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1 septiembre 1990 ACE cuatro años James Valender daba a conocer las memorias de Manuel Altolaguirre, Edición de Paloma truncas por desgracia. El mismo investigador ha publicado, en 1990, el texto de las diez cartas que el poeta malagueño dirigió a su esposa, Concha Méndez, con motivo del nacimiento en Londres, en 1935, de su hija Paloma. Ahora ven la luz las memorias de Concha (1898- 1986) en edición de su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre. Al final de sus días, ya casi ciega, Concha dictó sus recuerdos, los grabó ante la presencia e incitación de Ulacia, que los seleccionó, transcribió, montó y preparó. El texto resultante obtuvo la aprobación de la interesada. Este peculiar proceso de elaboración explica el dual significado del título. ABC ÍÍTcrarío ABC III H Memorias habladas, memorias armadas Memorias habladas, memorias armadas es obra de apasionante lectura. La editora ha hecho una buena labor en la ordenación de los materiales y, sobre todo, en la fidelidad al tono de la memorialista. Concha Méndez era una mujer de exuberante personalidad, y esa exuberancia está aquí. Señorita rebelde de la aristocracia madrileña, fue novia durante siete años de Luis Buñuel, se escapó de casa y se marchó a vivir sola, primero a Inglaterra, luego a la Argentina. Campeona de natación de las Vascongadas, simultaneó los versos con las competiciones deportivas. Se casó con Manuel Altolaguirre y tuvo de él dos hijos- uno murió al nacer- Su presencia y estímulo fueron decisivos para el poeta en los años de la República, cuando se convirtió en impresor profesional. El diplomático chileno Carlos Moría la retrató a ella y a su marido en las páginas del diario que sobre García Lorca publicó en 1957. El perfil que trazó en esas páginas de este ser dinámico, innovador y generoso se adecúa a la impresión que se recibe leyendo sus memorias. Cuando Moría la ve enfundada en un mono de mecánico, con ademanes de muchacho fornido y una agilidad magnífica moviendo y controlando la imprenta familiar, está yendo al centro mismo del personaje. En su presentación, María Zambrano, que coincidió en La Habana con la memorialista, abunda en estos rasgos de Concha Méndez, a quien define como actualísima, desenfadada y leal Sus memorias llevan de principio a fin esa impronta singular. Quizá por eso son, a mi juicio, superiores a las de Altolaguirre, demasiado contenidas en general, además de grises estilísticamente. Sólo cabe lamentar que las dictara ya octogenaria, cuando, como señala Paloma Ulacia, había olvidado o perdido interés por muchos detalles y referencias de las vidas de los escritores y artistas que fueron sus coetáneos. Hay datos, sí, pero son escasos en comparación con los que hubiera podido aportar quien no sólo fue novia de Luis Buñuel, cuando el cineasta aún no había aparecido, sino que además trató íntimamente a casi todos los poetas del 27- e n España y en el exilio- y que durante su viaje argentino, al final de los años veinte, entró en contacto con la brillante vida literaria bonaerense de aquel entonces. Estas memorias hay que leerlas desde otro punto de vista: como e! testimonio- vivido, desenfadado, espontáneo- de una mujer de posición acomodada, que supo romper con los tabúes y restricciones de su clase social; que asumió muy pronto, cuando no era fácil, la emancipación de la condición femenina; que hizo, en buena medida, aquello que le gustaba hacer, y fue, como anota Ulacia, fiel a su destino, pese a que debió afrontar momentos du- (La situación no ha cambiado hoy: el Panorama antológico de Concha Méndez poetisas españolas Ulacia Altolaguirre. Presentación de María Zambrano. Mondadorí. Torremozas, 1987 Madrid, 1990. 151 páginas con más de trescientas rísimos: así, la güera civil y el destierro en páginas y 32 autoras contemporáneas presenFrancia y Cuba, hasta desembocar en México, tes, hace tabla rasa de Concha Méndez. Claro donde se estabilizó al fin y, no sin obstáculos, que no es la única poeta excluida. consiguió imprimir un nuevo rumbo a su vida. Como testimonio de la voluntad de ser de Ulacia indica que en la raíz de estas memouna mujer frente a tantos y tantos obstáculos, rias está la necesidad que sintió la autora de estas memorias son ciertamente admirables. La locuacidad, la vivacidad, la desenvoltura, el optimismo de su protagonista prenden la atención del lector de modo inmediato. Concha Méndez traza una crónica social de primera mano, que suministra datos del máximo interés para saber cómo vivía la alta burguesía madrileña en los primeros decenios de este siglo y cuál era la posición, la aflictiva posición, de las mujeres de este medio social. Se cuentan aquí cosas realmente asombrosas para cualquier sensibilidad, no digo ya para cualquier mujer, de hoy: la madre que golpea a la memorialista con la bocina del teléfono por haber asistido, como oyente, a un curso universitario; don Jacinto Benavente, que se niega a hablar con el Liceo Club Femenino, del que Méndez fue fundadora, porque él no podía dar una conferencia a tontas y a locas la autora, depositada en un hotel madrileño ante la imposibilidad de abandonar España y su ruptura con la familia; sus andanzas por la capital en compañía de la pintora Maruja Mallo suscitando indignaciones por no llevar sombrero y pasear a solas... Concha Méndez lo evoca todo sin especial ánimo belicoso, con un talante cordial, satisfecha, en la última vuelta del camino, de haber sido fiel a su condición de mujer dispuesta a no borrarse en un universo entonces excluyentemente masculino. Como testimonio de la voluntad de ser de una mujer frente a tantos y tantos obstáculos, estas memorias son admirables. La desenvoltura, el optimismo de su protagonista prenden la atención del lector de modo inmediato dar a conocer que su experiencia vital también había sido interesante superviviente de casi todos los poetas de su generación; esposa de Altolaguirre y amiga de Luis Cernuda, a quien tuvo alojado en su casa mexicana desde 1952 hasta la muerte del poeta en 1963; ex novia de Luis Buñuel, etcétera, debió contestar durante años a las preguntas que se le formulaban sobre los otros sobre sus famosos amigos y compañeros, pero no sobre ella misma. Esta posición de testigo, no de protagonista, de una época venía de atrás: pese a su proximidad al grupo del 27, Gerardo Diego no la incluyó en la segunda edición de su antología (1934) donde sí figuraron, en cambio, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre. La separación de Altolaguirre (1944) sólo contribuyó a ahondar este aislamiento, que el destierro amplificó ad infinitum haciendo de Concha Méndez un nombre espectral, apenas si identificable en algún otro manual. Hay datos- aunque menos de los deseables, según anticipé- para el conocimiento de la sociedad literaria de las vanguardias: así, el papel de poeta nuevo, de líder renovador, que desde muy pronto desempeñó Federico García Lorca, por cuyo estímulo confiesa Concha Méndez haberse dedicado a la poesía; las rarezas y afectos de Luis Cernuda, de quien se traza un testimonio entrañable, incluido el relato de sus horas finales (que ya adelantó la memorialista en el número que ínsula dedicó a la muerte del poeta, en 1964) la significación de la labor impresora y editorial de Altolaguirre y ella misma, que reivindica, con razón, como esencial para la suerte del grupo del 27, comprendida en esa reivindicación la paternidad de la pareja sobre la revista Caballo Verde para la Poesía siempre adjudicada a Pablo Neruda; las tensiones entre escritores republicanos y comunistas al filo de la guerra civil, que analiza con notable ecuanimidad... Memorias llenas de vitalidad éstas de Concha Méndez, veteadas a veces de ráfagas estremecedoras, como sus extrañas premoniciones oníricas: la escritora afirma haber soñado con la muerte de su madre días antes de producirse, y con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial veinticuatro horas antes de su estallido; pero también, en julio dé 1936, con el asesinato de Federico García Lorca, un sueño éste que compartió con su sirvienta. Muchos años más tarde vería con horror que Manuel Altolaguirre la saludaba con el mismo gesto que su madre poco antes de morir. El poeta fallecería, a consecuencia de un accidente de carretera, en España, algunos días después. Miguel GARCÍA- POSADA