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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 16 DICIEMBRE 1990 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC PERAS CON CANELA toledanas esperando que la suerte le ampare. Un grupo de verduleras que dormitan al pie de sus puestos, al verle ojeroso, roto de traje y descalzo, piensa que el fraile viene de una sucia correría nocturna y le baldona con palabras soeces como alguien contará mucho más tarde cuando se naga el proceso de beatificación de este frailecillo. Al fin, tras pasar el resto de la noche en un portal que tiene la caridad de prestarle un caballero, podrá muy de mañana llamar a la campanilla de sus monjas. Y hay en el convento un revuelo de hábitos cuando, tras el torno, dice su nombre el fugitivo. Las monjas- ¡ay, los escrúpulos de conciencia! -se preguntan si pueden y deben recibirle. Al fin, como son listas, encuentran la disculpa canónica para hacerlo: hay una religiosa enferma que ayer pidió confesión. Fray Juan podrá hacerlo y de paso refugiarse de momento. Las monjas al verle se asustan: tan macilento está, tan sin fuerzas hasta para hablar. Temen las monjas que se les muera de un momento a otro; mas como presienten que sus carceleros, los calzados, estarán a estas horas buscándole ya por todas partes, sin acordarse siquiera de darle de Comer, cuidan, ante todo, de ocultarle. Y vienen, efectivamente, sus guardianes y registran minuciosamente convento e iglesia, pero las monjas son suficientemente listas como para ocultarle. Al fin, cuando ha pasado el mediodía, dicen, las monjas a fray Juan que no puede continuar tantas horas en la clausura, pero que bien podrá esperar en la iglesia y así, a través de las rejas, hablarles de su aventura espiritual de estos nueve meses. Y sólo ahora recuerdan que por fuerza ha de estar hambriento. Pero ¿qué prepararle a este estomago que durante nueve meses no ha salido del pan y las sardinas? Yo me he permitido contar esta escena en un pequeño soneto, que se titula como este artículo y dice así: Mientras el cielo está de centinela, al fraile con el cuerpo malherido las monjas conmovidas le han sen ido unas peras cocidas con canela. DOMICILIO SOCIAL S E R R ANO, 61 2 8 0 0. 6- M A D R I D DL M- 13- 58. PAGS. 160 ¿F UE aquella la noche más hermosa de la historia? Fue, al menos, una de las más dramáticas y tiernas que haya conocido el corazón humano. Fray Juan, el medio fraile de Santa Teresa, acaba de asomarse a la ventana de arco del convento que da al Tajo y vuelve a calcular mentalmente la altura que tiene que descender con el atadijo de tiras de manta que se ha hecho y el salto- metro y medio- que tendrá que dar aún, cuando su apaño se acabe. Sabe que tendrá que saltar con mucho cuidado de quedar bien pegado a la pared, pues, si lo hace un par de varas más allá, rodará por la pendiente rocosa de la cuenca del río. Atrás van a quedar los nueve meses en los que sus ¿hermanos? los calzados le mantuvieron encerrado no en una cárcel, sino en una cueva de seis pies de ancho por diez de largo, y que no tenía más luz que un ventanuco de muy pocos centímetros, abierto allá arriba, lejos de su alcance. Allí ha vivido esos nueve meses; allí ha hecho sus necesidades; allí ha comido su ración de pan y agua con alguna que otra sardina, sin poder cambiarse siquiera de ropa; allí ha pasado las heladoras noches toledanas en invierno y el calor sofocante dé los últimos días del verano. Ni siquiera ayer, que era el día de la Asunción, le han concedido el placer de poder decir misa. Y esto último es lo que ha precipitado la decisión del fraile: hay que huir de esta prisión, huir como sea. Por eso está ahora frente a esta ventana en una noche de alta luna. Se asegura de que en uno de los bolsillos de su hábito va su único tesoro; esos papeles en los que, con un lapicero, ha podido copiar unas canciones de amor sagrado que fue componiendo en los días de máxima amargura. Y es que este fray Juan, en lugar de dejarse llevar por la tristeza o el resentimiento, ha dedicado sus largas horas de soledad a escribir, primero mentalmente, después por la bondad de un carcelero que le presta papel y lápiz, por escrito, por si la traidora memoria traspapela algún adjetivo. Esos papeles son, él no lo sabe ni siquiera lo sospecha, la página más hermosa que escribió jamás la poesía castellana, unos versillos ante los que- sólo que muchos siglos más tarde- se extasiarán las generaciones. Ahora van allí, arrebujados en el bolsillo del hábito del fraile. Hábito del que ahora se desprende para bajar mejor, medio desnudo, por la trenza que ha hecho con sus mantas cortadas a tiras. Hábito que volverá después a ponerse, temblándole aún el corazón, después de la peripecia del salto. Y ahora vendrá el verdadero drama de la noche. ¿Cómo salir de este patio- corral en el que ha caído y que parece no tener escala ni salida? ¿Cómo moverse después en la noche por esta ciudad que desconoce? ¿Acaso podría a esas horas encontrar el convento de sus monjas reformadas? ¿Le abrirían las carmelitas la puerta si llamaba a estas horas? Tendrá que vagabundear por las calles Ante el IV centenario de San Juan de la Cruz Lee el fraile al amparo de una vela unas pocas canciones, que ha podido rescatar de la cárcel, donde ha sido huésped, cautivo, pájaro y gacela. Son canciones de amor sobre el Amado que huyó como una cierva en la espesura dejando a quien le busca des- almado. Y las monjas, ardiendo de alegría, escuchan a este fraile desmedrado, mientras la fruta se le queda fría. Así, así fue. Ante un plato de peras con canela, que permanece olvidado junto a la reja que separa la iglesia del coro de las monjas, se oyeron por primera vez aquellas palabras milagrosas: Oh llama de amor viva que tiernamente hieres... O las de aquel alma que se volvía a su Dios clamando: ¿Adonde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Uniiaik Resta. Y, mientras el fraile recita mansamente sus poemas, hay una monja que los va co- piando. Y toda la comunidad está de acuerdo en que era un gozo el oírle. Un gozo. Eso fue, eso era. Porque parece que va llegando la hora de que reivindiquemos para Juan de la Cruz el ser no el poeta de las nadas sino el hombre del gozo y del deleite. ¿Sabían ustedes que esta palabra, deleite es la que más se repite en las obras del gran místico? Hay hoy, por fortuna, un reencuentro con este nuevo rostro del poeta de Fontiveros, ese rotro que representan las peras con canela o los esparragúeos misteriosos que se encontró cuando caminaba hacia la muerte. ¿Por qué se ha contrapuesto con tanta frecuencia a Juan de la Cruz con Francisco de Asís, cuando sería tan difícil averiguar quién de los dos gana en ternura, en tener el corazón de cristal para los demás, dejando sólo para sí mismo las disciplinas y las durezas de la subida al Carmelo? Alguien- e l P. Bengoechea- acaba de publicar un gran ensayo sobre La felicidad en San Juan de la Cruz Otros de sus seguidores buscan ahora su auténtico rostro humano. Y no tengan ustedes miedo de que, por eso, baje de las alturas de la mística. El rostro alegre que siempre se le veía, según sus contemporáneos, no es precisamente lo que aleja de la hondura de Dios. Bien lo entendió aquella liebrezuela de la Peñuela que, durante el incendio que se produjo en aquel lugar, junto al convento de los descalzos, huyendo del fuego, se fue a refugiar en la falda del hábito del padre Juan y cuando otros religiosos la cogieron, teniéndola por las orejas, por dos veces se les huyó, y se iba donde estaba el dicho Santo y se echaba en su falda ¡Y qué envidia tengo yo de aquella liebre! José Luis MARTÍN DESCALZO JtaJMoña. Fbrque unlia es unTia