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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 24 DE MARZO 1990 ABC LA AGRESIVIDAD servían en la Corte Real, y ahí lo tenemos establecido. Pero, en fin, la introducción de una palabra extranjera, sea por causa de necesidad, sea por un prurito snob es cosa habitual, aquí como en todas partes, y a nadie debiera alarmar demasiado. Lo que sí quisiera apuntar ahora, en relación con tan extendido como inevitable y probablemente sano fenómeno de renovación, es un cierto aspecto que me parece no desprovisto de interés: me refiero al de la evolución semántica de una palabra por influencia del significado que la misma tiene en otro idioma. Puede darse que el significado del vocablo sea no ya diferente, sino opuesto en una y otra lengua, como ocurre con la palabra predicamento que en español vale predominantemente como la estimación o dignidad en que se tiene a alguien, mientras que el inglés predicament ha derivado hacia estado de dificultad, confusión o aflicción. En casos tales es bastante improbable la transferencia de significado; pero, en cambio, ésta se produce de manera casi imperceptible cuando se trata de matices afectivos más que valorativos, aunque en último extremo implique también una valoración lo transferido de una lengua a otra. Esto está ocurriendo desde hace no mucho tiempo con el adjetivo agresivo y el sustantivo agresividad que, por influencia del inglés, están pasando en español de tener una connotación negativa a adquirirla positiva. En efecto, agresividad se define en el Diccionario de la Academia como acometividad y agresivo como propenso a faltar al respeto, a ofender o a provocar a los de- DOMICILIO SOCIAL S E R R A N 0, 6 1 2 8i0 0 6- M A D R ID DL: M- 13- 58. PAGS. 144 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA E N tiempos de tan vertiginoso cambio en todo y, por consiguiente, también en el lenguaje, mucho se preocupan algunos ante la general despreocupación por el deterioro que le infligen las alteraciones sufridas. Se lamenta, desde luego, y con razón casi siempre, el mal uso que hacemos de nuestra lengua, las demasiado frecuentes transgresiones de las normas gramaticales, la defectuosa prosodia y, en suma, todo lo que suele condenarse como corrupción idiomática. Entre los fenómenos que más se oye lamentar, uno es el de la introducción masiva, con necesidad o sin ellar, de palabras extranjeras, esto es, de barbarismos junto a las meras barbaridades. No hay duda, sin embargo, de que en multitud de casos tales palabras resultan indispensables, pues vienen a denominar objetos, situaciones o aun instituciones nuevos, y cuando es así, esos vocablos no tardan en adquirir carta de naturaleza, incorporándose con entera facilidad al lenguaje corriente. Piénsese, por ejemplo, en la palabra bar procedente del inglés, donde tiene muy diversas acepciones, y que entre nosotros se ha desdoblado en la que, tal cual, designa al establecimiento que todos visitamos más o menos asiduamente, y luego en su traducción, barra para designar, dentro de ese establecimiento, el lugar preciso junto al que se toman en pie las consumiciones. (Recuerdo, dicho sea entre paréntesis, haber encontrado en la edición de un libro traducido del inglés, Asociación de bares americanos como versión de American Bar Association o Asociación norteamericana de abogados: errores cómicos que son accidentales gajes del oficio de traductor. Volviendo al tema de la adopción de vocablos foráneos: cuando se presenta la urgencia de buscarle nombre a un objeto nuevo que ya lo tiene en su lengua de origen, hay quienes, en lugar de aceptar o adaptar éste, se afanan por acuñar, alguna vez con éxito y casi siempre sin lograrlo, una palabra castellana, o bien por desenterrar y reciclar un arcaísmo. Hay en esto, como en todo, un factor de azar que hace imprevisible el resultado. Por casualidad, el arcaísmo prende; -y así, cuando se generalizó la navegación aérea y hubo que dar nombre a la profesión de las mujeres encargadas de atender a los pasajeros, se rehuyó- eran tiempos muy patrióticos- el inglés stewardess o su traducción por camarera, que hubiera sonado mal, y se propuso el de azafata con que en tiempos pretéritos y gloriosos se titulaba a las damas que más mientras que en inglés la acepción de acometividad ha derivado a expresar energía y capacidad de iniciativa, las virtudes del buen empresario o agente ejecutivo. Con este último sentido se está usando ahora también en nuestra lengua. Pues bien, después de registrar evoluciones semánticas como esa y alguna otra por el estilo, cabe hacerse ciertas reflexiones, no ya de carácter lingüístico, sino de índole sociológica acerca de lo que ellas puedan representar. Ahí, en el ejemplo aducido, el cambio valorativo ha sido radical. En época aún no remota, era vista por los demás en España una persona agresiva como alguien desagradable, como una persona cuya conducta merecía prevención y reprobación. El tipo agresivo era esquivado por el prójimo como inclinado a la incivilidad y resueltamente inaceptable en el trato humano. La agresividad era sin duda una nota negativa y de ninguna manera esa cualidad estimable y cotizable que hoy se le quiere atribuir. Y aquí vendrían al punto las consideraciones sociológicas a que ese cambio semántico se presta, ya que muy bien pudiera servir como indicio de cambios correspondientes en el plano de nuestras actitudes y relaciones sociales. En efecto, si la agresividad ha dejado de estar mal vista y, al contrario, es tenida por una baza importante en el entrejuego del trato humano, es señal clara de que éste se ha hecho rudo, directo y desconsiderado frente al prójimo. Si escrutamos el panorama social alrededor nuestro, resulta por demás evidente que rudeza tal no se reduce ni mucho menos a los métodos de profesional eficiencia llevados a la práctica por el ejecutivo agresivo, sino que se manifiesta por igual en todos los terrenos, tanto en los modales de la gente durante su actividad cotidiana, donde se hace alarde de un comportamiento grosero, como en la expresión pública mediante esos términos soeces que con abrumadora profusión se regalan a todos los oídos desde la pantalla televisiva o la radio, y, por supuesto, en los improperios con que recíprocamente se obsequian nuestros representantes políticos. Así pues, una desviación semántica en la que apenas se repara puede ser síntoma de algo que tiene alcance mayor. En cuanto a este algo, cada cual puede opinar como guste. Francisco AVALA de la Real Academia Española