político: desde 1957 a 1977) el que fue incorporando a los distintos técnicos según parecían ir siendo precisos, y también el que renunció a cualquier rentabilización profesional o política- n o digamos económica- de su impresionante gestión, el economista urbanista José Manuel Bringas. Los vecinos seguían con emoción y con ilusión las obras, las familias las visitaban con regularidad, el milagro de las calles y de los servicios tan añorados iba tomando cuerpo. Pero llega un momento clave: ¿qué viviendas iban a construirse en los nuevos solares, cuál habría de ser el régimen de su adjudicación, de su utilización ulterior? De pronto la asociación vecinal recibe la sorpresa de que, según la Administración, los vecinos que habían inventado el barrio, que lo habían humanizado, aunque en tan pobres condiciones, que habían promovido su transformación, que habían elaborado llenos de ilusión los planes y normas urbanísticas que estaban presidiendo las obras, que velaban cuidadosa y amorosamente por su realización, esos vecinos no tenían ningún derecho a volver a alojarse en las casas que iban a resultar de las obras que tanto había costado realizar. La sorpresa dejó paso a la ira, ésta se expresó en manifestaciones, en escritos, en agitaciones. Las autoridades, que decían estar en la mejor disposición, invocaban la imposibilidad legal de acceder a los deseos de los vecinos, según resultaba de concienzudos y largos informes de los respectivos funcionarios. La cuestión parecía simple: los vecinos, que habían adquirido la propiedad de su parcela minús- DOMICILIO SOCIAL Si i R R A N O 28 00 DL: 6 61 RID MAD M- 13- 58. PAGS. 128 P PLAZA DE LA MEMORIA VINCULANTE Sin embargo, ocurre que nada de eso tiene ia menor relación con la realidad. La Asociación de Vecinos de Orcasitas, que ha sido la protagonista de esa empresa (su hombre capital, Félix López Rey) ha bautizado el viario (el Ayuntamiento se limitó a suscribir sus propuestas) con un criterio nada enfático. A la Asociación parece haberle preocupado muy poco su propia fama futura y, desde luego, si hubiéramos de referirnos a la memoria de los padres, ha demostrado también con largueza ser imaginativa e innovadora, escasamente tradicionalista. No son esas, pues, ni una ni otra, las memorias cuya vinculación se proclama. Quid del enigmático nombre de la plaza? Es, concretamente, el reflejo de una historia jurídica. En la larga lucha de los vecinos de Orcasitas (que Tomás Martín Arnoriaga ha contado en un libro de 1986, Del barro al barrio. La Meseta de Orcasitas editado por la Asociación de Vecinos y que no creo que haya pasado siquiera a las librerías; tiene una preciosa documentación gráfica) hubo un problema jurídico de alguna importancia. La Asociación consiguió del entonces Ministerio de la Vivienda que se expropiase la meseta donde el suburbio se había establecido, lo que se acordó en 1957, en aplicación del entonces Plan Nacional de la Vivienda. En 1971 se cula de los propietarios de las fincas donde el suburbio se asentó y habían construido sobre dicha parcela su humilde chabola, habían sido expropiados por la Administración como trámite previo para realizar la nueva urbanización del barrio entero; como expropiados, habían recibido su justo precio, que se convino entre las partes y que no dio lugar, por ello, a ninguna reclamación; habían recibido en arrendamiento, además, nuevas viviendas al desalojar el suburbio: ¿qué título legal podría entonces amparar su pretensión de retornar al nuevo barrio que tan ilusionadamente habían promovido y en cuya pobre tierra inicial habían adquirido su conciencia de ciudadanos y su dignidad social, que la Asociación vecinal les había revelado? Era un desafío jurídico grave, pero, finalmente, pudo montarse un proceso contencioso- administrativo, apoyado sobre un dato muy simple para apoyar o dar un título a ese pretendido derecho de retorno: la Memoria del Plan Parcial que se había aprobado y que estaba realizándose decía expresamente que la urbanización se hacía para realojar a los chabolistas. El proceso se fundamentó en que esa Memoria era vinculante, obligaba positivamente a la Administración que la había aprobado; el realojo se había concretado como causa de toda la operación urbanística, desde la expropiación, y como destino final de las viviendas resultantes. La Asociación vivió, como había sido común en toda su historia, directamente, vivamente, angustiadamente, este proceso. La jurisprudencia no apoyaba la pretensión de los vecinos; según ella, la memoria de un plan era una simple exposición de propósitos, que carecía de contenido normativo. Llegó el día de la vista pública en la Audiencia Territorial de Madrid, en octubre de 1973, y la pequeña sala de audiencias quedó llena de vecinos (los más viejos, pues los jóvenes estaban trabajando) que seguían con vivacidad y con respeto el debate técnico y arduo de los abogados. Pocos días después, la Asociación celebró su triunfo: la sentencia de la Audiencia había declarado a la Memoria- del plan vinculante para la Administración. Pero el Ayuntamiento apeló al Tribunal Supremo invocando la jurisprudencia contraria. Nueva vista pública, nueva asistencia masiva de los viejos vecinos, llenos de timidez y de asombro ante las complicaciones que su causa entrañaba y de las negras togas y del ritual solemne con que se estaba dilucidando. Y, finalmente, en una sentencia ejemplar, la de 16 de junio de 1977 (fue su ponente Paulino Martín) el Tribunal Supremo dictó el fallo que por vez primera declaró el carácter vincunlante de la Memoria, doctrina que luego ha pasado a ser uno de los quicios de la teoría jurídica del Plan urbanístico. Esa es la Memoria Vinculante que se celebra en el nombre de una plaza del barrio de Orcasitas, la doctrina de un fallo de la justicia que permitió a los antiguos chabolistas volver a reunirse en su viejo barrio renovado. No suele ser común que el gárrulo conceptismo de los juristas pase a la conciencia popular, y menos aún con un eco inmediato de libertad y de justicia. Uno de los más brillantes juristas franceses actuales, Jean Carbonnier, acaba de escribir: El descubrimiento de la justicia tiene dos vías, objetiva y subjetiva: o bien la iluminación en el horizonte lejano, o bien el rayo que desgarra la conciencia, He aquí un ejemplo vivo de la segunda vía. Eduardo GARCÍA DE ENTERRÍA La Casa Cartier.