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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 23 DE MARZO 1990 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA A importancia que se da a las personas no siempre coincide con la que realmente tienen. Se habla interminablemente de figuras a las que se debe muy poco y que pasan sin dejar apenas huella; por el contrario, es frecuente que la opinión general tenga muy escasa noticia de otras cuya aportación a la convivencia o a una actividad, a una disciplina, a cualquier aspecto de la vida, ha sido sumamente valiosa. A veces, si hay suerte, al cabo del tiempo se cae en la cuenta de lo que han sido las cosas y se rectifican las desorientaciones. Creo que, si es posible, es mejor remediarlas a tiempo. Acaba de morir, Jimena Menéndez Pidal, a los noventa años. La longevidad de su padre, que casi cumplió el siglo, producía la impresión de que Jimena iba a durar para siempre; pero no ha sido así, y aunque su vida ha sido larga, los que la conocían bien han tenido una impresión de dolorosa sorpresa. Su muerte no ha producido demasiadas ondas en la vida pública; es verdad que Jimena era de una extraña modestia, y se ha dicho que al que no se da importancia, se la quitan Fue compañía y ayuda constante de su padre, desde ser su Antígona en su transitoria ceguera, como dijo don Ramón, hasta la colaboración en sus trabajos, y la cercana y solícita presencia en los últimos años difíciles, hasta su muerte. En el tomo II de mis Memorias hay una foto que hice al padre con la hija unos meses antes de que se separaran. Ahora se habrán reunido: don Ramón me preguntó una vez si yo creía que podría ver a los juglares; le contesté que no lo sabía, pero esperaba que sí, y que yo contaba con hacerle más de cuatro preguntas a Aristóteles. Si iba a ver a los juglares, ¿cómo no va a haberse encontrado con su hija fiel? Era la profunda, la viva esperanza de los dos. Pero Jimena no usó para nada esa filiación; la ejerció con inmenso cariño, simplemente y sin esperar dividendos. Tuvo parte importante en la inmensa, prodigiosa labor realizada por Menéndez Pidal, facilitó la constitución de la Fundación que lleva su nombre, al frente de la cual está el gran discípulo y continuador de la gran empresa intelectual, Rafael Lapesa. Siempre se quedaba un poco detrás, con una forma de timidez que debería llamarse más bien recato- una de las palabras que han caído en desuso- Y a pesar de que Jimena era una poderosa, enérgica personalidad, o quizá por ello, porque en el fondo estaba tan segura de su propia realidad que no necesitaba subrayarla, no digamos fingirla. Durante unos años, compartí con Jimena los cursos, renovados en España des- ABC de 1952, de Smith College. Ella enseñaba Historia, yo Filosofía; y nos acompañaban Rafael Lapesa, Enrique Lafuejite Ferrari, Salvador Fernández Ramírez. Tenía una mente clara y un saber considerable, nunca exhibido, que ponía en juego con naturalidad y sencillez. Pero lo más importante de la obra de Jimena fue la fundación de un colegio, llamado Estudio, que precisamente acaba de cumplir medio siglo. Al hablar de Estudio hay que poner, junto a Jimena, a otras dos mujeres ejemplares, por las que siento- y muchos conmigo- viva gratitud: Ángeles Gasset y Carmen García del Diestro. Las tres han sido extraordinarios casos de vocación, en un campo en que empiezan a escasear: la enseñanza. Creo que la más grave de las causas de crisis del sistema educativo es la infrecuencia de la vocación, sin la cual todos los recursos, incluso los intelectuales o de competencia, sirven de muy poco. La absoluta dedicación de estas tres mujeres a su empresa- y de las personas a quienes contagiaron esa vocación durante muchos años- apenas es imaginable. Pero quiero señalar la significación que esto tuvo para la vida española después de la guerra civil. La pavorosa destrucción que ésta trajo consigo, en todos los órdenes, amenazó con romper la continuidad y comprometer el nivel histórico. No se ha visto claramente que el doble apasionamiento, fanatismo e intolerancia de la guerra civil estuvo a punto de llevar a España a una situación de primitivismo. Hubo, desde muy pronto, esfuerzos para que esto no fuera así, para que la vida española siguiera, sin detenerse ni adulterarse; dije por entonces que continuidad quiere, decir necesidad de continuar, de seguir adelante, de innovar sin ruptura, sin empezar en cero, porque eso es una invitación a la Prehistoria. La mayoría de esos esfuerzos fueron estrictamente individuales; no se ha hecho- más bien se ha enturbiado o negado- el catálogo de las acciones, arriesgadas, a veces heroicas, que salvaron la continuidad cultural e histórica de España, que entroncaron con lo mejor del primer tercio del siglo XX, sin quedarse ahí, sin repetir, sin perpetuar los errores o las deficiencias. Jimena Menéndez Pidal y sus compañeras iniciaron uno de esos esfuerzos con un carácter que en España es siempre difícil: la colaboración, el trabajo en equipo. El colegio Estudio fue ¡desde 19401 una esperanza para los que no se resignaban DOMICILIO SOCIAL SERRANO, 61 28006- MADRID DL: M- 13- 58. PAGS. 136 L QUIÉN HA SIDO JIMENA MENÉNDEZ PIDAL a darlo todo por perdido y que tampoco estaban dispuestos a quedarse anclados en la mera nostalgia o a dar por buenas las tentaciones a que había cedido ese mundo que consideraban suyo. La nueva empresa, tan modesta en sus comienzos, tan problemática, tan combatida a veces, fue un puente entre el pasado y un futuro en que se creía. Se ha insistido en sus conexiones con la Institución Libre de Enseñanza y con el Instituto- Escuela; con razón, pero con exageración y exclusivismo; había otras muchas cosas. Rigor intelectual, dominado por un aspecto particular: el amor a la lengua española y el esmero de su uso; creo que esto fue el núcleo más vivo. Un espíritu de libertad, tolerancia, convivencia, despolitización, ausencia de todo fanatismo. Estudio, con no pocas dificultades, mantuvo la coeducación, suprimida por el nuevo régimen, pero que se remontaba a muchos años atrás, a tiempos de la Monarquía, y que ni siquiera desapareció durante la dictadura de Primo de Rivera: en ese tiempo estudié en el Instituto del Cardenal Cisneros, en admirable convivencia con las chicas. Mis hijos, luego mis nietos, fueron o son alumnos de Estudio; a lo largo de medio siglo ha crecido, ha cambiado, ha adquirido caracteres nuevos y ha perdido algunos por los cuales siento nostalgia. Pero no se ha roto la continuidad en una institución que vino al mundo a salvar una parcela de ella, a conseguir que una fracción de las nuevas generaciones tomara posesión de la realidad española, no aislada en una imposible y estúpida autarquía, sino en el mundo real. Fue un colegio en que se cultivó el espíritu crítico; acaso ha sido en parte víctima de él, quizá muchos antiguos alumnos lo han aplicado sin demasiada reflexión a lo que era el nervio del colegio, su resorte vivificante. Creo que al cabo del tiempo ese germen dará sus frutos en la mayoría de ellos; es posible que la muerte de Jimena sea una sacudida, al darse cuenta de que algo que estaba ahí al parecer para siempre, ya no está. Yo veo el símbolo más profundo de lo que ha sido Jimena Menéndez Pidal en algo que hizo siempre con los demás quedándose en la sombra: con los alumnos, sus padres y los profesores. Me refiero al admirable Auto de Navidad que se celebra año tras año en el edificio de Miguel Ángel, 8. Una representación de hondo sentido religioso, literario, artístico, festivo, con un decoro y una calidad en que me parece ver el reflejo de esa persona que se llamó Jimena. Julián MARÍAS de la Real Academia Española