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34 A B C NACIONAL Como me advirtieron Muñoz Grandes yYagüe, Franco se había aferrado al poder y no lo abandonaría nunca por las buenas del Estado le pedían también el retorno de la Institución monárquica. No les hizo tampoco el menor caso; y como esos generales no estaban dispuestos, como es lógico, a nuevas violencias, el poder personal de Franco aumentó. Este problema, el de cómo lograr un cambio político sin violencias, condicionó la actitud de los españoles, como bien saben ustedes, desde el fin de la guerra civil hasta el final de la transición a nuestra Monarquía parlamentaria. Don Juan se refirió claramente a ese problema el 28 de enero de 1944, al contestar a una pregunta del periódico La Prensa de Buenos Aires, en los siguientes términos: A pesar de cuanto separa a la Monarquía del Régimen actual, siempre quise que el cambio imprescindible y anhelado por la inmensa mayoría de los españoles se efectuara sin violencia, evitando los dolores de una nueva conmoción. Pero hasta ahora ni yo ni las eminentes personalidades civiles y militares, que en los términos más respetuosos dieron a conocer su sentir, insistiendo en la urgencia de reintegrar la vida nacional a sus cauces tradicionales, hemos logrado otra cosa que una vaga promesa de restauración s o m e t i d a a d e m á s a c o n d i c i o n e s inadmisibles para el ideal monárquico y a un aplazamiento indefinido. Por muy buena que sea mi voluntad, yo no puedo identificarme, como fui invitado a hacerlo con los postulados totalitarios de la Falange, ni tampoco prestarme a que la Monarquía restaurada aparezca como coronamiento o remate de la estructura creada por el Régimen actual. Los medios de comunicación españoles no daban cuenta, como es sabido, de estas cosas, pero sí lo hacían las radios extranjeras y las DOMINGO 23- 12- 90 Muñoz Grandes fue designado para mandar la División Azul y no me ocultó su convencimiento de que se aprovechó para alejarlo oposición- -fue una realidad constante con la que el Rey y unos y otros monárquicos tuvimos que convivir en medio de la general confusión. En marzo de aquel 1944, quienes quisieron hacer algo en favor del cambio político fueron unos catedráticos de Universidad. Se pusieron a recoger firmas para un escrito dirigido al Rey en el que decían: En la Monarquía y en la persona de V. M. está nuestra esperanza de un Régimen estable... que permita a España restañar sus heridas y realizar sus aspiraciones en el futuro concierto de los pueblos. Cuando iban recogidas unas cincuenta firmas, la operación se cortó de cuajo mediante el confinamiento en distintos pueblos de España de profesores tan relevantes y moderados como Julio Palacios (Ciencias) Alfonso García Valdecasas (Derecho) Jesús Pabón (Filosofía y Letras) y Juan José López Ibor (Medicina) Los tres inútiles esfuerzos colectivos que he recordado demuestran, para la Historia, que la incompatibilidad entre Don Juan y Franco se produjo no por un enfrentamiento de carácter personal. Fue algo mucho más profundo. En realidad, Franco, desde un principio, tuvo objetivos muy diferentes de los que tenían millones de españoles, incluido un amplísimo sector dirigente- civil y militar- de su propio bando. Por eso Don Juan se convirtió de facto a partir de aquellos fallidos esfuerzos, en el portavoz de esos españoles que, sin medios para expresarse públicamente, deseaban vivamente la superación de nuestra guerra civil y el pacífico establecimiento de una democracia, aunque ésta no fuera concebida entonces tan abierta como la de nuestra actual Constitución. Ese era el panorama cuando, el 19 de marzo de 1945, Don Juan se decidió a lanzar desde Lausana su conocido Manifiesto, en el que requería solemnemente a Franco para que abandonara el poder y diera libre paso a la restauración del Régimen tradicional de España. Recordaré que el párrafo final de ese Manifiesto fue el siguiente: Bajo la Monarquía- reconciliadora, justiciera y tolerante- caben cuantas reformas demanden el interés de la Nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata por votación popular de una Constitución política, reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes, establecimiento de una Asamblea legislativa elegida por la Nación, reconocimiento de la diversidad regional, amplia amnistía política, una más justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los principios del Cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos político- económicos de nuestro tiempo. El Manifiesto no pudo ser publicado en España, pero su texto llegó a ser conocido clandestinamente por centenares de miles de españoles mientras la propaganda del Régimen trataba a Don Juan como a un príncipe traidor. La verdad es que el Rey, con su pública actitud, abrió todas las posibilidades a la Monarquía y las cerró a la República del exilio. La propaganda oficial hizo creer a muchas personas que con el Manifiesto el Conde de Barcelona se había enajenado el apoyo de los llevar a cabo su pretendida conquista de Gibraltar, determinados políticos- entre los que destacaba como cabeza organizadora desde Portugal Pedro Sainz Rodríguez- y un conjunto de insignes generales, entre los que recuerdo a Kindelán, Aranda y García Escámez (éste último capitán general de Canarias) llegaron a concretar un plan por el que si se produjera esa temida invasión alemana, ellos constituirían un Gobierno en las islas Canarias bajo la égida de Don Juan. Ese Gobierno debería cumplir igual misión que la que cumplieron las monarquías nórdicas y el general De Gaulle, que, ante la ocupación alemana, se exiliaron de sus respectivos países. En el caso español no habría exilio, puesto que el Gobierno monárquico quedaría constituido en islas españolas. Ante el desarrollo de los acontecimientos, Don Juan representaba cada vez más la esperanza de un conjunto de españoles bien Informados, que deseaban adecuar nuestra situación política a la de las democracias que iban a ganar la guerra. Como ustedes saben, en junio de 1943, relevantes personalidades del mundo político, concretamente 27 procuradores en Cortes, dirigieron un extenso escrito al jefe del Estado, en el que, refiriéndose a los acontecimientos bélicos últimamente ocurridos en África del norte razonaban la conveniencia de la restauración de la Monarquía continuadora de nuestra tradición histórica, que sea en el interior instrumento de suprema conciliación entre los españoles y en el exterior garantía de estabilidad y eficacia de nuestra nación. Los firmantes eran personas muy conocidas de muchos de ustedes: el duque de Alba (embajador en Londres) Juan Ventosa (ex ministro) el anterior Pablo Garnica (ex ministro y presidente del Banco Español de Crédito) José de Yanguas (ex ministro y ex embajador) Manuel Halcón (escritor) Alfonso García Valdecasas (catedrático de Universidad) Pedro Gamero del Castillo (ex ministro falangista) Antonio Goicoechea (ex presidente de Renovación Española y gobernador del Banco de España) Eduardo Martínez Sabater, Ángel García de Vinuesa, Antonio Salas Amat, Jesús Merchante (alcalde de Cuenca) el duque de Arión, D. N. Armero, Ignacio Muñoz Rojas, teidoro Delclaus, Alfonso de Zayas, el teniente general Ponte, el general Gallarza (ex ministro) el almirante Moreu, Luis Alarcón de la Lastra (ex ministro falangista) Antonio Gallego Burín, Rafael Lataillade (alcalde de San Sebastián) Juan Manuel Fanjul, Jaime de Foxá, el conde de Ibarra y Aurelio Joaniquet. Franco no sólo no les hizo el menor caso, sino que seis de los firmantes (Yanguas, Halcón, Valdecasas, Gamero del Castillo, Fanjul y Joaniquet) que eran consejeros nacionales, fueron cesados fulminantemente de sus cargos. En septiembre del mismo año 1943, como también saben, fueron ocho insignes tenientes generales (Kindelán, Orgaz, Dávila, Várela, Solchaga, Saliquet, Monasterio y Ponte) los que dirigieron otro escrito al Generalísimo en el que, recordándole que ellos eran los mismos, con variantes en las personas, impuestas algunas por la muerte, que hace cerca de siete años, en un aeródromo de Salamanca, os investimos de los poderes máximos en el mando militar y en el La postura de Tierno sobre la monarquía influyó en toda la izquierda. Consideraba que la monarquía era deseable para España Hojas Informativas clandestinas que los monárquicos nos encargábamos de redactar, imprimir y distribuir con periodicidad variable entre partidarios y adversarios de la solución política que propugnábamos. De una de ellas transcribo dos significativos párrafos de la carta que el 14 de febrero de 1944 dirigió públicamente el Rey a su entonces representante en España, el Infante Don Alfonso de Orleans, general del Ejército del Aire. Uno decía: Es preciso que los españoles y el mundo se percaten de que, además del totalitarismo de Franco y de la anarquía republicana, existe la solución monárquica, única capaz de conjugar la tradición con el progreso y de armonizar el orden con la libertad. El otro concluía: Claramente definida mi insolidaridad con el Régimen actual, sería lógico que los verdaderos monárquicos no continuaran colaborando con él; pero, siendo mi deseo no originar perturbaciones a la vida nacional en las difíciles circunstancias actuales ni lesionar tampoco los intereses privados, me limito por el momento a declarar que quienes sigan desempeñando cargos oficiales de carácter político lo harán a título personal y sin que de su colaboración con el Régimen pueda hacerse responsable a la Monarquía. Pero la lógica de la no colaboración fue desdeñada por muchos monárquicos, y desde entonces la división entre monárquicos colaboracionistas y monárquicos independientes- d e la