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Gente acaciones Dos escenas de Pisito clandestino una comedia que hace reír durante el verano madrileño. Amparo Larrañaga (a la derecha) encanta a los espectadores y se apunta un gran éxito. Julia Blanco, que une a su belleza grandes dotes de actriz, triunfa en la comedia del teatro Fígaro, con ella aparece Alfredo Alba LGUIEN dijo que lo último que se pierde es la esperanza. Quizá sea más acertado defender que de lo que uno es incapaz de desprenderse es de la sonrisa, aunque ésta se produzca tan sólo de cuando en cuando, ya que hasta en los momentos más dramáticos de la vida el ser humano se deja seducir por algún aspecto cómico de su tragedia. Para explicar el infortunio no hace falta provocar el llanto en los demás. Así lo entiende, con buen criterio, Antonio Martínez Ballesteros, y lo demuestra con su obra Pisito clandestino que se representa estos días en el teatro Fígaro de Madrid. La excepcional acogida que tuvo el día del estreno Pisito clandestino no fue producto del entusiasmo pasional. La obra se mantiene en cartel con gran asistencia de público diario y lo ha conseguido por méritos propios. La historia de un grupo de jóvenes que intenta abrirse camino donde sólo hay espinos cala profundamente en el espectador, que no puede evitar la risa entre tanto descalabro. Amparo Larrañaga lleva la voz cantante y poco hay que decir de su buen hacer sobre las tablas, a su lado no desmerecen ni Marta Fernández Muro ni Julia Blanco, y mucho menos Alberto Delgado y Alfredo Alba, jóvenes promesas que ya no lo son tanto. Un quinteto que carga MIÉRCOLES 1- 8- 90 A Pisito clandestino el fresco del verano sobre sus espaldas todo el peso de esta brillante comedia. Por el escenario desfilan personajes diversos, desde una rebelde feminista con pretensiones de cambiar el mundo, hasta su antagonista, una joven que sabe sacarle el jugo a sus encantos sin sentirse por ello inferior a los hombres, quienes, por otra parte, tampoco se encuentran en una situación de privilegio y como ellas, no tienen más remedio que tragar sapos poniendo gesto de degustar caviar. Todos, a pesar de sus diferencias pisan el mismo terreno, ora resbaladizo ora pantanoso, y casi nunca firme. Los patinazos se suceden sin descanso y el mérito de sus protagonistas es aprender a caer sin romperse más costillas que las inevitables o sin permitir que las heridas de los sentimientos sean lo suficientemente profundas como para no cicatrizar. En suma, Pisito clandestino está abierto a todo aquel que desee cruzar el umbral y adentrarse en un mundo tragicómico escrito, como ya se ha dicho, por Martínez Ballesteros y materializado por Amadeo Sans. Entre sus paredes se cuecen guisos de todos los gustos para endulzar los paladares más exigentes. Aunque a veces, al pensar en lo ingerido, quede cierto regusto a amargo por su similitud con la realidad. Pero esto forma parte del teatro. S. G. A 6 C 99