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XII ABC ABC Ofcrarí 9 marzo 1991 Pensamiento y ciencias sociales Palestina: El pudrimiento de la solidaridad árabe TM Günénez ISM rim Tusell i InrA Javier T i i f nll Iy José Calvo, Giménez Fernández, precursor de la democracia española. Editorial Mondadori y Diputación Provincial de Sevilla (Madrid y Sevilla, respectivamente, 1990) 314 páginas Rémi Favret, Arafat. Un destino para un pueblo. Espasa- Calpe (Madrid, 1991) 319 páginas 1.950 pesetas C OMENTABA Madariaga que cuando un problema internacional no se ataja a tiempo puede degenerar en crisis, y ésta con facilidad suele ser el caldo de cultivo de los conflictos armados. O sea, la guerra. Cuando nos enfrentamos en perspectiva histórica a la Palestina del siglo XX, desde el establecimiento del mandato británico en 1922 hasta la constitución del Estado de Israel en 1948, observamos cómo el problema de la coexistencia judeo- árabe abocó a la crisis del sistema internacional en Oriente Medio. Y observamos además cómo a partir de 1948 la crisis de coexistencia de dos etnoculturas emparentadas por el habitat, el monoteísmo y las condiciones de vida agropastoriles de los orígenes- cuales han sido la judaica y la árabe- islámica- ha nutrido el conflicto armado tanto en el año fundacional como en 1956, 1967 y 1973. Y de manera transversal, si no puntual, entre 1975- 1984 en el escenario de la República de El Líbano. Si hay alguna bisectriz resultante de la segunda etapa del contencioso judeo- árabe (1948 en adelante) ésa es la del pudrimiento de la solidaridad inferárabe en torno precisamente de la cuestión del Estado palestino. Una de las causas del malestar profundo del mundo árabe se ha mutado con el paso de los decenios en causa de su escisión permanente y de los países de la zona (Egipto versus Siria en los años álgidos del nasserismo, Siria versus Irak desde la fisión del partido Bath en el decenio de los setenta, e Irak versus Egipto, Siria y Arabia Saudí desde la formación de la coalición multinacional concebida para desalojar de Kuwait a las tropas de ocupación iraquíes allí estacionadas desde el 2 de agosto de 1990) Palestina- e l destino de su pueblo- ha sido causa del pudrimiento del panarabismo. Tal es la conclusión a que se llega después de leer las páginas del libro de Rémi Favret que acaba de editar Biografías Espasa No estamos ante una biografía al uso. No es ni convencional ni tampoco una obra maestra. Se trata de un relato ágil siempre, escrito con laconismo y en el que Yasser Arafat el hombre de la keffieh está en el centro de la acción sin monopolizarla. Ahora bien, el laconismo de las frases y el ritmo acelerado de la narración, propios de un periodista con vocación de cronista de la actualidad internacional dejan al lector falto de interpretación y de perspectiva. Es, probablemente, una servidumbre del oficio- que ya se ha señalado en estas páginas de ABC a propósito de las obras de Javier Valenzuela El Partido de Dios Ed. El país Aguilar) y de Gilíes Perrault Notre Ami le Roi Gallimard) Una vez hecho el comentario de apreciación anterior resulta obligado reconocer que Favret está dotado para el cometido de su empresa. Podemos seguir en ella las huellas del joven Arafat desde su infancia en Egipto, su crecimiento y actividades paramilitares y parapolíticas de joven palestino en estado de rebeldía militante. Ello desde los años cincuenta, cuando al fundarse el grupo Al Fatah se perfila el nervio que regirá el sistema locomotor de toda la lucha palestina por la liberación: No nos consideramos un- partido políti- co, sino unos liberadores que desean establecer instituciones democráticas en una patria liberada. Creemos que corresponde a nuestro pueblo y a nosotros el elegir las opciones políticas para Palestina. Ésta es la idea y el credo que Arafat hizo suyo desde un principio y que sería hipertrofiada, cuando no adulterada, por las ramificaciones de la resistencia palestina con apoyo en la OLP, pero distanciándose de ésta. Caso de, por ejemplo, el Frente Popular de Liberación de Palestina, alentado por Habache y por su general en jefe (Djibril) o de los partidos comunistas árabes, entre los cuales J ha sobresalido- por su apoyo a la causa palestina- ÁNSAR, de procedencia y connotación nacional jordana, o bien el núcleo de Abu Nidal, más proclive a la acción directa de naturaleza terrorista como medio de llamar la atención internacional sobre la lucha palestina desde el exterior (El Cairo, Aman, Beirut) o desde el interior (territorios ocupados de Gaza y Cisjordania) En las páginas del libro que comentamos brota el torbellino de intereses judíos, árabes y occidentales, predominantemente americanos Ese torbellino recuerda el que evocó hace algunos años Noam Chomsky en The fateful triangle. The United States. Israel and the Palestinians Pluto Press, 1983) todavía sin traducción al castellano. De aquel torbellino ha resultado el triunfo militar del Ejército israelí en tres ocasiones, el incumplimiento de la resolución 242 que concluyó el Consejo de Seguridad de la ONU en noviembre de 1967, la postración de la causa nacional palestina y last but not the least la rivalidad interárabe. Ya sea porque los intereses extranjeros en la zona fomentan la división de los Estados signatarios del protocolo de Alejandría (Liga de Estados Árabes) ya sea porque la pugna tribal árabe de siglos ha continúa viva y actuante. Convicción generalizada que han ayudado a robustecer arabófilos tan significados como el coronel Lawrence o Glubb Pasha, forjador éste de la Legión Árabe y cerebro organizador de las Fuerzas Armadas del reino de Jordania. Víctor MORALES LEZCAÑO AVIER Tusell y José Calvo han escrito un libro necesario. En aquellos años sesenta en que la vida del político se extinguía en su Sevilla natal y nosotros nos iniciábamos en la historia contemporánea en la Universidad de Barcelona, recuerdo que Carlos Seco, catedrático allí y entonces, nos subrayaba algo que ya había explicado en un volumen pionero de la verdad sobre la segunda república, el de la historia de lá España del siglo XX que formaba parte de la Enciclopedia Gallach. Carlos Seco nos hablaba de una realidad empeñadamente olvidada en otros lugares de la publicística de la época: en la CEDA, y en los días en que llegó al Gobierno en coalición con Lerroux, hubo un sector democristiano que era a la vez republicano y radical en los planteamientos laboralistas. Relativamente radical, sin duda. Pero lo suficiente para concitar la enemistad de los elementos menos progresistas de la propia Confederación de Derechas. Un sector que precisamente encarnó Giménez Fernández en el Ministerio de Agricultura entre octubre de 1934 y mayo del año siguiente. El bolchevique blanco como se le llegó a llamar, sacó adelante unas leyes del trigo, de arrendamientos y yunteros que respondían a una honda convicción de que la justicia distributiva no era precisamente patrimonio exclusivo de la izquierda tradicional. Esto es, entre otras cosas, lo que se explica en el libro, pormenorizándolo, apoyándolo en la documentación personal del político, y llevándolo luego hasta la posguerra y la oposición al Régimen. Lo que se dice de ésta no es menos interesante que lo que ya sabíamos del periodo anterior; Giménez Fernández sobrevivió en su cátedra sevillana de derecho canónico como asidero de activistas y de meros ensoñadores de una futura democracia, ensoñadores y activistas más o menos sumidos en la clandestinidad. El libro es imprescindible para aclarar algo más, por eso, la trayectoria de la democracia cristiana de posguerra, nítidamente dividida- en sus alturas, ciertamente, más que en su base- en tres líneas fundamentales que podrían caracterizarse, a título provisional, por su respectivo franquismo (Martín Artajo) monarquismo (Gil Robles) y republicanismo (Giménez Fernández) Tusell, en otro libro, ya había publicado una carta antológica de comienzos de 1946, dirigida a Ruiz Giménez, en la que el ex ministro de Agricultura plantaba cara a quienes, en torno a Martín Artajo, pretendían hacer creer que construían un navio democristiano en el seno del Régimen. El texto al que me refiero- y al que vuelve a aludirse en este libro- debe ser cotejado con lo que escribía Gii Robles en las páginas de su diario político, que se editó hace unos pocos años. Pero queda una incógnita que sólo apuntaré: qué supuso realmente el fallecimiento de Giménez Fernández en 1968 para el propio Ruiz Giménez y su trayectoria inmediata. José ANDRÉS- GALLEGO