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MIÉRCOLES 6- 6- 90 MADRID A B C 49 más que la verdad ytoda la verdad El palacio no fue mandado construir por un indiano padre de don José Murga; sino por el primer marqués de linares propio de la madrina: Raimunda. Sólo hablaré de una, Mundita Avecilla, de especial interés para este relato documental, porque fue quien heredó el Palacio de Linares. No es cierto que ella fuera su heredera universal, como se ha dicho con tanta rei. teración como falsedad, sino sólo una de las muchas legatarias, junto a criados, primos lejanos, familias necesitadas y sobre todo fundaciones benéficas, como la que en Madrid lleva su nombre, institución a la que legó la mayor parte de su inmensa fortuna. Las falsedades que se han publicado en letra impresa se extienden hasta muchos años más tarde. La joven Mundita Avecilla, legataria del Palacio de Linares, contrajo matrimonio con un hijo del Caballero de Santiago don Felipe Padierna de Villapadierna, a quien Alfonso XII concedió el título de conde de Villapadierna, gentilicio, por cierto, que no existe como apellido, sino como título nobiliario. El apellido, todo uno, es, como queda dicho, Padierna de Villapadierna. Hay otra rama denominada Alonso de Villapadierna, también unido. Quien busque un solo Villapadierna en una guía telefónica perderá el tiempo. Mundita Avecilla tuvo con el conde de Villapadierna dos hijos: José, el famoso deportista, piloto de coches de carreras, y María, cruel y vilmente asesinada en el Madrid rojo durante el trágico otoño de 1936, mas no en el Palacio de Linares, como se ha dicho, ni tampoco en la calle Goya, donde hoy está el Instituto Beatriz Galindo, como también se ha dicho, sino en Paracuellos de Jarama. Tampoco era una adolescente, como afirman los periódicos, sino una señora casada y madre de dos hijos. Estaba esta dama pasando una temporada en casa de unos tíos carnales suyos (Gabriel y Manuela Padierna de Villapadierna, ambos solteros) en un piso de la calle O Donnell, 9, cuando se presentaron unos milicianos para llevárselos. Intervino María en favor de sus tíos, alegando que eran unos ancianos, y aquellos Los marqueses de Linares Benita Ortega, viuda de Osorio, entroncada con las más rancias estirpes de la nobleza. La boda de don José Murga con la antedicha señora no tuvo lugar en 1870, sino el 10 de junio de 1858. No hubo estupro en su matrimonio ni advertida ni inadvertidamente, porque de haberlo habido la más advertida hubiese sido su madre, que participó activamente en los preparativos de una boda que no hubiese consentido, sabiendo ella mejor que nadie que casaba a su hija con su hermano. La insinuación calumniosa de que el padre del primer marqués, don Mateo Murga y Michelena, convivió el resto de su vida en Palacio con su amante y su hija natural, no se tiene en pie, porque ese caballero había muerto antes del matrimonio de su hijo y, por lo tanto, de la construcción del Palacio. El adulterio de la marquesa con un criado suyo no se compagina con la declaración de toda la servidumbre (que no hubiese dejado de enterarse de semejante escándalo) diciendo que fue para nosotros señora y madre y la más santa de las mujeres La afirmación de que el testamento se encuentra en el Archivo Arzobispal, como firma con audacia sin par J. R. V. (ABC, 36- 90) es falsa porque lo tengo sobre mi mesa, mientras escribo estas líneas, cedido por el actual marqués de Linares, como puedo demostrar ante quien quiera y donde y cuando quiera. En él no aparece ni mucho menos Mundita Avecilla, la ahijada de los marqueses, como heredera universal, sino como legataria del Palacio de Linares, una mínima parte de la inmensa fortuna de sus padrinos, que al igual que a ella favorecieron a primos, criados, otros ahijados, amigos, pobres y, sobre todo, fundaciones benéficas después de declarar don José Murga que carecía de herederos forzosos. Esta dama tío abandonó, ni cerró jamás en vida el Palacio heredado, donde su hijo José mantuvo una cuadra de caballos de montura que jamás dieron síntomas de advertir siniestras presencias hectoplasmáticas. Tratar a un matrimonio radicalmente ejemplar de asesinos, emparedadores, adúlteros, parricidas, sin aportar un solo testimonio, ni siquiera un rumor de la época, no es solo una ligereza: es una infamia. Torcuato LUCA DE TENA de la Real Academia Española Tratar a un matrimonio radicalmente ejemplar de asesinos, emparedadores, adúlteros, parricidas, sin aportar un solo testimonio, ni siquiera un rumor de la época, no es sólo una ligereza: es una infamia energúmenos la respondieron, según testimonio años más tarde de un viejo criado de la casa: Pues tú que eres más joven, también te vienes con nosotros Y fusilaron a los tres: María, Manuela y Gabriel. a la Trasmediterránea, sino que fue alquilada a esta última: La venta fue a la Caja de Ahorros, quien la vendió a la Compañía Tesseo del prestigioso arquitecto Fernando Moreno Barbera. De las pocas cosas ciertas que han sido dichas es que su penúltimo propietario fue el industrial Reviila y que actualmente lo posee el Ayuntamiento. Aquí sí sonó la flauta... por casualidad. Don Mateo Murga no pudo escribir una carta a su hijo advirtiéndole que no se casase con doña Raimunda Osorio, por ser su hermana, por la drástica razón de que había muerto años atrás. No estaba de viaje cuando su hijo se casó en secreto, salvo que por ello se entienda el viaje del que no se retorna La boda no fue en secreto, sino con todo boato, como puede verse en las hemerotecas por las reseñas del brillante acto social. Doña Raimunda de Osorio y Ortega, marquesa consorte de Linares, no era hija de una estanquera, ni de una cigarrera según otros, sino de una dama de la alta sociedad de Madrid, doña Juicios temerarios Resulta aleccionador hacer un inventario resumido (porque completo sería imposible) de las inexactitudes, juicios temerarios o abiertas calumnias que se han escrito en esta carrera de sensacionalismos. Vayamos de menor a mayor gravedad. El Palacio no fue mandado construir por un indiano padre de don José Murga, sino por el primer marqués de Linares. La familia Padierna de Villapadierna no compró el Palacio, sino que lo recibió en herencia de quien lo adquirió como legado de sus padrinos. Doña María Padierna de Villapadierna no fue asesinada en el palacete, ni siquiera apresada en él. Sus últimos propietarios de sangre no lo vendieron a la Compañía Transatlántica, ni como alguien rectificó más tarde